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El coeficiente de Gini mide la forma en que una sociedad distribuye sus ingresos. Esa cifra, sin embargo, no nos dice cuántos pobres hay, cuántos ricos, cuántos niños llegan con hambre a la escuela ni cuántos enfermos esperan una cita que llega tarde o nunca llega. Tampoco registra los privilegios acumulados durante generaciones ni la distancia, a veces obscena, que separa dentro de un mismo país la abundancia de abolengo de la pobreza de cuna.

Toda esa desigualdad se reduce, finalmente, a un número entre cero y uno. El cero señala la igualdad perfecta: una sociedad hipotética en la que todos recibirían exactamente la misma porción del ingreso. El uno señala la desigualdad absoluta: la pesadilla distópica —todavía excepcional, al menos por ahora— de un país en el que una sola persona se quedaría con todos los recursos y los demás no recibirían nada. Ninguna nación, por supuesto, vive en ninguno de esos extremos; pero algunas, como Colombia, llevan ya demasiado tiempo caminando cerca del umbral de una desigualdad que ningún ser humano con un mínimo sentido de justicia debería mirar como si fuera parte natural del paisaje.

En América Latina, una de las regiones más desiguales del planeta, Colombia aparece junto con Brasil en la cima poco honrosa de la concentración del ingreso. El Banco Mundial registró para 2023 un Gini de 0,53 puntos para Colombia y de 0,51 para Brasil, por encima del promedio regional de 0,49. En 2024, el DANE volvió a medir el coeficiente de Gini colombiano en 0,551, apenas inferior al 0,553 de 2023. A escala mundial, esos valores ponen a Colombia en compañía de aquellas sociedades donde la desigualdad opera como una forma estable de organización.