El llamamiento explícito a que las fuerzas políticas representadas en el Parlamento dialoguen de forma civilizada en el fondo y en las formas en un momento de especial polarización es probablemente la propuesta concreta más preciada del discurso pronunciado este lunes por el papa León XIV ante las Cortes españolas. Es la primera vez en que un papa habla ante la sede de la soberanía popular y el carácter de acontecimiento histórico con el que ha sido tratado está justificado. La intervención de León XIV plantea la legítima cuestión de hasta qué punto el líder de una religión, aunque sea la mayoritaria en España, puede emitir desde la tribuna juicios sobre decisiones que ya se han tomado o se van a tomar en la sede de la soberanía popular. Nadie puede esperar del Papa otra cosa que ceñirse a la doctrina católica al no respaldar derechos civiles como el aborto o la muerte digna. Pero pronunciarse como invitado en la Cámara contra decisiones que esta ha debatido y aprobado legítimamente en representación de la mayoría de los españoles se puede entender como un reproche fuera de lugar. Eso no quita que al Pontífice le sobre razón al reconvenir, de una manera muy diplomática pero también muy clara, a los políticos españoles por el clima de crispación. Prevost señaló directamente la descalificación permanente del adversario como una degeneración de la pluralidad política malentendida. Una afirmación —“la firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación”— que debería mover a la reflexión a los representantes de la soberanía popular, culpables de un clima político que se traslada a la sociedad con facilidad. La multitudinaria presencia de todas las sensibilidades en el acto muestra que se le reconoce al Papa cierta autoridad para hacer esta advertencia, y el Congreso es el lugar para hacerla.En la línea de sus intervenciones desde que aterrizó en España, León XIV volvió a exigir sin medias tintas un trato humano para los migrantes y lo hizo a escasos metros de los representantes de Vox, quienes defienden el eufemismo racista de la “prioridad nacional”, y de los líderes del PP, que han pactado con ellos sobre este punto a cambio del Gobierno en varias comunidades autónomas y tratan de restarle importancia para que la sociedad normalice la discriminación por ley. Las palabras del Pontífice no pueden ser más claras y, en el actual contexto, tienen una ineludible carga política: “Allí donde una persona es discriminada por su origen se vulnera el principio de la igual dignidad de todos los seres humanos”. Paradójicamente, esta desautorización pública no impidió que ultraderechistas y populares se unieran al aplauso de siete minutos con el que el hemiciclo ovacionó al Papa.El Papa evitó referirse en las Cortes al escándalo de los abusos sexuales cometidos por miembros del clero y su encubrimiento durante décadas, a pesar de que ha sido la política la que ha hecho el trabajo al que la Iglesia se ha resistido. Pero en absoluto eludió el asunto en el conjunto de su agenda. Prevost sí habló de la pederastia (que definió como “plaga”) allí donde era más necesario, en la sede de la Conferencia Episcopal delante de los obispos españoles, a quienes exigió “escucha sincera, acogida, protección y cambios reales de sanación”. La mera admonición constata que queda mucho trabajo por hacer. En este sentido, el reconocimiento no fue completo. Prevost perdió la oportunidad de dar un paso simbólico trascendental y optó por una reunión privada con algunas víctimas, en lugar de un acto público como reclaman varias asociaciones.
La voz del Papa, en el Congreso
León XIV acierta al advertir en las Cortes contra la polarización política, pero su crítica al aborto pertenece a otro escenario











