Albert Einstein tenía razón. No solo en cuanto a su teoría de la relatividad, que revolucionó la física moderna, le valió el premio Nobel y trajo como consecuencia una nueva manera de observar y comprender el mundo, sino también en una de sus más decisivas comprobaciones. “Dos cosas son infinitas, dijo, la estupidez humana y el universo; y no estoy seguro de lo segundo”. Nacido en Ulm, Alemania, Einstein murió en Princeton, Estados Unidos, el 18 de abril de 1955, a los 76 años. Si viviera hoy, vería que su afirmación era mucho más que una frase ingeniosa, como algunos la toman. A la teoría del Big Bang (sostenida entre otros científicos por Stephen Hawking), según la cual el universo se origina en una gran explosión, le sucede con particular énfasis desde el comienzo del siglo XXI la hipótesis del Big Crunch (Gran Contracción). De acuerdo con esta hipótesis, el universo está en un proceso de encogimiento y, en 67 millones de años, se comprimirá hasta desaparecer. Mientras eso ocurre, y no nos tocará padecerlo (al menos no en esta vida), la estupidez no deja de expandirse hasta haberse convertido hoy en una suerte de pandemia al parecer irreversible. Este fenómeno es causa de mucho padecimiento individual y colectivo. Así, pues, Einstein tenía razón. No hay certeza (antes bien todo lo contrario) sobre la infinitud del universo, pero día a día se confirma la de la estupidez. Albert EinsteinGetty ImagesAl extenderse y diseminarse la estupidez contamina todos los ámbitos de la experiencia humana. Está presente en las conversaciones, en los comportamientos en la vida cotidiana, en los discursos políticos y en las decisiones de funcionarios y gobernantes, en los contenidos y en el lenguaje de los medios tanto escritos como audiovisuales, en las redes sociales, en las conductas de figuras populares del espectáculo, el deporte, la moda y la cultura. Hay estúpidos que, desde el poder, insultan a sus adversarios o a quienes no piensan como ellos, hay estúpidos que exhiben sus vidas privadas con absoluta falta de pudor, hay estúpidos que infringen todas las leyes de tránsito, hay estúpidos que, en sitios y transportes públicos, mortifican a todo su entorno hablando a los gritos y poniendo a todo volumen sus celulares, hay estúpidos que atormentan a sus vecinos a toda hora (especialmente en las de descanso) atronando el aire con su música generalmente espantosa, hay estúpidos exhibicionistas que necesitan hacerse ver de cualquier manera aunque nadie tenga ganas ni motivos para fijarse en ellos, hay estúpidos que ensucian paredes con grafitis de pésimo gusto y trazado arruinando lo que a otras personas les costó tiempo y dinero, hay estúpidos que no levantan la caca de sus perros del mismo modo en que posiblemente tampoco vacían los inodoros de sus casas, hay estúpidos que maltratan a los animales, hay estúpidos que, pese a todas las advertencias, no apagan los celulares en cines y teatros y, en este último caso faltan el respeto a los actores y al resto del público, hay estúpidos que, a su paso, arrojan papeles, envoltorios, latas, botellas y todo tipo de basura en las veredas como si la ciudad no fuera la casa de todos quienes vivimos en ella. Hay estúpidos que cada verano suben su estupidez a cuatriciclos en la arena, llevan a sus hijos pequeños sin protección y los exponen a la muerte o a lesiones perennes, hay estúpidos, en esas mismas arenas, que hacen estúpidas piruetas con sus 4x4 sembrando riesgos y mortificando a quienes quieren descansar, hay estúpidos que conducen sus autos mirando el celular y no el camino y así matan o se matan, hay estúpidos que desatan guerras en las que ellos no combaten pero mandan a morir y a matar a hijos ajenos, hay estúpidos que invaden países violando fronteras y el derecho internacional, hay estúpidos que repiten falsedades convencidos de que son ciertas sin haberse tomado el más mínimo trabajo de constatar su veracidad, e incluso haciéndolas pasar como