Pocas visitas de mandatarios extranjeros a Espa�a sin tratarse de un viaje de Estado han estado rodeadas de tanta expectaci�n en los �ltimos a�os como la que traer� el lunes al pr�ncipe Alberto II de M�naco, sin duda porque llegar� acompa�ado de su mujer, la princesa Charl�ne, en la que ser� la primera vez que pisa nuestro pa�s desde su boda con el jefe de los Grimaldi, en 2011. A este hecho ya excepcional se suma que se producir� un todav�a in�dito encuentro de car�cter oficial entre la ex nadadora africana y la Reina Letizia.Todo forma parte de un extenso programa de actos por el 150� aniversario de las relaciones diplom�ticas entre Montecarlo y Madrid. Pero la ocasi�n servir� tambi�n como exhibici�n de sinton�a entre dos dinast�as, los Grimaldi y los Borb�n, que han estado mucho m�s unidas a lo largo de los siglos de lo que suele creerse, quiz� porque en los �ltimos tiempos se ha hablado m�s de tiranteces.Para saber m�sLa ausencia de representantes de la Corona espa�ola al mencionado enlace de Alberto II y Charl�ne hizo m�s visible un periodo tenso que se prolong� varios a�os, consecuencia del monumental enfado que en Espa�a hab�a causado en 2005 una pregunta capciosa del pr�ncipe monegasco, en calidad de miembro del COI, durante el proceso previo a la votaci�n para designar a la ciudad que albergar�a los Juegos Ol�mpicos en 2012, con Madrid como candidata. "�C�mo se plantean el asunto de la seguridad en sus recintos ol�mpicos tras el �ltimo ataque terrorista con bombas que han sufrido en su estadio de Madrid?", le espet� en Singapur el pr�ncipe a la delegaci�n espa�ola, encabezada por una Reina Sof�a a la que entristeci� especialmente aquella pol�mica -se quiso ver en las palabras del monegasco una jugarreta para beneficiar la candidatura de Par�s-, por la magn�fica relaci�n que hab�a tenido siempre con Alberto y m�s a�n con sus padres. Aunque, al parecer, en el boicot de los Borb�n a la boda principesca pes� mucho m�s la presencia como invitada de una rubia dama de la que entonces pocos espa�oles hab�an o�do hablar, y que sin embargo hab�a roto por completo a nuestra Familia Real: Corinna Larsen.Ella, todav�a haciendo uso del t�tulo de princesa, s� estuvo en la boda que reuni� a representantes de numerosas dinast�as de todo el globo. Y a la misma ten�a intenci�n de acudir el entonces todav�a Rey Juan Carlos. Pero una operaci�n de cadera y la quiz� inoportuna visita a Madrid de Hillary Clinton llevaron al monarca espa�ol a disculparse con Alberto II por faltar a su gran d�a. Ni Do�a Sof�a ni los entonces Pr�ncipes de Asturias hicieron amago de querer desplazarse a M�naco, donde iban a compartir mantel con la ambiciosa Corinna.El Rey Juan Carlos y Rainiero de M�naco en una cena en Montecarlo en 1997.GTRESClaro que el tiempo lo lima todo. El propio Don Juan Carlos se plant� en Montecarlo pocas semanas despu�s, con muletas, tras otra intervenci�n, �sta en el tend�n de Aquiles, para hacerse perdonar as� por el jefe de los Grimaldi y de paso visitar una exposici�n de yates -excusa oficial-. Y en a�os siguientes han sido muchas las ocasiones en las que Alberto II se ha encontrado tanto con el ya Rey Felipe VI como con otros miembros de la Familia, como la misma Do�a Sof�a -sin ir m�s lejos en funerales como el del Conde de Par�s o m�s recientemente el de V�ctor Manuel de Saboya- o la Infanta Cristina. Que Corinna desapareciera para siempre tambi�n de M�naco, tras a�os siendo una sombra del soberano y asistente personal de Charl�ne, algo ayudar�a.La sinton�a entre las dos dinast�as se remonta a un largo pasado. Y es que M�naco y Espa�a est�n bien unidos por la Historia desde hace cinco siglos. Bajo el reinado de Carlos I, emperador del Sacro Imperio Germ�nico como Carlos V, el Se�or�o de M�naco se desvincul� de Francia y encontr� protecci�n en la Monarqu�a hisp�nica. En 1612, con Felipe III en el Trono, M�naco pas� a convertirse en un Principado, con Honorato II como el primero de sus soberanos con tal dignidad. �ste lleg� a ser investido por Felipe IV con la Insigne Orden del Tois�n de Oro. Aunque Honorato II acabar�a devolvi�ndola tras traicionar a Espa�a para aliarse de nuevo con Francia, un episodio al que sigui� la conquista de las tropas de los Habsburgo de la codiciada plaza mediterr�nea y el exilio del pr�ncipe monegasco en Par�s, hasta que las aguas se calmaron con la Paz de los Pirineos, firmada en 1656.En tiempos m�s recientes, y ya con los Borbones en Madrid, la relaci�n de los Grimaldi y la dinast�a espa�ola se estrech� mucho en tiempos de Isabel II, la de los tristes destinos. Reinaba en M�naco Carlos III cuando a su sucesor, el futuro Alberto I, le pic� el gusanillo de la mar. Convenci� a su progenitor de que no era un capricho pasajero y el soberano se encomend� a la