Las tensiones sociales se incrementan porque todos piensan que el suyo es un reclamo auténtico que debe saldarse aquí y ahora
México vive momentos difíciles. El gobierno actúa como partido y se dedica a beneficiar y proteger a los suyos. Muchos empresarios solo ven sus inmediatas ganancias. Los delincuentes—por cuenta propia o en asociación con funcionarios públicos y empresarios— avanzan en el control territorial y material del país. La geopolítica nos impone duras determinaciones. Nuestro principal socio avanza y retrocede en numerosos frentes y nos demanda actuar en consecuencia. Las finanzas públicas no crecen mientras que las privadas decrecen. Las tensiones sociales se incrementan porque todos piensan que el suyo es un reclamo auténtico que debe saldarse aquí y ahora. No son buenos tiempos para la República, la democracia ni la racionalidad jurídica. Sí lo son para el conspiracionismo y el agandalle.
Desde el gobierno —sus adláteres y corifeos colocados en diversas posiciones y portando distintas cachuchas—, se quiere imponer el discurso de la nacionalidad. Se pretende imponer la idea del auténtico, único, así como excluyente sentimiento y entendimiento de la patria de los propios, frente al rapaz, falso y utilitario de los ajenos. Las tendencias vocingleras han aumentado en estos días como resultado de un hecho concreto: la solicitud de detención provisional con fines de extradición de diez connacionales hecha por una fiscalía federal y un gran jurado estadounidenses. No por una invasión a nuestro territorio ni por una afrenta a nuestras autoridades. Tampoco por una solicitud formal de extradición ni por un congelamiento de activos nacionales o de nacionales mexicanos. Sencillamente por pedir que, conforme a un tratado bilateral, se detenga de manera provisional hasta por sesenta días, a diez mexicanos y hasta en tanto se ofrezcan pruebas para, en su caso, solicitar su extradición conforme a ese mismo tratado internacional.














