Han pasado unos cuantos siglos desde que Eolo echó de su isla flotante a Odiseo. Tenía sus motivos, sin duda. Para empezar, y como bien sabemos, que después de agasajarlo durante un mes, regalarle un odre con todos los vientos malos, cerrarlo con un “hilo de plata” para que no escapara “ni el menor soplo” (Homero, Canto X de la Odisea) y poner el Céfiro a su disposición para que lo llevara directo a Itaca, se quedó dormido y permitió que sus hombres abrieran el odre, creyéndolo lleno “de oro y plata”. Desde que a Pandora le dio por abrir una tinaja que no debía —lo de caja es una mala traducción de Erasmo de Róterdam—, los humanos no hemos dejado de abrir cosas y, a veces, con una sorprendente ignorancia política, como el bueno de Odiseo. Ni siquiera se había acordado de que Eolo no era un dios y que, en consecuencia, no podía tener bajo su techo a un individuo que se había ganado la animadversión de sus inmortales jefes con su tremenda irresponsabilidad.

Curiosamente, la figura del guardián de los vientos, que la literatura elevó más tarde a la categoría de divinidad, no generó tantos debates históricos como la simple y pura localización de su domicilio. Hay quien dice que estaba en la siciliana isla de Pantelaria, y hay quien dice que se encontraba en las sicilianas Islas Eolias, que estos días han vuelto a la prensa por un suceso tirando a extravagante. Por lo visto, Mick Jagger, Dakota Johnson, Isabella Rossellini y otros artistas se habían reunido en la biblioteca de Stromboli para celebrar el final del rodaje de una película cuando los carabinieri se presentaron y les pidieron que quitaran la música en aplicación de una norma de la vecina isla de Lípari. Pero, a partir de ahí, lo que contaba la mayoría de los medios era tan absurdo que me sentí en la necesidad de investigarlo: algunos afirmaban que no se podía escuchar música los miércoles, quizá en posaplicación del “ni te cases ni te embarques” de los martes; otros, que el alcalde de Lípari es un sujeto de ideas peregrinas y, por supuesto, también estaban quienes lo llevaron por unos pijos con pasta montando follón, situación desgraciadamente habitual que, en este caso, no obstante, resultó ser falsa.