Akhujumta Vasanthan tenía nueve años cuando comenzó la guerra civil de Sri Lanka, en la que perdieron la vida cerca de 100.000 personas, entre ellos, su hermano y su padre. Hoy, tiene 41 y supervisa la retirada de las minas antipersona enterradas por los dos bandos del conflicto: el ejército de Sri Lanka y los Tigres de Liberación de Tamil Eelam (LTTE, por sus siglas en inglés), un grupo separatista. “Quiero que nuestra tierra esté libre de ellas, por el bien de nuestro pueblo. La gente necesita que sea segura para cultivar, pescar, vivir y también para el turismo”, afirma. Aunque el Gobierno ha establecido la meta de liberar el país de minas para 2028, el proceso está “retrasado respecto al objetivo”, según el más reciente informe del Landmine and Cluster Munition Monitor.Se calcula que en 2009, cuando terminó la guerra, quedaban alrededor de 1,6 millones de minas terrestres sin señalizar ni registrar, lo que produjo un desplazamiento interno masivo en la Provincia del Norte y otras zonas, según The HALO Trust, una ONG que trabaja en desminado. Hasta la fecha, aún quedan 23 kilómetros cuadrados contaminados. En la última década, cerca de 40 personas han muerto tras pisar estos dispositivos. Vasanthan se unió al proyecto de desminado de The HALO Trust en 2014. “Desde niña sabía lo dañinas que eran las minas y había oído hablar de personas que morían o perdían extremidades”, dice. Su empleo también es una fuente de ingresos en un país que quedó devastado por el conflicto y donde la tasa de pobreza es del 24,5%. La ONG emplea a cerca de 1.200 locales ―tanto en desminado como en otras áreas― y el 38% son mujeres. Vasanthan, por ejemplo, ha participado en el despeje de varias regiones del norte y gana 65.000 rupias de Sri Lanka (unos 170 euros) al mes, con las que cubre los gastos del hogar y la educación de sus hijos. Aunque este trabajo le permite salir adelante y contribuye a que miles de civiles recuperen sus tierras, sigue siendo una actividad de alto riesgo. Pero ella no tiene miedo. “Una vez que recibes la formación adecuada, ya no es tan peligroso. Las que nos dedicamos a esto, nos emocionamos cada vez que eliminamos alguna”, afirma. The HALO Trust, usa diferentes tecnologías para garantizar que los trabajadores estén protegidos, como los detectores de metales MineLab y HTSTAMID, y diferentes tipos de excavadoras. “Estoy muy contenta porque estamos preparando nuestra tierra para usarla y trabajarla de nuevo”, agrega Vasanthan. Esta organización ha removido más de 300.000 minas desde que inició labores.En 2002, siete años antes del fin de la guerra, varias ONG comenzaron a limpiar amplias zonas para proteger a la población de la región y restaurar su sustento. Entre quienes lograron regresar figura Radha Krishna Gowri, que huyó en los años ochenta ante el riesgo de vivir en un territorio minado.En 2011, regresó a Puthukudiyiruppu East, una aldea del distrito de Mullaithivu, al norte de Sri Lanka. Con el tiempo, recuperó sus tierras y comenzó a cultivar arroz. “Tras el desminado, los suelos han vuelto a estar disponibles para la agricultura, lo que nos ha ayudado a ganarnos la vida”, afirma. Puthukudiyiruppu East es una de las pocas zonas del país declaradas recientemente libres de minas terrestres.No fue un proceso sencillo. “Hace ocho años, el marido de mi hija trabajaba en la granja, a unos 10 minutos andando de nuestra casa. De repente hubo una explosión y perdió la mano”, recuerda Gowri. “Ahora dirige un taller eléctrico donde vende productos para la reparación de automóviles, porque ya no puede cultivar. La agricultura es nuestra principal fuente de sustento en esta región”. El trauma generacionalEl trauma de la guerra es algo de lo que muchas personas de la comunidad tamil de Sri Lanka aún intentan recuperarse. En Mullivaikkal, donde se libró la ofensiva final entre el ejército y el LTTE, fallecieron al menos 40.000 personas, de acuerdo con la ONU. El 18 de mayo de 2009 se anunció la muerte de Velupillai Prabhakaran, líder del LTTE, lo que marcó el fin del conflicto. Cada 18 de mayo, miles de personas de la comunidad tamil viajan al lugar conmemorativo en Mullivaikal para honrar a sus seres queridos fallecidos y desaparecidos. Gowri es una de las asistentes. “El LTTE se llevó a mi esposo para que les ayudara a construir un búnker. Pero el ejército de Sri Lanka los atacó con una bomba y él también murió”, recuerda.“Estábamos en tiendas de campaña en Mullivaikal cuando supe que había muerto. Al mismo tiempo, las bombas estallaban a nuestro alrededor. Estábamos atrapados en medio de una guerra entre dos ejércitos: no podíamos dormir, y ninguno de nosotros tenía tiempo para llorar”, recuerda, desde una silla fuera de su casa, sin derramar una lágrima. “El trauma y el dolor no han desaparecido, pero honrar a nuestros seres queridos juntos en este día nos da cierto consuelo”, añade.Kavita Vishwanathan, de 46 años, creció durante la guerra civil y hoy trabaja como supervisora de desminado en The HALO Trust. Cree que retirar las minas terrestres también ayuda a personas de todo el país a olvidar los horrores del conflicto.“La mayoría hemos vivido la guerra y queremos eliminar sus restos”, dice Vishwanathan, que se incorporó a la ONG en 2012. Pero advierte de que muchos jóvenes que no han vivido el conflicto no se interesan por ese trabajo, lo que dificulta avanzar al ritmo deseado. “Otro problema es la falta financiación. Algunos de mis compañeros que trabajan con otras ONG han perdido trabajo por los recortes”, lamenta.Desafíos en la limpieza de minasEn 2017, Sri Lanka ratificó el Tratado de Ottawa, un acuerdo internacional de 1997 que prohíbe las minas antipersona. Como parte del Tratado, Sri Lanka acordó eliminar las minas terrestres en el país para 2028. Pero El cierre de USAID, la agencia de cooperación estadounidense, ha entorpecido el proceso. Estados Unidos ha sido durante años el principal donante entre los 11 países que apoyan el esfuerzo de desminado en Sri Lanka.Matthieu Guillier, responsable principal de programas en The HALO Trust, explica que la organización está trabajando con el Gobierno para desbloquear nuevos fondos. “También estamos considerando donantes privados y opciones que podrían hacer que el proceso sea más rentable”, afirma.“Cuando estás cerca de desminar un país entero, el entusiasmo de los donantes puede disminuir en comparación con regiones donde las minas terrestres suponen una crisis humanitaria urgente. Cuando estás en la última fase, es más difícil demostrarles que se requiere ayuda, ya que normalmente se trata de tierra inhabitada”, incide.Pero aún queda mucho por hacer, agrega. “Con nuestro socio local, la Organización para el Desarrollo Humano, estamos ofreciendo cursos de medios de vida sostenible a las personas afectadas por minas, para que puedan generar ingresos trabajando la tierra. Les proporcionamos conocimientos técnicos sobre cómo cultivar palmira, coco y otras plantas y otros árboles de manera sostenible”, explica.