Cuando se habla de reconstrucción, automáticamente se piensa en viviendas, urbanización, subsidios. La dimensión material del barrio. Y sí, es fundamental. Sin casa no hay vida posible. Pero hay otra dimensión, menos visible, y más incómoda, que atraviesa los territorios afectados por los incendios: la salud mental.El gran incendio de febrero de 2024, que afectó a Viña del Mar, Quilpué y Villa Alemana, no terminó cuando se apagaron las llamas.En los cerros de Viña del Mar, en sectores como Villa Independencia —una de las zonas con mayor afectación—, muchos siguen viviendo en estado de alerta. Sufren crisis de angustia, sobresaltos ante cualquier sonido de sirena y sus rutinas están marcadas por el miedo a que todo vuelva a ocurrir. Es una experiencia que se padece y no entra en los catastros. No aparece en los balances de reconstrucción.Como relatan vecinas y vecinos de los territorios afectados, “la gente está doliente, en duelo”. Otros describen el impacto físico del trauma: “aprieto los dientes y me cuesta hasta hablar”. El incendio profundizó un malestar que venía acumulándose desde la pandemia sobre un sistema de salud mental saturado, incapaz de responder a la demanda cotidiana, menos a una catástrofe de la magnitud de los incendios. Lo que ocurre hoy es una crisis que se agrava sobre otra ya existente, frente a la cual la respuesta institucional ha sido insuficiente.“La ayuda que te ofrecían era un par de sesiones con un psicólogo. Después de dos meses, se fueron”, relata una vecina de Villa Independencia. “La ayuda psicológica que llegó fue por las mañanas, pero a esa hora todos trabajan”, es otra frase que se escucha. No es solo falta de cobertura. Es desconexión con la vida real de las personas.La encuesta del programa Quiero Mi Barrio arroja que más del 90% de los habitantes de Villa Independencia afirma que dentro de su barrio no existen servicios de apoyo psicológico. Estos resultados se repiten en otros sectores gravemente afectados como Los Almendros, El Olivar, Lomas Latorre y Canal Chacao.Junto con el acceso a servicios de salud mental, aparece la imposibilidad de elaborar lo vivido. “No hubo tiempo de pensar en lo que perdiste, ni en lo emocional”, dice una vecina. “No tuve tiempo de vivir el duelo”, suma otra. Entre la urgencia por resolver lo material y la precariedad cotidiana, las emociones quedaron suspendidas: “Postergamos las emociones por el hacer”, comenta una mujer del campamento Manuel Bustos.Aunque el modelo de atención en salud primaria promueve la participación y el trabajo comunitario, en la práctica no ha logrado hacerse cargo de la complejidad del daño postincendio. Las intervenciones aparecen fragmentadas, discontinuas, casi testimoniales. Mientras, el foco del Estado sigue puesto, casi exclusivamente, en la reconstrucción material. Frente a ese vacío, emergen con fuerza las comunidades. Redes de apoyo, ollas comunes, espacios informales de contención. Hay una clave que la política pública sigue sin entender: la salud mental en contextos de desastre no es solo un problema individual, ni se resuelve con atenciones clínicas aisladas. Es una cuestión profundamente territorial. Se deben reconstruir confianzas, vínculos, cotidianeidades. Es complejo volver a habitar un lugar que ya no es el mismo. Si esa dimensión no se incorpora, la reconstrucción queda incompleta. La pregunta, entonces, no es solo cómo reconstruir viviendas. Es cómo reconstruir vidas. En Viña del Mar esa pregunta sigue sin respuesta.
Salud mental: la dimensión olvidada de la reconstrucción en Viña del Mar
En los cerros de Viña del Mar, en sectores como Villa Independencia, muchos siguen viviendo en estado de alerta. Sufren crisis de angustia, sobresaltos ante cualquier sonido de sirena y sus rutinas están marcadas por el miedo a que todo vuelva a ocurrir












