Me avisó una compañera el pasado viernes: “¡Tu nombre sale en la agenda de Leire!”. La llamada fontanera del PSOE dejó escrito en una de sus páginas: “Miguel González. EL PAÍS”. Una mención escueta pero irrebatible de la que no podía quejarme, pues no me atribuía hecho o cualidad alguna, más que la de trabajar en el diario en el que ingresé hace 37 años. Suficiente para que haya recibido, a través de las redes sociales, una catarata de injurias e insultos, desde formar parte de una trama corrupta a lacayo de una mafia criminal. No conozco a Leire Díez. Nunca me he reunido ni he intercambiado palabra alguna con ella. Nadie me la ha presentado ni hemos coincidido en ningún acto del que sea consciente. Soy periodista y, a la vista de los hechos hoy conocidos, me hubiera gustado hacerlo. Al menos, tendría una impresión de primera mano sobre un personaje a quien algunos presentan como una mano negra capaz de manipular los aparatos del Estado y otros como la versión socialista del Pequeño Nicolás. Sin conocerla es difícil estar seguro de por qué aparezco en su agenda, pero hay una pista que me hace suponerlo con fundamento. Mi nombre figura junto al de Dani [Campos], exdirector de Comunicación del Ministerio de Interior. Entre las áreas informativas de las que me ocupo (Casa Real, Defensa, Exteriores y Vox), no figura Interior pero, dadas las relaciones de la Guardia Civil con el Ministerio de Defensa, coincidí con él en varios actos mientras fue portavoz del departamento que dirige Fernando Grande-Marlaska y nuestras relaciones siempre fueron buenas. A principios del año pasado, más de un año después de que dejara su cargo y antes de que el nombre de Leire Díez saltara a los medios de comunicación, Dani me llamó para comunicarme que un abogado quería hablar conmigo. Por supuesto, nunca rechazo la posibilidad de hablar con alguien, sobre todo si puede tener acceso a información de interés. Acudí al despacho profesional de Jacobo Teijelo, un letrado mediático que había defendido a figuras como el narco Sito Miñanco o el líder de Al Qaeda en España, Abu Dadá. El abogado estaba muy interesado en un pasaje del libro que publiqué en 2022 (Vox S.A. El negocio del patriotismo español) en el que contaba cómo, tras su cese al frente de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid, el coronel Diego Pérez de los Cobos se reunió en un cigarral de Toledo con dirigentes del partido de Abascal. Le dije que no sabía más de lo que había publicado y, obviamente, me negué a identificar la fuente. La conversación derivó entonces hacia los casos en los que estaba personado; entre otros, uno especialmente turbio, el fraude de los hidrocarburos. El abogado expuso la teoría de que mandos de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (UCO) estaban conjurados para tumbar al Gobierno y se dedicaban a fabricar casos mediante pruebas falsas. No era la primera vez que veía a un abogado buscar la nulidad de las pruebas contra su cliente y a esa estrategia procesal atribuí su discurso. Dejé de lado la supuesta conspiración contra el Gobierno cuya existencia era cuestión de fe y le respondí que me bastaba con que me aportara pruebas de una sola de la decena de irregularidades que había enumerado. Me marché del despacho con su tarjeta de visita y la promesa de que me avisaría cuando dispusiera de dichas pruebas. Nunca me llamó.Yo sí lo hice. Solo una vez. Cuando se supo que había asumido la defensa del exsecretario de Organización del PSOE Santos Cerdán. Lo que me contó se lo transmití a mis compañeros que llevaban el caso, pero ya lo sabían. Para entonces, había salido a la luz la grabación de una reunión en el despacho profesional de Teijelo, el mismo local donde yo había estado. En ella participó, entre otros, Leire Díez, quien se mostraba interesada en obtener información sobre la UCO de un empresario huido a Emiratos que intervino por videoconferencia. Conociendo la relación de Teijelo con la llamada fontanera del PSOE, no es difícil deducir cómo se enteró esta de mi reunión con el letrado con el que me había puesto en contacto el periodista Dani Campos. La anécdota no tendría mayor interés si no sirviera de aviso para comprender con cuánta cautela deben tomarse las anotaciones de la agenda de Leire y hasta qué punto conviene no precipitarse a la hora de interpretarlas. Salvo que uno no tenga interés alguno en conocer la verdad y solo le interese emplearla como arma arrojadiza.