En la llamada T de Daule, un cruce polvoriento que conecta al cantón agrícola con las carreteras que conducen a Guayaquil, ocho jóvenes arrancaron en cuatro motocicletas a las once de la mañana del domingo rumbo a Milagro. Era un trayecto de menos de una hora. Con el paso de las horas, sus familiares perdieron contacto con ellos y comenzaron a escuchar versiones contradictorias. “Que estaban en Durán, que habían aparecido en Yaguachi, que se los habían llevado militares”, recuerda uno de sus familiares. La búsqueda se convirtió rápidamente en una carrera contra el miedo. Tres días después, mientras organizaban una nueva jornada para encontrarlos, vieron en los noticieros una noticia que los paralizó: ocho cuerpos habían sido hallados dentro de sacos de yute junto a la vía que une Jujan con Babahoyo. “Espero que no sean ellos”, repetía Aura Sánchez, madre de dos de los desaparecidos, sin imaginar el tortuoso recorrido que aún le esperaba para identificar los cadáveres. Con ayuda de vecinos y amigos, las familias emprendieron viaje hacia la provincia de Los Ríos, hasta el sector Cañitas, donde fueron encontrados los cuerpos, a orillas del río. Un territorio que se ha convertido en uno de los principales epicentros de la violencia criminal en Ecuador. Allí, las disputas entre bandas han disparado los homicidios hasta alcanzar una tasa de 106 asesinatos por cada 100.000 habitantes, la más alta del país.Los cadáveres fueron recogidos por equipos de Criminalística que iniciaron un recorrido insólito entre las morgues de Babahoyo y Milagro. En ninguna pudieron realizar los procedimientos forenses porque no había médicos legistas disponibles. “¿Cómo se supone que es una morgue si no hay médicos?, no entiendo”, reclama Brigitte Martínez, familiar de los jóvenes.Los cuerpos fueron trasladados finalmente hasta la morgue de Guayaquil, donde el caos institucional con el que las autoridades suelen manejar las crisis continuaba. Las familias hacían vigilia afuera de Medicina Legal mientras las autoridades mantenían un hermetismo absoluto. Las horas transcurrían sin respuestas. Hasta que un funcionario salió del edificio con dos cédulas de identidad en la mano. Pertenecían a dos de los jóvenes desaparecidos de Daule.Veintiséis horas después de su llegada a la morgue, las autopsias seguían sin comenzar. Afuera, familiares, amigos y vecinos permanecían a la espera de una confirmación oficial. “Dicen que no tienen suficiente personal para hacerlo más rápido, y que recién en cuatro días nos pueden entregar la identidad de un cuerpo”, señala uno de los familiares afuera de la morgue.Aunque nadie quiere pronunciarlo en voz alta, todos temen que los cadáveres encontrados junto a la vía Jujan-Babahoyo son los de Anthony Martínez, Juan Carlos Martínez, Roy Martínez, Ariel Vera, Jackson Castro, Ricardo Castro, Jeremy Castro y Andy Sáenz. Hermanos, primos y amigos de toda la vida. Dos de ellos son menores de edad.Durante días, las familias habían protestado para exigir respuestas. Incluso bloquearon una de las principales vías de acceso al cantón. Todo comenzó el domingo 31 de mayo, cuando el grupo viajó a Milagro para retirar los documentos de una motocicleta que uno de ellos había comprado. Las cámaras de seguridad registraron algunos de sus movimientos. En una de las grabaciones aparecen dentro de un local de motos del centro de la ciudad alrededor de la una de la tarde. Después de eso, desaparecieron.Aunque las autoridades aún no han confirmado oficialmente las identidades, investigadores de la Policía trabajan con la hipótesis de que los cuerpos corresponden a los ocho jóvenes reportados como desaparecidos.Una fuente de inteligencia consultada por EL PAÍS sostiene que Milagro es uno de los territorios donde el crimen organizado ha consolidado una estructura de gobernanza paralela al Estado. Según esa versión, la ciudad opera bajo la influencia de alias Alan, vinculado a la organización criminal Los Águilas. Todo funciona bajo sus órdenes. La lógica de ese poder consiste en ejercer control sobre delitos como las extorsiones y los secuestros para ganar legitimidad entre parte de la población. Decenas de hombres vigilan el territorio y reportan cualquier movimiento extraño. Como otras ciudades de la costa ecuatoriana, Milagro se ha convertido en un escenario de disputa entre grupos armados que intentan expandir su poder mediante la violencia, por lo que se presume que los ocho chicos fueron confundidos como miembros de la banda contraria que intenta introducirse en esa ciudad ya tomada.Toda esa zona de la costa ecuatoriana estuvo quince días bajo un toque de queda ordenado por el gobierno de Daniel Noboa para intentar contener una violencia que, pese a las constantes medidas excepcionales y la militarización, continúa dejando muertos y desaparecidos.Los ocho jóvenes eran estudiantes y jornaleros agrícolas. Trabajaban preparando la tierra para la siembra, sobre todo de arroz. Ninguno registraba antecedentes penales ni procesos judiciales abiertos. “Son buenos chicos”, repetían sus familiares en cada plantón, mientras esperaban noticias que nunca llegaron.