La votación con la que la Cámara de Representantes resolvió el miércoles limitar el poder de Donald Trump para continuar con su guerra en Irán no acabará con ella. Pero supone un revés simbólico para el presidente de Estados Unidos en un asunto, Oriente Próximo, que se ha convertido, tanto en clave interna como en política exterior, en la china más molesta del zapato de su regreso a la Casa Blanca. Mientras, pasan las semanas y, con el acuerdo de paz con Teherán estancado, parece claro que Washington no sabe cómo salir de un atolladero en el que se metió solo. La resolución sobre la guerra llegó el mismo día en el que la Casa Blanca canceló la creación de un fondo de 1.776 millones para compensar a los aliados de Trump, tras una insólita revuelta republicana. Tras superar ese primer trámite en la Cámara baja, aún tendría que aprobarse en el Senado, asunto poco probable, y que la firmara el presidente de Estados Unidos, extremo imposible. Al menos, el gesto ha servido para ahondar la crisis del ascendente de Trump en el Capitolio y para recordarle la ilegalidad de una guerra para cuya declaración no contó con el Congreso (tampoco cuando, como le obliga la Ley de Poderes de Guerra de 1973, esta superó la barrera de los 60 días). Asimismo, valió para que cuatro congresistas republicanos se sumaran al grupo de los políticos conservadores dispuestos a llevarle la contraria al Gobierno en Washington. Se trata de un deporte de alto riesgo: la esperanza de vida política de quienes lo practican es baja estos días, como sabe uno de los cuatro díscolos: Thomas Massie. El representante de Kentucky perdió recientemente las primarias pese a ser uno de los políticos más famosos y queridos de su Estado. ¿El motivo? Trump puso a los suyos en contra de Massie como parte de una campaña de acoso y derribo al congresista, que se ha opuesto al todopoderoso presidente en asuntos como los papeles de Epstein o sus aventuras bélicas en el extranjero. Los otros tres son Brian Fitzpatrick (Pensilvania), Tom Barrett (Míchigan) y Warren Davidson (Ohio). Tanto Fitzpatrick como Davidson ya superaron con éxito sus trámites de primarias el mes pasado, así que no se exponen a la ira del líder de su partido, que se ha demostrado estos meses casi infalible a la hora de castigar en las urnas a sus enemigos a base de apoyar a otro candidato. A Barrett aún le puede pasar factura la decisión de votar contra Trump en agosto, cuando los votantes de Míchigan decidan cuál será el aspirante republicano en las elecciones legislativas de noviembre. El presidente de Estados Unidos reaccionó a la votación en la Cámara este jueves por la mañana (hora de Washington, seis más en la España peninsular). La definió como “sin sentido”, y habló de “cuatro republicanos nefastos” que se alinearon con los “dumócratas”, neologismo recién inventado por él mismo, con el que además parece especialmente satisfecho, a tenor de cuánto lo repite: sale de mezclar “dumb” (estúpido) y demócrata. “Antipatriótico”“¿Quién haría algo tan antipatriótico?”, se preguntó Trump en un Truth, en el que criticó que la votación se haya celebrado en “mitad de [las] negociaciones finales para poner fin a la guerra con la República Islámica de Irán”, aunque no haya pruebas de que esas conversaciones, iniciadas el 11 de abril, estén en su fase final, o cerca de ella. En su post, acusó a los demócratas de preferir ver “cómo fracasa el país” antes de concederle “otra victoria”. “En cuanto a los cuatro republicanos, es una historia muy distinta: ¡son unos oportunistas que solo buscan lucirse! Debería darles vergüenza", escribió Trump. Las encuestas indican que la guerra de Irán está acabando con la paciencia de los estadounidenses. También está agrietando la unidad republicana en el Capitolio, tras más de un año en el que el partido se ha comportado como una maquinaria perfecta para cumplir con la agenda de Trump y con sus intentos de acrecentar el poder ejecutivo en detrimento del legislativo y con la aquiescencia el judicial (representado en la supermayoría conservadora en el Tribunal Supremo). En esta ciudad apasionada de las