Noticia Exclusivo suscriptores Una bolsa de suero usada para cerrar temporalmente a un paciente crítico dio origen a una técnica médica usada internacionalmente.Hospital San Juan de Dios. Foto: Archivo particularPERIODISTA DE BOGOTÁ07.06.2026 22:30 Actualizado: 07.06.2026 22:30

Dos de la mañana. Hospital San Juan de Dios, Bogotá. Año 1984. En uno de los quirófanos, un grupo de médicos operaba a un paciente que estaba en estado crítico por un trauma abdominal severo. El abdomen ya no cerraba y tampoco había cómo conseguir las mallas que, para la época, se usaban en estos casos. En cuestión de horas, ese problema terminaría dando origen a la Bolsa de Bogotá o Bolsa de Borráez.El paciente era un joven mecánico de unos 25 años que había llegado días antes había llegado días antes muriendo. El hombre intentaba cambiar una llanta cuando el gato hidráulico se resbaló y el carro le cayó encima. El golpe le provocó un trauma abdominal severo. El lóbulo derecho del hígado, una de las principales partes de ese órgano, quedó destruido y una gran cantidad de sangre empezó a acumularse. LEA TAMBIÉN El cirujano Oswaldo Borráez, entonces residente de segundo año de cirugía general en la Universidad Nacional y de 27 de edad, lo operó de urgencia, tras una reanimación. Retiraron el tejido del hígado destruido, controlaron el sangrado, revisaron posibles lesiones adicionales y cerraron el abdomen. Sin embargo, esta tan solo sería la primera de cuatro cirugias que se le realizaron al joven.Dos días después, el paciente volvió al quirófano. Se había desestabilizado y sospechaban un nuevo sangrado. Encontraron alrededor de 500 centímetros cúbicos de sangre dentro del abdomen. Limpiaron nuevamente, revisaron la zona del hígado y cerraron otra vez.72 horas después hubo una tercera cirugía. El paciente, necesitaba más oxígeno para mantenerse estable, el corazón empezó a latir más rápido de lo normal y la presión arterial comenzó a bajar, señales que hicieron pensar a los médicos que algo no estaba bien dentro del abdomen y que probablemente se trataba de una infección.Al volver a abrirlo, encontraron un absceso, una acumulación de pus causada por una infección, cerca de la zona del hígado que había quedado lesionada. Parte del tejido golpeado había perdido vitalidad, es decir, había empezado a morir (necrosarse) y terminó infectándose. Los médicos drenaron la infección, lavaron nuevamente el abdomen y volvieron a cerrarlo.Hospital San Juan de Dios. Identificación doctor Oswaldo Borráez. Foto:CortesíaLa decisión de arriesgarlo todoTres días después regresó al quirófano por cuarta vez. La gran cantidad de líquidos utilizados para mantenerlo vivo había provocado una inflamación severa. No solo la piel estaba hinchada, los intestinos también habían aumentado de tamaño y ocupaban un volumen que impedía cerrar la pared abdominal.Aunque esa noche no estaba de turno, Borráez estaba en el hospital y atenido la emergencía al ver que se trataba de su paciente. “Yo la noche anterior no estaba de turno, pero obviamente tenía que cuidar a mi paciente y reintervenirlo. Nosotros podíamos pasarnos una semana sin salir del hospital. Esa era la formación allí en San Juan de Dios”, recordó.No podían cerrarlo. La alternativa de la época eran mallas sintéticas. El doctor Borráez solicitó las bolsas. No había. A esa hora de la madrugada tampoco existía manera de conseguirlas. LEA TAMBIÉN “Entonces, dijimos: ‘Miércoles, ¿y con qué voy a cerrar este paciente?’. Observando los sueros, yo pedí que me dieran una bolsa plástica de suero, las grandes de tres litros”, señaló el cirujano.El líquido fue recogido y utilizado para terminar de lavar la cavidad abdominal del paciente. Después, tomó la bolsa, la abrió y la cortó. Borráez fijó alrededor del abdomen, en 360 grados, reemplazando temporalmente la pared abdominal que ya no podía cerrarse.“Fue una polémica porque el riesgo que nosotros corríamos y sobre todo yo que había tomado la decisión que me sancionaran hasta me votaran del programa de cirugía de la Universidad Nacional en el hospital que era alto o por lo menos iba a tener un regaño tremendo”, recordó Borráez.Oswaldo Borráez, doctor en medicina y cirugía, especialista en cirugía general de la Unal. Foto:Tatiana Moreno. El Tiempo.Próximos a terminar la cirugía, faltando muy poco por fijar la la bolsa, Borráez y su equipo decidieron llamar a un instructor de cirugía. El médico bajó al quirófano en el que se había creado la Bolsa de Bogotá.— ¡No! Quite esa bolsa, ¿cómo le ocurre poner eso? ¿Quién le dijo a usted eso? ¿Dónde leyó eso?— dijo el instructor.