Entre la reciente reaparición pública de Andrés Manuel López Obrador y los preparativos frenéticos para recibir el Mundial de 2026, parece existir un hilo conductor que va más allá de la coyuntura política o deportiva. Ambos episodios nos obligan a preguntarnos si las prioridades públicas están puestas en quienes habitan el país o en quienes lo observan desde fuera. Falta poco para que inicie una nueva edición de la Copa del Mundo y, si vives en la Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey, seguramente ya has notado los cambios. Obras públicas aceleradas, modificaciones en la movilidad, intervenciones urbanas, limpieza social y una narrativa institucional que insiste en presentarnos el Mundial como un logro colectivo. Pero mientras observo estas transformaciones, no puedo evitar hacerme una pregunta: ¿de quién es realmente este sueño? No estoy segura de que sea el sueño de quienes vivimos todos los días las ciudades que serán sede. Tampoco sé si es el sueño de las personas aficionadas al futbol. A veces parece, más bien, el sueño de gobiernos que buscan mostrar una imagen exitosa ante el mundo, aunque ello implique relegar necesidades que llevan años formando parte de la vida cotidiana de millones de personas. Porque quienes vivimos aquí sabemos que la realidad es otra. Sabemos del transporte insuficiente, del tráfico interminable, de las inundaciones que cada temporada de lluvias paralizan colonias enteras, de los largos tiempos de traslado y de los procesos de transformación urbana que, en ocasiones, parecen más cercanos a una limpieza estética y social que a una mejora real de las condiciones de vida. La ciudad comienza a sentirse menos nuestra. No porque deje de pertenecernos jurídicamente, sino porque las prioridades parecen desplazarse. Las inversiones, las decisiones y los esfuerzos institucionales parecen dirigidos a quienes permanecerán aquí unas cuantas semanas antes de regresar a sus países, mientras quienes habitamos y resistimos la ciudad todos los días seguimos enfrentando los mismos problemas estructurales. Vivimos en un momento político donde buena parte de la conversación pública parece estar orientada hacia el exterior. Observamos cómo actores internacionales opinan sobre nuestro país, cómo los gobiernos buscan proyectar determinadas imágenes de México y cómo gran parte de la discusión política gira alrededor de lo que otrœs piensan de nosotrœs. Hace apenas unos días, el expresidente Andrés Manuel López Obrador reapareció públicamente para defender la actuación del gobierno mexicano frente a las tensiones con Estados Unidos. En esencia, sostuvo que durante su administración existía una relación distinta con Donald Trump y que las circunstancias actuales responden a “otro Trump”. La afirmación resulta llamativa. No porque el contexto político no haya cambiado, sino porque invita a preguntarnos cuál era exactamente ese otro Trump. El mismo personaje que hoy encabeza discursos xenófobos, nacionalistas y hostiles hacia las personas migrantes era ya una figura conocida durante el sexenio anterior. Más allá de la valoración política de la relación bilateral, el episodio vuelve a colocar sobre la mesa una pregunta más amplia: ¿cuánto de nuestras decisiones públicas está orientado a resolver los problemas cotidianos de quienes vivimos en México y cuánto responde a la necesidad permanente de dialogar, convencer o proyectar una imagen hacia actores externos? A veces ni quienes vienen de fuera parecen comprender el México que vivimos. Pero, en ocasiones, tampoco parece comprenderlo el propio gobierno. Resulta difícil no pensar en ello cuando una institución tan relevante como la Secretaría de las Mujeres permanece durante semanas sin una titular definitiva. Hablamos de una dependencia cuya creación fue presentada como un avance histórico en materia de igualdad sustantiva y derechos de las mujeres. Sin embargo, mientras los discursos celebran conquistas simbólicas, la realidad administrativa parece transmitir un mensaje distinto sobre las prioridades gubernamentales. Lo mismo ocurre con la seguridad pública. Los acontecimientos recientes en distintas entidades federativas, las discusiones sobre responsabilidades políticas y las dudas constantes sobre quién recibe protección institucional vuelven a colocar sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿quiénes son realmente el centro de las decisiones públicas? Quizá el problema no sea la Copa del Mundo. Tampoco la llegada de visitantes extranjeros ni el deseo legítimo de mostrar una buena imagen de México ante el mundo. El problema surge cuando esa imagen parece construirse para quienes vienen de paso y no para quienes se quedan. Quizá por eso resulta tan revelador recordar otro acontecimiento reciente. Cuando BTS visitó Palacio Nacional, miles de personas sintieron un entusiasmo genuino. Hubo orgullo, conversación pública, apropiación simbólica del espacio y una sensación de celebración compartida. Con el Mundial, en cambio, la emoción parece distinta. Más que expectativa, muchas personas expresan preocupación por la movilidad, por el gasto público, por las restricciones urbanas o por el impacto que tendrá en una ciudad que ya enfrenta problemas estructurales. Tal vez la diferencia radica en que una visita puede sentirse como un encuentro cultural que suma a la vida cotidiana de quienes habitan la ciudad, mientras que un megaproyecto internacional corre el riesgo de percibirse como algo diseñado para quienes vienen de paso. Y si el objetivo es que las personas visitantes conozcan la verdadera Ciudad de México, quizá el gobierno capitalino debería considerar adelantar también otras fechas importantes de nuestro calendario colectivo. Después de todo, si ya se están modificando festividades y dinámicas urbanas para adaptarlas al Mundial, ¿por qué no adelantar también las marchas del 2 de octubre, las movilizaciones por Ayotzinapa, las protestas contra la violencia feminicida del 25 de noviembre o incluso las actividades del 8 de marzo? Sería una forma de ofrecer una experiencia más completa del país. No solamente la ciudad de los estadios renovados, los corredores turísticos y las postales para las transmisiones internacionales, sino también la ciudad que marcha para exigir justicia; la ciudad que recuerda a sus desaparecidos; la ciudad que denuncia la violencia contra las mujeres; la ciudad que sigue reclamando verdad, memoria y reparación frente a la impunidad. Porque habitar la Ciudad de México no consiste únicamente en consumirla durante unas semanas. Habitarla implica también resistirla. Significa convivir con las ausencias, con las desigualdades, con las deudas históricas y con las insuficiencias institucionales que millones de personas enfrentan todos los días. Todavía no inicia el Mundial y ya sabemos que enfrentaremos problemas de movilidad, restricciones, cambios urbanos y costos que muchos mexicanos ni siquiera podrán aprovechar. Paradójicamente, una parte importante de la población difícilmente podrá acceder a los eventos que supuestamente se organizan en nombre de todœs. Si vamos a mostrarle México al mundo, quizá valdría la pena mostrarlo completo. El México de las marchas, de las madres buscadoras, de las mujeres que exigen vivir sin violencia, de las personas que pasan horas atrapadas en el transporte público, de quienes enfrentan la inseguridad como una realidad cotidiana y de quienes siguen esperando que las instituciones respondan a sus necesidades más básicas. Entre el Trump de AMLO, el Mundial de Claudia y el país que se intenta proyectar hacia el exterior, ¿para quién se está gobernando México? Únete a nuestro canal