etiquetas, algunos de esos congresistas ya se han agrupado bajo el acrónimo YOLO, que corresponde a You Only Live Once (solo se vive una vez). Lo forman aquellos que ya saben que no se presentan a las urnas en noviembre, pero tienen el puesto garantizado hasta enero. Se debe bien a que se retiran (como los senadores Thom Tillis y Mitch McConnell) o a que, como en el caso de Massie, Trump los ha retirado. Los últimos en ingresar en ese club oficioso son dos senadores: Bill Cassidy (Luisiana) y John Cornyn (Texas), cuyas primarias tampoco superaron frente a un rival apoyado por el presidente. A ese caucus se pueden sumar también otras dos miembros de la Cámara alta: Susan Collins (Maine) y Lisa Murkowski (Alaska), cuyo historial de enfrentamientos con Trump parece probar su inmunidad al fuego amigo de la Casa Blanca. Si, como confían los analistas, esos seis senadores votan según su conciencia y no solo para contentar al Gobierno durante los siete meses que quedan hasta la próxima renovación del Capitolio en enero (cuando cambian todos los miembros de la Cámara de Representantes y un tercio de los de la alta), Trump verá nublarse el panorama... aún más. Las mismas encuestas indican que es un presidente extraordinariamente impopular y auguran una derrota en las elecciones de medio mandato. Este jueves, Washington pasó la jornada pendiente de la votación en el Senado de una enmienda introducida por Chuck Schumer, líder de la minoría demócrata. Busca prohibir al Gobierno la creación en el futuro de un fondo como el recién cancelado, que podría servir para compensar a los asaltantes del Capitolio. En una maniobra para añadir tensión política, Schumer introdujo su propuesta como una enmienda a una ley de financiación (70.000 millones de dólares hasta 2029) de las agencias federales migratorias. A primera hora de la tarde no estaba aún claro cómo iban a votar los republicanos YOLO.Si la derrota en noviembre se confirma, la segunda mitad de la segunda presidencia se complicaría y Trump se convertiría en lo que en Washington se conoce como un pato cojo: un político con los días contados y poco margen de maniobra. El presidente, que cumplirá 80 años el 14 de junio y cada vez parece menos concernido por las reglas del decoro, también se comporta como si eso no le preocupara. Especialmente, con la guerra de Irán, sobre la que ha dicho en varias ocasiones que no le importan sus consecuencias en el bolsillo de los estadounidenses, con el galón de gasolina por las nubes, porque lo prioritario es que Teherán “no se haga con la bomba atómica”. Este miércoles, días después de que trascendiera una llamada telefónica llena de palabras malsonantes con el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, a cuenta de su ofensiva en Líbano, el republicano ofreció otra comparecencia surrealista ante los periodistas que cubren la Casa Blanca. Atacó de nuevo a una de ellas −Kaitlan Collins (CNN), por “no sonreír nunca”−, sacó un diagrama que comparaba la longitud del estanque del monumento a Lincoln, en plena remodelación, con la altura de célebres rascacielos, y defendió el alto el fuego en Oriente Próximo pese a los ataques cruzados entre Irán y Estados Unidos de las últimas horas, y al bombardeo sobre el aeropuerto Kuwait, aliado de Washington en la zona. “No en todas partes del mundo un alto el fuego significa lo mismo”, dijo Trump, antes de añadir que en esa puede valer con que las partes “disparen de un modo más moderado”. También afirmó que “quién sabe”, pero que las negociaciones podrían dar sus frutos “durante el fin de semana”. La prensa ha perdido la cuenta de las veces en las que el presidente de Estados Unidos ha dado por hecho el final o la inminencia del final de la guerra lanzada por él mismo, junto a Israel, el pasado 28 de febrero.
La guerra de Irán y el fondo milmillonario para sus aliados minan el ascendente de Trump sobre los republicanos en el Congreso
El atasco en las conversaciones en Oriente Próximo agota la paciencia del Capitolio y provoca la revuelta de quienes no buscan la reelección en noviembre y por eso no temen la ira del presidente