pensamiento propio, hay estúpidos que critican presuntas estupideces de otros sin registrar las propias. Las manifestaciones de la estupidez pueden resultar innumerables y la tarea de ordenarlas por categorías podría no terminar nunca, porque sus expresiones se reproducen como maleza salvaje. Ante la derrota de lo humano Lo cierto es que, al brotar en todos los planos de la vida, la estupidez se naturaliza, se convierte en parte del paisaje cotidiano, del aire que respiramos, lo cual lleva a dos desembocaduras igualmente peligrosas. Una es que el estúpido deje de parecer estúpido para pasar a ser considerado como alguien normal. Otra es que, una vez percibida, la dimensión de la estupidez parezca tan inabarcable que conduzca a la resignación, a la creencia de que es imposible luchar contra ella. En ambos casos habría triunfado. Y el triunfo de la estupidez habrá sido la derrota de lo más preciado de lo humano (la capacidad de pensar críticamente, la voluntad de sentido existencial, la posibilidad de honrar y mejorar la vida propia y la colectiva). Suficiente motivo para no darnos por vencidos por muy ardua que sea la tarea, para denunciarla en cada una de sus apariciones y para echar toda la luz posible en donde la estupidez ensombrezca la vida de todos. Es posible que en este punto de la lectura haya quien piense que la enumeración de tipos de estúpidos, así como la descripción del fenómeno, son caprichosas e indemostrables, que pertenecen al plano de la doxa y no de la episteme. Doxa es opinión, mirada puramente subjetiva, sostenida en la información que proveen los sentidos. Episteme, a su vez, es conocimiento racional, objetivo, demostrable con pruebas, y suele denominarse conocimiento científico. Sabemos, sin embargo, que las verdades científicas son generalmente transitorias y que, como explicaba el filósofo austriaco Karl Popper (1902-1994), para ser consideradas como tales deben ser falsables, es decir sujetas a ser cuestionadas o desmentidas por nuevas comprobaciones. Sabemos también que lo subjetivo no es necesariamente falso, sino que se trata de un punto de vista personal e intransferible sobre un determinado fenómeno. No se puede meter a la estupidez y a los estúpidos en un tubo de ensayo dentro de un laboratorio para determinar su condición, pero es posible registrar su presencia en el mundo a través de los sentidos y, además, ser víctima de sus acciones. Más allá de posibles discusiones sobre doxa y episteme, hay pensadores que avanzaron en la formulación de leyes de la estupidez, cuyo cumplimiento es inexorable y fácilmente verificable. Nos ocuparemos de ellas en estas páginas. Es cierto, también, que no se debe reducir el fenómeno de la estupidez a la simple enunciación de esa palabra. Se hace necesario explicarlo, sostener la denuncia con argumentos que excedan el arrebato emocional o la indignación. La estupidez (y sus portadores, los estúpidos, imbéciles e idiotas de cada día) no puede ser combatida ni denunciada con precisión si no se exploran sus mecanismos y sus manifestaciones. Para luchar contra algo hay que conocerlo. Es lógico y lícito preguntarse, y preguntar, por qué habría que ocuparse de la estupidez, por qué dedicarle atención, tiempo y espacio. La razón es muy simple: porque es dañina, y porque la estupidez y los estúpidos nos cuestan atención, tiempo y espacio precisamente. Una persona cuya manifiesta estupidez se exterioriza en su esfera privada, sin perjudicar a nadie más que a ella misma o a un círculo íntimo, puede provocar indignación, trifulcas y deterioro en las relaciones sin afectar a la comunidad. Incluso podría ser acotada por ese mismo círculo cercano. Hasta ahí todo estúpido tiene derecho a serlo. Así como el límite de la libertad de todo individuo se encuentra en el punto en que el uso que haga de ella perjudica a otros o choca con el ejercicio que estos hacen de su propia libertad, el límite de la estupidez de una persona tiene que ser fijado en