monarca de Espa�a, quien, a trav�s de una real orden de 1866, concedi� el empleo de alf�rez de nav�o de la Armada Nacional al heredero monegasco, con Grandeza de Espa�a a�adida. El tambi�n duque de Valentinois lleg� a participar en misiones en las colonias del Caribe. Y ascendi� a teniente de nav�o. Con el derrocamiento de Isabel II tras el triunfo de la revoluci�n de 1868, pidi� licencia para dejar el servicio activo.La Reina Victoria Eugenia y Grace Kelly en la fiesta previa a la boda de la infanta Pilar y Luis G�mez Acebo en Estoril en 1967.EUROPA PRESSLos Grimaldi y los Borb�n siguieron mimando sus relaciones. Y el hijo del mencionado Alberto I, ya en el trono de Montecarlo, el futuro Luis II, en calidad de heredero acudi� a la boda en Madrid del rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, el 31 de mayo de 1906, que acab� en ba�o de sangre por el atentado perpetrado por Mateo Morral. El pr�ncipe Luis aprovech� el viaje para recorrer algunas zonas del norte de Espa�a, en especial de Cantabria. A buen seguro que por recomendaci�n de su padre, quien visit� la zona en varias ocasiones, enamorado de sus yacimientos prehist�ricos. Fue Alberto I todo un humanista, considerado como uno de los padres de la moderna oceanograf�a, que cultiv� una estrecha amistad con Alfonso XIII, a quien convenci� para que Espa�a creara en 1914 el Instituto Espa�ol de Oceanograf�a.Aunque si hubo una relaci�n de verdad �ntima entre miembros de las dos dinast�as fue la que se forj� entre la Reina Victoria Eugenia, ya en tiempos del exilio, y la princesa Gracia, Grace Kelly, que dej� su carrer�n como actriz para casarse en 1956 con Rainiero III. El conocido como pr�ncipe constructor le pidi� a la consorte de Alfonso XIII que instruyera a su esposa en las artes cortesanas. La reina espa�ola pas� largos periodos en la encantadora Villa Clos-Saint-Pierre . Y trat� a Grace casi como a una nueva hija. Ellos la honraron convirti�ndola en la madrina de bautizo de su hijo var�n, el futuro Alberto II.Raniero y Grace de M�naco y Frank Sinatra con Juan Carlos y Sof�a en el Sporting Club de Montecarlo en 1962, durante la luna de miel de los Pr�ncipes espa�oles.KEYSTONETambi�n fue destacada la amistad entre el Rey Juan Carlos y Rainiero III. El soberano monegasco y la princesa Grace no se perdieron la boda entre el entonces hijo de los Barcelona y la princesa Sof�a de Grecia en Atenas, en mayo de 1962. Y M�naco fue despu�s una de las paradas que hicieron los reci�n casados en el periplo de seis meses que les llev� a visitar innumerables pa�ses en el globo. Las dos dinast�as se han frecuentado en much�simas ocasiones y desde luego en todos los acontecimientos hist�ricos. En noviembre de 1975, tras la muerte de Franco y la proclamaci�n de Juan Carlos I como Rey, muchas familias reales le hicieron cierto vac�o a la espera de conocer sus intenciones democr�ticas. No as� Rainiero y Grace, dos de los invitados de honor a la fiesta de exaltaci�n del trono que se celebr� el 27 de aquel mes, que incluy� una solemne misa en los Jer�nimos y un banquete en el Palacio Real.La muerte de la princesa de M�naco en un fat�dico accidente de coche, en 1982, conmocion� a todo el mundo. A su funeral de Estado asisti� Don Juan, Conde de Barcelona, en representaci�n de los Reyes, que no pudieron acudir. Pero Do�a Sof�a s� viaj� hasta el Principado la v�spera para dar en persona su p�same al viudo y sus hijos, en otro gesto de la gran cercan�a entre las dos familias. Los Grimaldi tampoco se han perdido eventos felices en Espa�a como las bodas reales. A la de la Infanta Elena, en Sevilla, asisti� el a�n pr�ncipe heredero Alberto. A Barcelona, para la de Do�a Cristina, asistieron Rainiero y su hijo. Y a la de los entonces Pr�ncipes de Asturias, en Madrid, en 2004, acudieron Alberto y su hermana Carolina, junto a su entonces marido, Ernesto de Hannover, quien dio la nota con una de esas cogorzas que pasan a los anales.La muerte de Rainiero III, en abril de 2005, se sinti� con gran dolor en Zarzuela. El Rey Juan Carlos no falt� a su funeral en M�naco, admitiendo que hab�a "perdido a un gran amigo". No se han frecuentado tanto Alberto II y Felipe VI, aunque s� han mantenido distintos encuentros estas dos d�cadas, sobre todo en las visitas del jefe de Estado monegasco a Madrid. Do�a Letizia y Charl�ne no se caracterizan, sin embargo, por disfrutar mezcl�ndose mucho con la realeza. Qui�n sabe si algo cambiar� tras compartir sus primeras confidencias este lunes.
Grimaldi-Borb�n: dos dinast�as muy bien avenidas salvo por las Olimpiadas y la ex princesa Corinna
Pocas visitas de mandatarios extranjeros a Espa�a sin tratarse de un viaje de Estado han estado rodeadas de tanta expectaci�n en los �ltimos a�os como la que traer� el lunes...









