Se supone que los centros de protección de menores están pensados como espacios seguros donde se acoge a niñas, niños y adolescentes que han sufrido situaciones de violencia, negligencia o desamparo en sus hogares. Es decir, para situaciones donde la Administración concibe que lo mejor para esas personas pequeñas es asumir su tutela en lugar de sus familias. Una reciente investigación realizada por la Universitat de Barcelona, sin embargo, ha revelado cómo una parte importante de estas y estos menores continúa sufriendo nuevas formas de victimización, incluso formando ya parte del sistema de protección. Y sugiere que pueden pueden "constituir un grupo particularmente vulnerable", en concreto, a la violencia sexual.PublicidadEl estudio Explotación sexual entre adolescentes en centros residenciales: prevalencia e implicaciones para la protección infantil, publicado hace pocos días en la revista Child Protection and Practice, concluye que el 17,6% de las y los adolescentes que viven en recursos residenciales de protección de Cantabria afirma haber sufrido algún tipo de explotación sexual durante el último año. O, dicho de otro modo, casi una de cada cinco refería este tipo de violencia cuando se realizó la investigación en 2022.La investigación, liderada por las investigadoras Noemí Pereda y Alba Aguila-Otero, se basa en las respuestas de 119 adolescentes de entre 14 y 18 años que residían en 26 centros de protección de la autonomía por aquel entonces.Uno de los aspectos que más preocupa a las responsables del estudio es la distancia que se observa entre los datos obtenidos en los centros de protección y los registrados entre la población adolescente en general. Según se recoge en el texto, las investigaciones realizadas en Europa sitúan la prevalencia de la explotación sexual infantil entre el 1% y el 2,5% de las y los jóvenes. Frente a ello, ese 17,6% que las investigadoras han podido identificar en los recursos residenciales apunta a una situación de vulnerabilidad muy superior.Las autoras subrayan que estos resultados "sugieren que los adolescentes en acogimiento residencial pueden constituir un grupo particularmente vulnerable" y recuerdan que la explotación sexual infantil hay que enmarcarla en el plano de la de la salud pública.PublicidadCompartir imágenes sexualesPara la realización del estudio, las investigadoras distribuyeron a través del Instituto Cantábrico de Servicios Sociales (ICASS) un cuestionario dirigido a los y las adolescentes en acogida donde se les preguntaba por diferentes experiencias. La práctica que con más frecuencia apareció fue el envío o intercambio de imágenes o vídeos de carácter sexual, reconocida por el 13,4% de los participantes. Le siguieron las relaciones sexuales, con un 10,9%, y los tocamientos sexuales, con un 8,4%. La investigación también detectó situaciones en las que había habido amenazas o violencia, así como casos en los que las y los menores habían recibido dinero, regalos, alcohol, drogas u otros intercambios tras participar en determinadas actividades sexuales.Casi la mitad de las situaciones descritas estaban atravesadas, además, por algún componente, canal o medio digital. De ahí que las investigadoras destaquen que internet y, en particular, las redes sociales se han convertido en espacios que facilitan el contacto, la captación y, de alguna manera, el control de las víctimas. "Las interacciones online pueden difuminar las fronteras entre los comportamientos consentidos y los explotadores", señalan.El 70% de las víctimas era mujeresLas adolescentes aparecían con mayor frecuencia entre las víctimas de explotación sexual que los chicos. De hecho, entre quienes habían sufrido alguna de estas situaciones, el 70% eran mujeres. Si bien las investigadoras advierten de que la presencia de víctimas masculinas sigue siendo importante y probablemente esté infradetectada. Pues muchos chicos, recuerdan, tienen más dificultades para autoidentificarse como víctimas debido a estereotipos de masculinidad y al estigma asociado a la violencia sexual que pueden llegar a sufrir los hombres.PublicidadFugarse del centro multiplica el riesgoOtro de los hallazgos más llamativos tiene que ver con las fugas. Casi tres de cada diez adolescentes participantes reconocieron haberse escapado alguna vez de un centro residencial. Y, entre quienes habían sufrido explotación sexual, esta proporción era significativamente mayor: el 47,6% de las víctimas había huido del recurso residencial, frente al 24,5% de quienes no habían sufrido explotación.Las investigadoras consideran que estas fugas pueden funcionar tanto como una señal previa de vulnerabilidad como un factor que incrementa la exposición y el riesgo a sufrir situaciones de explotación. Llama la atención que más del 90% de las víctimas afirmaba conocer a otra persona que había pasado por algo similar.La necesidad de sentirse queridoMás allá de las cifras, la investigación es interesante porque ofrece una fotografía muy sugerente sobre cómo interpretan las y los propios adolescentes estas situaciones, sobre cómo perciben la violencia. Cuando se les preguntó por las razones que podrían llevar a una persona a verse victimizada, envuelta en una situación de explotación sexual, las respuestas más habituales no fueron, como muchas personas podrían llegar a pensar, económicas. Sino que la opción más señalada fue "estar enamorado" de la persona implicada, seguida de "sentirse querido". También hicieron alusión a contextos de violencia explícita como las amenazas (12,6%), o la obtención de alcohol o drogas a cambio (10,1%).Respuestas que reflejan, para las investigadoras, la importancia de investigar y desgranar cómo tienen lugar los procesos de manipulación emocional y dependencia que suelen acompañar a la explotación sexual. Pues ocurre que muchos y muchas adolescentes no interpretan inicialmente estas dinámicas como una forma de abuso, sino como posibles relaciones afectivas o lugares de apoyo.Precisamente por ello, los y las jóvenes señalaron que la principal vía para abandonar estas situaciones pasa por pedir ayuda a una persona adulta de confianza. Es más, casi la mitad mencionó a educadoras o profesionales de los propios centros residenciales como figura de referencia. Además de la opción de denunciar ante las autoridades y el apoyo de sus familiares o amistades.Más información, apoyo y mejor detecciónA la hora de plantear medidas preventivas, los y las adolescentes reclamaron más información sobre explotación sexual, más educación sexual y afectiva, y una mayor comprensión por parte de los profesionales que trabajan con ellos. A su vez, pidieron reforzar la comunicación dentro de los centros y ofrecer más información sobre los riesgos asociados a las fugas, el alcohol y las drogas.Las autoras, por su parte, consideran que los resultados evidencian la necesidad de reforzar las estrategias de prevención dentro del sistema de protección. Entre sus recomendaciones figuran la formación específica de profesionales, la detección sistemática de factores de riesgo, la evaluación temprana de situaciones de vulnerabilidad y el desarrollo de intervenciones adaptadas a las necesidades individuales de estas adolescentes, que cambia según cada caso.PublicidadLa investigación recuerda que en España viven cada año entre 15.000 y 20.000 menores en recursos residenciales de protección, una población especialmente expuesta debido a que todas sus trayectorias vienen marcadas previamente por situaciones emocionales muy delicadas, derivadas del deterioro o la ruptura con sus vínculos familiares, ya sea esto causa o no de la violencia.