La lluvia con la que expiró mi madre cumple hoy un año. Se volvió de lágrimas, llanto callado que llaman gratitud. No creo abuso de confianza aprovechar estas líneas para publicar que May volvió al bosque de su memoria intacta, coronación del triunfo sobre la amnesia que la corneó hace 60 años y cuya lenta recuperación se volvió la infancia que compartí con mi hermana en ese mismo bosque que se llamó olvido. Razón suficiente para contarte madre que la hija que cayó en coma días antes de tu partida despertó meses después de su absurdo accidente automovilístico para dolor tu ausencia y descubrir como sorpresa que le nació un nieto durante los meses en que levitó en silencio. Te informo que tu hija es un milagro: resucitó con la misma sonrisa de niña, clonándose con su nieta (que te echa de menos a pesar de su mínima memoria de dos años de edad) y tu bisnieto es un sonriente y silente sereno que parece ahora descubrir sus pies para andar toda la vida.El latido de la ausencia es un hálito que escribió José Lezama Lima y musicalizó Julián Orbón, pero me atrevo a aumentarle la inverificable cantidad de madrugadas en que se escucha el tanque de oxígeno de tus últimos tiempos, las aisladas carcajadas de mi padre (con quien supongo recorres los estrechos senderos del bosque en Virginia que repasábamos todas las mañanas caminando con mi hermana a la escuelita sin eñe). A la semana de tu muerte le dio por venir a despertarme una negra ardilla que rasgaba una ventana que mandé tirar meses después. Muchos lectores me aseguraron que eras tu misma tocando el cristal a la misma hora exacta en la que se había accidentado tu hija y que habías ardillado esa manera para avisar que a partir de eses día —aun en el fondo del coma— mi hermana empezaría a mover un dedo índice y sus labios como beso.Al año de empezar tu última escala tu hija es un milagro que ha vuelto a andar, sus piernas ya no rotas, su mano izquierda como para templar un natural, su ojo derecho abierto y viendo visiones… y su cerebro en una minuciosa y paulatina maravilla que acelera sus minutos y los años en que pienso seguir acompañándola con viejas fotografías y toda la música del mundo, tal como hacíamos de niños para ayudarte con tu propia amnesia. Que me perdonen quienes interpreten estas líneas como confesión innecesaria, pero lo escribo para que le cuentes a mi padre, a tus padres y todos nuestros muertos que desde que avisabas por la ventana de cada amanecer, mi hermana ha vuelto casi intacta a gozar de sus hijos ejemplares, del amor infinito de quienes estuvieron allí para acompañarla en ese coma como amnesia ahora que se disipa lenta pero seguramente en constante primavera.Con el accidente irracional de mi hermana —y más aún con tu muerte a la semana de ese vacío— Madrid volvió a distanciarse a poco más de 9.000 kilómetros. Mis hijos han tenido que triunfar allá lejos sabiendo que me quedan más cerca que nunca y la casa que viviste viuda y antes con mi padre se ha convertido ahora en paredes de libros y más libros porque he sacado de más de cien cajas la casa entera que dejé enbodegada cuando creí largarme para siempre a Madrid hace más de una década. En cada librero hay alineados antídotos contra la ausencia, pero su latido se vislumbra en la cara de tu hermana que te sobrevive (que se te parece ahora más que antes), en el silencio sinfónico donde escucho fantasmas y en la calandria que ha sustituido a la negra ardilla con un canto que empieza aun antes de cada amanecer.Quiero que conste que hoy me consta que la ausencia late para verificar que la gratitud es un don infinito, que en los vacíos se manifiestan los verdaderos amigos y se alejan quizá para siempre las personas que ofenden o dañan, a contrapelo de la música callada en cuerdas de jaranas, bálsamo y alivio contra toda forma del silencio. Quiero que conste que con viejas fotografías descoloridas y música de partituras olvidadas mi hermana me ayuda a reconocerte en mil recuerdos, el olor de tu perfume, un vestido amarillo de seda italiana y la noche en que espiábamos en pijamitas de invierno la imborrable escena donde bailas con mi papá con chimenea de fondo, mientras afuera nevaba intensamente en el bosque que fue de amnesia para volverse memoria flotante, niebla como algodón del que ahora también se alivia tu hija.Quiero que sepas que intento escribir a diario, que leo más que antes y que publiqué dos libros desde tu partida: una versión abreviada del intento por doctorarme como historiador en un Madrid de hace tantos años, en esa aventura que no se explica sin mis padres y sin mis Maestros con mayúscula. Para Don Luis reuní una tertulia de devotos que celebran el primer centenario de su eternidad y estoy por concluir una biografía de ese Maestro entrañable que supongo ronda con su Armida escenarios donde coinciden con los paisajes que ahora habitas con mi padre, pinturas tenues de Joy con el otro Jorge, amigo de travesuras de mi padre Jorge desde que eran infancia cuevanense. Imagino todas y tanas almas que parecen hablar en fotografías y en el corazón de las madrugadas como respiración para otros cuentos, otra necia novela o plena sincronización para este juego de sístole-diástole… latido de la ausencia.