M+.- Cuando el alguacil abrió la puerta de la sala de audiencias, el ruido de las cadenas se escabulló desde el pasillo; señal inequívoca de que estaba por entrar el detenido. A diferencia de otros casos, la sala de audiencias número 618 del viejo edificio de la Corte en Manhattan no tiene puertas alternas para el ingreso de los detenidos. Por ello, a las 12:24 horas, por la misma puerta por la que ingresamos la decena de periodistas presentes, a un metro de distancia, entró el general en retiro Gerardo Mérida Sánchez, exsecretario de Seguridad de Sinaloa en el gobierno de Rubén Rocha.De no ser por el contexto del caso, sería difícil pensar que vimos a un hombre que alcanzó el máximo rango de las filas castrenses en México. Quien ingresó era un hombre cabizbajo, de no más de 1.65 metros de estatura, mirada perdida, cabello y bigote encanecido. El uniforme verde olivo sustituido de pies a cabeza por la indumentaria color caqui de cualquier preso.Las cadenas de los pies impedían a Mérida un paso acelerado, por lo que su camino a los escritorios de la Corte escoltado por los dos alguaciles pareció más un desfile que otra cosa. Sin prisas, al llegar al asiento, uno de los alguaciles abrió las esposas colocadas en las manos del general, mientras le retiraba la cadena de los brazos y las dos vueltas que la ataban alrededor de su cintura. Fueron cerca de diez segundos de una maniobra donde el único susurro en la sala era el de los eslabones de la cadena chocando unos con otros.