La situación boliviana concentra muchas contradicciones de las izquierdas latinoamericanas. Allí se cruzan las maniobras del imperio por recuperar su patio trasero de modo más agresivo que la doctrina Monroe original; las debilidades de una izquierda que, sin solidez ideológica ni internacionalista, se deja llevar por el personalismo y las ambiciones personales a costa de las mejoras de vida de las mayorías populares; la capacidad de la derecha para capitalizar errores ajenos y sus ansias de revancha frente a "los nadie" que soñaron ser alguien. En el conflicto boliviano percibimos una crisis de representación, conducción política y confianza histórica entre el pueblo movilizado y sus dirigentes.PublicidadDurante años, amplios sectores del pueblo boliviano encontraron en el proceso del MAS-IPSP una vía de dignificación, recuperación de soberanía y reconocimiento de los sujetos marginados. Indígenas, campesinado, trabajadores y capas populares urbanas vieron sus derechos adquirir presencia real en la vida pública. Esa experiencia dejó una huella profunda y permitió que una parte decisiva del país sintiera que la política podía servir a las mayorías. Pero los procesos populares enfrentan una prueba decisiva: la capacidad de sostener la unidad, corregir errores y someter liderazgos a mecanismos colectivos. Cuando eso falla, el proceso entra en una deriva peligrosa.En Bolivia, esa deriva se alimentó de la progresiva consolidación del personalismo. Allí donde debía afirmarse la construcción colectiva, la deliberación orgánica y la disciplina democrática, se impusieron lógicas de protagonismo individual, disputas por el control del aparato y ambiciones cesaristas. El personalismo fragmenta porque desplaza el centro de gravedad de la política del proyecto al sujeto, del interés común a la afirmación propia. Cuando esa lógica se extiende, la política deja de ser herramienta de transformación y se convierte en competencia interna.Tras el golpe contra Evo Morales y la recuperación democrática once meses después con Luis Arce, llegaron las divisiones dentro del MAS-IPSP. Las fracturas entre corrientes, la incapacidad de resolver desacuerdos por vías democráticas y la ausencia de cultura de síntesis debilitaron al bloque popular. Lo que era fuerza acumulada pasó a ser conflicto permanente; la identificación colectiva se transformó en desencanto. Ese desencanto tuvo consecuencias políticas inmediatas: parte de los diputados y senadores del MAS-IPSP se alió con la derecha para impedir que el presidente Arce aprobara en la cámara las medidas para el desarrollo y contra la crisis económica y social. Esta situación abrió un espacio que la derecha supo ocupar con rapidez.La victoria de Rodrigo Paz, presentado en segunda vuelta como la opción menos extremista del campo conservador, expresa esa dinámica. Muchos sectores que no habrían respaldado un proyecto neoliberal frontal lo hicieron bajo la apariencia de una salida moderada y pragmática. Esa legitimidad inicial quedó pronto erosionada por políticas económicas que afectan duramente a las mayorías. En seguida fue detenido y encarcelado el ex presidente Arce. Los ajustes, la presión sobre las condiciones de vida, la pérdida de derechos sociales y laborales, la transferencia del coste de la crisis a los sectores más débiles y una lógica de gobierno favorable a los intereses dominantes están produciendo una respuesta social enorme.PublicidadEsa respuesta proviene de quienes más han sufrido: indígenas, campesinado, trabajadores precarizados y sectores populares que ven deteriorarse sus condiciones materiales a niveles previos a la llegada de Evo Morales. Vuelven a ser "los nadie". Las enormes movilizaciones que recorren y paralizan Bolivia expresan una rebelión contra el liberalismo, contra el sacrificio impuesto desde arriba y contra un modelo que castiga a quienes menos tienen. Hay rabia legítima, sensación de engaño y voluntad de recuperar lo arrebatado.Esas movilizaciones merecen todo nuestro apoyo. Quienes se movilizan defienden su dignidad, sus condiciones de vida y sus derechos. Ese impulso popular debe ser reconocido como expresión viva de resistencia. El problema aparece cuando esa fuerza social, tan justa en su contenido, carece de una dirección colectiva capaz de traducir