Carmen Machi es la mejor borracha emocional de su generación. Es justo que le hayan concedido el Premio Nacional de Cinematografía. Pocas actrices han sabido emborracharse mejor con las emociones. A lo largo de su carrera ha hecho suyo el exceso y el descontrol emocional desde el control más absoluto, aunque me consta que la actriz no se acerca al alcohol ni en pintura. El Ministerio de Cultura dice, para justificar el galardón, que Carmen Machi, a partir de ahora Carmen, ha sido elegida “por ser una de las actrices de comedia más importantes de la historia del cine español”, y tienen razón. Pero en el fondo la premian, la premiamos todos, porque Carmen ha sabido convertir la desinhibición en verdad, hacer que el exceso parezca natural y que el caos emocional encuentre una rara coherencia interna.Carmen Machi, durante los Ondas 2025. Ana JiménezTan solo hay que recordar su personaje de Merche en Ocho apellidos vascos. En aquella comedia de éxito tan rotundo como inesperado de Emilio Martínez-Lázaro —quizá su primer gran triunfo popular en el cine— Carmen parecía perder el control sin perderlo nunca del todo, como hace siempre. Porque es una extraordinaria controladora del ritmo dramático. Tiene la capacidad de desbordarse verbalmente sin romper jamás la lógica interna del personaje. Por eso resulta tan poderosa, reconocible y única. Ya sea como trágica o como cómica. Almodóvar supo ver todo eso en La concejala antropófaga (2009), el cortometraje que escribió expresamente para Carmen a partir del personaje de Chon, al que ya había dado vida en Los abrazos rotos. Fascinado por su talento para convertir el exceso en humanidad, le regaló un monólogo de humor negrísimo en el que la actriz despliega toda su artillería interpretativa.Machi no solo domina el exceso. También es dueña de sus silencios, de las pausas y las miradas. Su ausencia de vanidad y su capacidad para transitar de la comedia al drama la han convertido en la gran tragicómica de su generación porque muy pronto, cuando arrancaba como meritoria en el teatro, comprendió que la comedia no es más que drama al que se le ha dado tiempo para asentarse. Y pocas actrices manejan ese tiempo mejor que ella.Descubrí su grandeza como actriz, como actriz total, en el Teatre Goya de Barcelona, sí, fue allí, en Juicio a una zorra, el monólogo escrito y dirigido por Miguel del Arco donde Carmen Machi interpreta a una Helena de Troya envejecida que, siglos después de la Ilíada, tomaba por fin la palabra para defenderse de las maledicencias de Homero. Con mucho alcohol de por medio, aquella Helena beoda deshacía la leyenda y la devolvía a una dimensión humana, irónica y amarga. Derrotada, pero no vencida, como tantos otros personajes de Carmen. Ella sola sobre el escenario, sin más apoyo que su voz y su presencia, llenaba el teatro entero.Y es que en sus personajes, ya sea en cine, teatro o televisión, siempre parecen estar al borde del derrumbe y de perder el control. Y, sin embargo, nadie controla mejor el descontrol que ella, que Carmen. El Ministerio le ha concedido el Premio Nacional de Cinematografía y está bien que así sea. Uno lleva años premiándola por lo mismo: por ser la mejor borracha emocional de su generación.