Hace un par de semanas, una pequeña polémica sacudió el festival de Cannes. La proyección de la película revelación del año, la española “La bola negra”, había recibido una ovación continuada que se prolongó a lo largo de 20 minutos. La película es estupenda, decían los entendidos, pero aquello era un poco exagerado. En el festival hay inflación de aplausos: las distribuidoras conspiran con ciertos elementos del público para que, colocados estratégicamente, espoleen al resto del auditorio a performar esos arranques de entusiasmo desaforado.
Que se sepa, este pequeño truco de marketing no ha llegado aún a la medicina. Así que cuando el pasado domingo diez mil oncólogos, reunidos en ASCO, el congreso sobre el cáncer más importante del mundo, se pusieron en pie entre aplausos, vítores y exclamaciones, hay que creer que algo importante estaba ocurriendo. Celebraban los resultados de un nuevo fármaco que ha demostrado duplicar la supervivencia de los pacientes con cáncer de páncreas metastásico, el tumor más difícil: la última frontera de esta enfermedad.