el momento y lugar donde sus estúpidas acciones dañan a otros.Nada de qué reír Está dicho hasta el cansancio que somos seres sociales, que el otro nos limita, pero que también con su mirada y su presencia certifica nuestra existencia. Somos partes de un todo, y en ese vasto sistema relacional las partes influyen en la totalidad y ésta repercute en aquellas. Cuando los estúpidos se multiplican, cuando se convierten en masa crítica dentro de una sociedad, cuando actúan en esferas en las que sus conductas, palabras y actitudes pueden herir, dañar y damnificar a terceros y a grupos a los cuales ellos mismos no pertenecen (sean familias, equipos de trabajo, vecinos, ciudadanos, sectores sociales o incluso países enteros), la estupidez deja de ser motivo de risa o de indignación y se convierte en un problema social. Desmejora la vida colectiva, contamina el aire que respiramos, lastima vínculos, puede destruir futuros, dañar proyectos, mutilar esperanzas. Cuando se multiplica y se expande cuánticamente hasta convertirse en una suerte de pandemia, la estupidez no es graciosa ni, mucho menos, se trata de un mal menor. Se convierte en una patología social grave. Y su abordaje no es fácil. Ningún estúpido se considera a sí mismo como tal y cualquier señalamiento en esa dirección le resultará indiferente. Jamás admitirá que se habla de él (o ella). Incluso sería capaz de indicar que el estúpido es el otro. En ese sentido la estupidez es impenetrable y suele ser irreversible, porque nada puede transformarse si primero no es admitido. El actor, director, autor y comediante inglés Ricky Gervais, cuya mirada sobre el mundo es implacable y su lengua funciona como un bisturí, es terminante en esta cuestión: “Cuando estás muerto no sabes que estás muerto. Sólo es doloroso para los demás. Lo mismo se aplica cuando eres estúpido”. El problema del mundo es que las personas inteligentes están llenas de dudas, mientras que las personas estúpidas están llenas de confianza”— Charles Bukowski (1920-1994)Es que si quedara en una hermética cápsula personal la estupidez no sería peligrosa. Un estúpido a solas en una isla desierta no significa riesgo para nadie. El problema son los estúpidos sueltos y activos en el mundo. Por otra parte, es necesaria una advertencia. No se debe confundir estupidez con error. Aunque en ambos casos se pueden producir efectos perjudiciales para otras personas, el error a menudo suele ser reconocido e incluye la cualidad de la enmienda, de la redención. Ningún ser humano razonante está libre de cometer errores por diferentes motivos, que van desde un fallo en el cálculo, una confusión o un malentendido hasta una acción bienintencionada que sale mal. Es parte del hecho de vivir. Pero el error admite desde el perdón hasta la rectificación y la revisión, ya que se trata de una acción humana que no excluye la consciencia. El error puede deberse incluso a una duda, y como señalaba el gran novelista y poeta Charles Bukowski (1920-1994), impiadoso buceador en las zonas oscuras de la realidad, “el problema del mundo es que las personas inteligentes están llenas de dudas, mientras que las personas estúpidas están llenas de confianza”. Son inconmovibles. A pesar de su expansión y de los múltiples modos en que la plaga de la estupidez se manifiesta y afecta el modo en que vivimos, no debiéramos renunciar a denunciarla y a enfrentarla. Como en otros órdenes de la vida, la resignación es un camino hacia la depresión y la impotencia. Y, de la misma manera que ocurre con enfermedades, plagas y diversos males, si se quiere afrontarlos con resultados positivos es necesario conocerla, explorar sus mecanismos, entender sus leyes. Ese es el siguiente punto de este alegato.ConversacionesLibros
Einstein tenía razón: el horizonte de la estupidez es infinito
En El avance de la estupidez, el periodista y escritor Sergio Sinay ahonda en “la era de la ignorancia” y el desprestigio de la inteligencia