—Roberto, no hay con qué cerrar el paciente. Por favor, no se vaya a la sala, por lo menos para que yo sienta que hubo un respaldo suyo y mañana no tenga tantas dificultades— le respondió el cirujano.Terminaron la cirugía y el paciente regresó a la unidad de cuidados intensivos con la bolsa de suero fijada a su abdomen y cubierta con compresas mientras los médicos seguían atentos a su evolución. LEA TAMBIÉN Ocho de la mañana. Oficina del jefe de cirugía. Oswaldo Borráez recibió el llamado del profesor, jefe del servicio de cirugía. A quien recuerda como una persona muy respetuosa, ese día ni siquiera lo saludó.—¿Qué pasó anoche? ¿Cómo va a ser posible que usted un cirujano de San Juan de Dios, un cirujano de la Universidad Nacional de Colombia no haya sido capaz de cerrar un paciente?— señaló el jefe de cirugía.Borráez resumió el caso y propuso revisar al paciente antes de tomar cualquier decisión. Bajaron a la unidad de cuidados intensivos. El profesor observó en silencio el abdomen cubierto por aquella bolsa transparente improvisada. Caminó alrededor de la cama y se fue sin decir mucho.El joven médico, de 27 años, salió detrás del profesor y le preguntó qué debía hacer con el paciente.—No haga nada porque igual se va a morirle— dijo.Era un paciente “extremadamente crítico”, con cuatro cirugías encima y múltiples riesgos. Contra el pronóstico inicial, comenzó a evolucionar. Los médicos retiraban la bolsa, realizaban los lavados necesarios y volvían a colocar otra.Con el paso de los días, el equipo decidió modificar la técnica; dejaron de fijarla a la aponeurosis, la capa de tejido que recubre y sostiene los músculos del abdomen, y comenzaron a sujetarla directamente a la piel.El segundo casoDos semanas después, Borráez estaba de turno cuando lo llamaron a salas de cirugía. Como era el residente de mayor rango del grupo, subió a revisar el caso. Un equipo de ginecología operaba a una paciente remitida desde la unidad de cuidados intensivos del Materno Infantil: una mujer con una infección abdominal severa a la que ya le habían retirado el útero y cuyo abdomen tampoco lograban cerrar por la inflamación de los intestinos.“Yo entré y saludé al profesor y le dije qué se le ofrecía. Me dijo que era una señora muy obesa, con una infección severa intraabdominal (...) y que no la podían cerrar por la gran inflamación de los intestinos. Yo le conté lo que había hecho dos semanas atrás con ese paciente que yo tenía en la unidad”, recordó Borráez.“Él me miró escéptico y finalmente me dijo: ‘Bueno, doctor, entre y haga lo que usted considere, porque yo esa experiencia no la tengo’”, aseveró el cirujano. Así que con sus compañeros de residencia de ginecologia realizaron el procedimiento.“En dos semanas yo no tenía un problema, sino dos, porque los profesores estaban encima del grupo nuestro de la evolución de estos pacientes. Para fortuna, ambos pacientes cada día fueron mejorando, ya los lavábamos cada vez menos”, dijo el cirujano.Ambos pacientes salieron de la unidad de cuidados intensivos y pasaron a hospitalización. Permanecieron varios meses internados hasta que, con el tiempo, el mismo organismo terminó expulsando la bolsa plástica: debajo de ella comenzó a formarse piel nueva.La técnica empezó a repetirse cada vez con más frecuencia en el Hospital San Juan de Dios. “Cuando teníamos pacientes severamente infectados les poníamos una bolsa porque sabíamos que teníamos que reintervenirlos o pacientes severamente traumatizados que no podíamos cerrar”, recordó Borráez. En menos de un año, solo en su grupo de cirugía ya acumulaban cerca de 260 casos tratados con esta técnica.Aproximadamente un año después, cuando Borráez estaba terminando su formación, Michael L. Feliciano, un cirujano estadounidense, conocido internacionalmente por sus aportes en cirugía de trauma y cuidados del paciente crítico, visitó el Hospital San Juan de Dios. Allí encontró a decenas de pacientes con aquellas bolsas plásticas fijadas al abdomen y preguntó de qué se trataba.El equipo médico le explicó por qué utilizaban esa técnica y en qué casos funcionaba. Fue él quien terminó bautizándola como la ‘Bolsa de Bogotá’, nombre con el que comenzó a conocerse internacionalmente.Años después, durante un congreso en Estados Unidos, el mismo Feliciano planteó otra idea. Según recuerda Borráez, dijo que la técnica debía llevar el nombre de quien la había creado y propuso llamarla ‘Bolsa de Borráez’. Desde entonces, ambas denominaciones —Bolsa de Bogotá o Bolsa de Borráez— se utilizan indistintamente en distintas partes del mundo.Más de cuatro décadas después de aquella madrugada de 1984, la técnica sigue utilizándose en distintos países. Según recuerda Borráez, su utilidad permanece en pacientes severamente infectados o traumatizados que no pueden cerrarse de manera convencional y que probablemente tendrán que volver a cirugía.TATIANA MORENO QUINTEROREDACCIÓN BOGOTÁ Sigue toda la información de Bogotá en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.