Cualquiera que vea la película Inteligencia Artificial (2001) de Steven Spielberg, desearía que una máquina se parezca tanto a un niño como el protagonista, David –Haley Joel Osment–, un robot en busca de una madre en su idealizada Hada Azul, pero la realidad no ha podido superar todavía a la ficción. No vivimos todavía entre máquinas conscientes. ¿O sí? El debate público vuelve periódicamente y va mucho más de la esfera tecnológica para entrar en la filosófica. Ni siquiera tenemos una definición clara de lo que significa la consciencia. El Diccionario de la Real Academia Española aporta 4 acepciones de consciencia y 6 de conciencia con muchas más derivadas.
Uno de los mensajes más claros de los últimos tiempos está en la encíclica Magnifica Humanitas publicada hace unas semanas por el papa León XIV, que asegura que “las inteligencias artificiales no experimentan vivencias, no poseen un cuerpo, no sienten alegría ni dolor, no maduran a través de las relaciones, y no saben desde dentro qué significan el amor, el trabajo, la amistad o la responsabilidad”. El Pontífice asegura que “tampoco tienen una conciencia moral, ya que no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones, ni asumen la responsabilidad por las consecuencias”.