la indignación en estrategia política. Hay pueblo en la calle, hay malestar profundo, pero falta articulación orgánica, coordinación estable y una instancia política que ordene el conflicto desde una perspectiva popular y estratégica.La ausencia de mecanismos colectivos de toma de decisiones deja a las movilizaciones en situación vulnerable. Sin organización, cada sector actúa según su impulso; la energía social se dispersa; la protesta se expone a la improvisación, el agotamiento y la manipulación. En ese vacío entran discursos reaccionarios que presentan la desorganización popular como prueba de ingobernabilidad y ofrecen represión o criminalización. La historia latinoamericana ofrece muchos ejemplos: movilización legítima, fragmentación interna, pérdida de iniciativa y avance de las derechas con apoyo externo.PublicidadAquí entra un elemento decisivo: la intervención de Estados Unidos. Cuando el secretario de Estado Marco Rubio deja claro que Washington no tolerará una caída del gobierno boliviano, está afirmando que la soberanía popular tiene límites fijados desde fuera, que la estabilidad de un gobierno afín a intereses estadounidenses pesa más que las demandas ciudadanas, y que cualquier tentativa de cambio deberá enfrentarse no solo al poder interno sino al respaldo de la potencia imperial. Esa injerencia convierte el escenario boliviano en un tablero altamente inflamable.El resultado es una situación de altísimo riesgo: un gobierno neoliberal presionado por la conflictividad social; masas populares movilizadas sin dirección suficiente; una izquierda fracturada por sus propios errores, merecidamente irrelevante; y una potencia colonial dispuesta a intervenir para preservar el orden que le conviene, en aplicación de la rebautizada doctrina Donroe. Bajo estas condiciones, cada chispa puede desencadenar una escalada mayor. La represión puede se intensifica, la movilización se polariza y el poder real cierra cualquier vía a una salida democrática y popular.Desde una perspectiva política y pedagógica, la lección es nítida. Las izquierdas no pierden solo cuando la derecha es más fuerte. Pierden cuando dejan de ser colectivas, cuando se convierten en suma de egos, cuando el yoísmo sustituye al proyecto común y las divergencias dejan de procesarse con madurez política. La división interna de la izquierda es una grieta por donde entra la reacción de la derecha. El personalismo es una forma de desarme estratégico e ideológico. El abandono de la construcción orgánica deja a los pueblos sin herramientas para defender sus conquistas.Por eso, procede expresar con toda claridad nuestro apoyo a los sectores populares bolivianos que luchan por sus derechos. Desearles fuerza y capacidad de resistencia. Reconocemos la legitimidad de su rabia y la justicia de sus demandas. Y planteamos una convicción incuestionable: la movilización necesita organización, y la organización necesita mecanismos colectivos, democráticos y estables de decisión. Solo así la energía popular puede convertirse en dirección política; solo así la indignación puede transformarse en poder social; solo así la lucha puede ganar eficacia sin perder su carácter emancipador.A todas las izquierdas, dentro y fuera de Bolivia, nos toca aprender de esta experiencia. La división, el personalismo y el culto al yo constituyen hoy una de las armas más eficaces de las derechas. Allí donde el campo popular se fragmenta, la reacción avanza. Allí donde se debilita la inteligencia colectiva, el enemigo se fortalece. Allí donde el liderazgo se separa del pueblo y la organización se vacía de democracia interna, la derrota deja de ser un riesgo y pasa a ser una posibilidad concreta.Bolivia enseña, con dureza, que ningún proceso popular sobrevive si abandona la disciplina colectiva, la unidad consciente y la humildad política. Y enseña también que el apoyo al pueblo movilizado exige acompañamiento crítico, solidaridad activa y compromiso con la reconstrucción de una izquierda capaz de estar a la altura de su tiempo.¡¡¡Jallalla Bolivia!!!
Bolivia, la rebelión de los nadie: la fuerza de un pueblo que se niega a volver atrás
Procede expresar nuestro apoyo a los sectores populares bolivianos que luchan por sus derechos. Desearles fuerza y capacidad de resistencia











