“Por favor firme la petición para la reparación del mercado de Lukianivskyi”, se lee en los carteles que sostienen varias mujeres. A sus espaldas quedan los hierros y techos quemados de lo que hasta en la madrugada del pasado domingo fue uno de los mercados más antiguos de Kyiv, dicen que se remonta a hace 120 años. “Llevo más de cuatro años viviendo con miedo a los misiles, a perderlo todo. Y ya no nos queda nada”, dice Marina, que destaca entre el resto de mujeres por su chaqueta de lana amarilla. Desde hace 25 años tiene, o tenía, un pequeño local de verduras y frutas.Pero los misiles con los que Rusia atacó esta parte de la ciudad - tal vez el sector más golpeado de Kyiv desde el comienzo de la invasión rusa a gran escala-, alcanzaron y prendieron fuego no solo al mercado sino también a las casas de toda la calle, a un centro comercial y los bloques de viviendas de enfrente donde cuelga un gran cartel. La pancarta muestra a una mujer con una espada como símbolo de la libertad que sobresale de entre edificios en llamas y combates: ”#Freedomwar” (guerra de la libertad, en inglés), se lee.En cuatro años de guerraEl bombardeo contra Lukianivskyi se considera ataque más grande a KyivIrónicamente este cartel es de lo poco que quedó intacto del que se considera el ataque más grande a Kyiv, que lleva ya más de cuatro años azotada por los misiles y los drones. Ninguna otra capital europea había sido atacada con tanta intensidad y por tanto tiempo desde la Segunda Guerra Mundial.En las aceras todavía permanecen varios coches calcinados y muchos de los cristales rotos de la estación de metro que lleva el mismo nombre. Las explosiones fueron tan duras que quienes se resguardaban en las profundidades del metro sintieron el crujir de la tierra. Hoy todo está tapado con lamas de madera, como muchas otras ventanas del distrito y del resto de Kyiv. Muchos otros barrios, algunos en el corazón de la ciudad como el histórico Podil, también fueron alcanzados y dejaron decenas de heridos, tres muertos, cientos de viviendas y negocios afectados, las calles llenas de escombros y la población llena de incertidumbre.“Llevo sin dormir desde entonces, me dominan las emociones”, confiesa Marina que vive cerca del mercado y que, desde uno de los corredores de su casa, sentía como caían los misiles en este sector donde también están ubicadas las instalaciones de lo que históricamente fue la fábrica Artem, una las empresas estatales de la industria de defensa más importante del país y cuya fachada también fue dañada.Lee también“Cada vez que sonaban las alarmas durante la noche, pensaba de inmediato que los misiles iban a caer aquí y que iban a destruirlo todo, como pasó”, cuenta Katia, otra de las mujeres del grupo, que reconoce que el miedo es aún mayor cuando las alarmas suenan durante el día. Entonces, todos corren a esconderse en refugios, principalmente en el metro. Son conscientes de que el peligro es permanente en este sector que hoy se levanta como memoria de la destrucción que causa esta guerra.Pero la peor parte ha llegado ahora que han perdido su fuente de ingresos y dudan de que vayan a poder recuperar su local en el futuro. Ambas mujeres reconocen que toman tranquilizantes para reducir la ansiedad, pero también dicen que, de cierta manera, han aprendido a vivir con el temor. “Una de mis compañeras también perdió su casa y su coche. Lo nuestro es poco comparado con ella”, añade Marina para quien su mayor terapia es estar en la calle, junto con sus compañeras, durante el día. Lo duro, insiste, llega por la noche. Y más ahora que desde Rusia amenazan con intensificar los ataques contra Kyiv.Marina y Katia han perdido su fuente de ingresos y dudan que vayan a recuperarla“No me iré de Kyiv, pero sí tengo una maleta lista por si tengo que salir corriendo al refugio”, dice Marina. Hasta ahora lo evita porque es húmedo e incómodo. Katia, por su parte, admite que tiene miedo por lo que pueda pasar en el futuro, “pero tenemos que seguir viviendo”. Tiene un niño de 12 años y tiene que luchar por él, dice.Un barrio en constante bullicioLas puertas del metro se abren constantemente. El flujo de personas no cesa a pesar de que siempre hay posibilidad de un nuevo ataque. En el interior, sentada en un banco de aluminio, está Alina, de 60 años, que administra el único kiosko de revistas. Trabaja en este sector desde hace cinco años, poco antes de que comenzara la invasión a gran escala, y ha sido testigo de cada uno de los ataques contra Lukianivskyi. En una ocasión, el impacto hizo volar las puertas de la estación, en otra, provocó una inundación. En el McDonalds que está en un lateral del edificio, el primero de esta cadena que se abrió en Kyiv, dicen que han hecho reparaciones en seis ocasiones.Pero siguen sirviendo hamburguesas, tal como miles de mujeres y hombres que siguen viniendo hasta aquí cada mañana. Unos a trabajar y otros de compras, aunque apenas quedan almacenes. También han regresado las señoras que venden en las aceras verduras de sus huertas y flores que contrastan con los edificios carbonizados. Lukianivskyi parece un lunar negro en una ciudad donde estos días sale el sol. “No tenemos otra opción que seguir viviendo. Tenemos hijos que educar, un alquiler que pagar”, dice Alina que reconoce que en estas últimas jornadas ha estado muy afectada.No me iré de Kyiv, pero sí tengo una maleta lista por si tengo que salir corriendo al refugioMarinaTenía una tienda en el mercado destruidoConoce a decenas de mujeres que trabajan en el mercado y en el centro comercial, del que solo queda su estructura de cemento, y que ahora se han quedado sin nada, “es una tragedia, pero también sabemos que quienes sufren más son los soldados en el frente”, añade Alina, que vive al otro lado de la ciudad donde también llegan los misiles. Cada vez que en las noches oye explosiones se mete debajo de las mantas y reza, reconoce.André, de 18 años, vive cerca y sí corre a esconderse en el metro por las noches. Combina sus estudios de ingeniería con el trabajo a domicilios a las afueras con el que busca ganarse un poco de dinero. “No me da vergüenza reconocer que tengo miedo a los misiles”, dice y, para calmar la ansiedad, intenta hacer deporte en los parques, que con la llegada de la primavera vuelven a estar llenos. Como también lo están las terrazas de los cafés. Kyiv ha aprendido a no parar a pesar de las heridas físicas pero sobre todo psicológicas que deja la guerra.Lee tambiénAndré también reconoce que estos días le cuesta concentrarse, siente el cansancio. Está ansioso pues si bien se ha puesto como meta disfrutar cada día que está vivo, siempre está pensando en cuándo será el próximo ataque. En invierno, dice, la angustia llegaba a causa del frío y la falta de luz, ahora le preocupa poder perderlo todo. Especialmente a los suyos.De nuevo frente al mercado las mujeres siguen recogiendo firmas. “Me temo que no recuperaremos nuestro trabajo, nadie parece estar interesado en el mercado. Es como vivir en una agonía constante”, concluye Katia frente a un mercado calcinado que es otro símbolo de la crudeza de esta guerra europea.