El ex consejero delegado de Google Eric Schmidt daba una charla en la Universidad de Arizona el pasado día 17 ante unos 10.000 graduados. Cuando empezó a hablar de cómo la inteligencia artificial va a cambiar el mundo, los estudiantes respondieron con un sonoro abucheo. Schmidt dijo comprender sus recelos: “Hay un miedo en vuestra generación: que el futuro ya está escrito, que vienen las máquinas, que se esfuman los empleos, que se destruye el clima, que la política está fragmentada, y que estáis heredando un caos que no habéis creado”. No ha sido el primer abucheado por vender la IA en los campus: le pasó a Scott Borchetta, consejero delegado de Big Machine Records, en Tennessee, y a Gloria Caulfield, ejecutiva inmobiliaria, en Florida. En cuanto suena la palabrería habitual (“La cuestión no es si la IA moldeará el mundo. Lo hará. La cuestión es si tú moldearás a la IA”, decía Schmidt), los jóvenes se revuelven. Y muy en particular ellas, las jóvenes, las más despiertas ante las nuevas amenazas. Solo faltaba que se sumara a la ola alguien no tan joven, el papa Leon XIV, que ha sentenciado en su primera encíclica: “La IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta con regularla; es necesario desarmarla y hacerla acogedora”.Algunos activistas han ido mucho más lejos que un abucheo: cuatro de ellos llevaron a cabo huelgas de hambre el pasado otoño, inspirándose unos a otros en distintos rincones del planeta, para exigir que se detengan los avances hacia la superinteligencia (o inteligencia artificial general, IAG), que ven como un paso hacia la extinción humana. El primero fue Guido Reichstadter, de 56 años, que se instaló frente a la sede de Anthropic en San Francisco (y aguantó sin comer sólido 30 días). Sus emuladores eran tres veinteañeros: el francés Michaël Trazzi y el holandés Denys Sheremet se unieron frente al laboratorio de Google DeepMind en Londres (el primero se desmayó tras siete días; el segundo aguantó 16). Y, en Bangalore (India), Samuel Shadrach retransmitió su ayuno por YouTube durante 18 días. Trazzi, que ha sido investigador de ciberseguridad y fundó la organización Stop the AI Race, contaba su experiencia en este documental (en inglés). Solemos pensar que los jóvenes de hoy, la segunda generación de nativos digitales, abrazan sin reservas las herramientas tecnológicas que aterran a sus mayores. El tópico no se sostiene, y nunca fue verdad. Lo que da más miedo a los trabajadores de mediana edad, cuarentones y cincuentones, es quedarse obsoletos y por eso se lanzan a usar las aplicaciones de IA como antes habían hecho, ya adultos, con internet, el teléfono inteligente y las redes sociales. Los que rondan la veintena saben usar la IA mejor que nadie, pero son los más conscientes de sus riesgos. Cada vez más ven a las máquinas que se dicen pensantes como enemigas. Enemigas del planeta, por su desmesurado consumo energético y de agua, y enemigas de su futuro, porque pueden desencadenar una destrucción masiva de puestos de trabajo. Es lo que The Economist ha llamado, en portada, el “apocalipsis del empleo”, en un texto con párrafos así de inquietantes: “La feroz oposición a los nuevos centros de datos es un indicio de lo que podría suceder (...): disturbios generalizados, incluso una revolución”.El mejor estudio hecho en España sobre este fenómeno es de Funcas, publicado en enero de este año. En esa encuesta se preguntaba a los residentes en España si la IA cambiará su vida en los próximos cinco años a mejor (lo que responde el 44,8% de la población), poco o nada (30,6%), o a peor (24,7%). Pues bien: los más pesimistas, y con mucha diferencia, tienen entre 18 y 24 años. En este grupo de edad, un 35,4% ve un impacto negativo, lo que supera la tasa general en más de 10 puntos. Y otra clave está en el género: las mujeres de menos de 24 años son abrumadoramente más pesimistas, un 49,7% frente al 21,8% de los hombres de esa edad. Esto abre muchas preguntas sin respuesta fácil. ¿Son ellas más analíticas, y por ello más críticas, frente a los hombres más tendentes a sentirse fascinados por las máquinas? ¿Tienen ellas más aversión al riesgo como se ha detectado en otros campos? ¿No será que la IA y los algoritmos ya están maltratando a las chicas, al facilitar el ciberacoso o esa nueva forma de agresión sexual que es la producción de falsos desnudos o falso porno con su rostro? De la encuesta se deduce que la práctica totalidad de los jóvenes de 18 a 24 años usa asistentes de IA, un 38% diariamente y un 60% semanalmente o con menor frecuencia. Entre los hombres jóvenes hay más uso diario (44%) que en las mujeres (32%), una tendencia que se va atenuando en los grupos de mayor edad, hasta que se da la vuelta: entre los mayores de 55 años hay más mujeres que utilizan la IA cada día (12%) que hombres (7%).Y los españoles no son los más reticentes. Veamos algunos datos recabados en Estados Unidos. Según el informe de esta primavera Yale Youth Poll, de la Universidad de Yale, estos son los efectos de la IA que más temen las personas de 18 a 34 años: que la gente deje de pensar por sí misma (72%), la desinformación (69%), el daño al medio ambiente (57%), la vigilancia masiva (56%) y la desaparición de empleos de cuello blanco, es decir, los de oficina (54%). La mayor distancia respecto a los mayores se advierte en la preocupación por el impacto ambiental, lo que no es extraño en una generación mucho más consciente de la crisis climática, que sufrirá en mayor medida. Vivíamos en un mundo en el que se perseguía la eficiencia energética, que consiste en gastar menos, hasta que entramos en la carrera frenética de los macrocentros de datos, devoradores de recursos. El sentimiento de que la IA no nos hará mejores, además, se está moviendo rápidamente. Según datos de Research America de abril de este año, la visión negativa aumenta con fuerza en EE UU, y la mayor inflexión se produce entre los jóvenes. Encuestada la población general sobre si la IA tendrá un impacto positivo en sus vidas o si supone un “riesgo significativo”, la mayoría optaba por lo primero hasta 2024, en 2025 había un empate y ahora domina el temor a sus peligros. El mayor giro se ha dado entre los jóvenes de 18 a 24 años: la esperanza en que la IA mejore sus vidas se ha desplomado del 46 al 36% en solo un año; mientras que la visión de que están amenazados la calidad de vida, los empleos y la privacidad se ha disparado del 51 al 60%. En todos los grupos de edad se extiende una mirada crítica, pero en ninguno tan drásticamente. De este estudio, que permite comparar con años anteriores, se desprende que la IA era un avance muy prometedor en 2020, cuando casi nadie la había usado. Ahora que sabemos lo que es y tenemos a nuestro alcance ChatGPT, Claude, Gemini o Copilot nos da más miedo.Y, dentro de los jóvenes, además del género, ¿hay más diferencias que analizar? En EE UU, el Pew Center puso el foco en un estudio de enero en los adolescentes, de 13 a 17 años, con resultados parecidos a los que son un poco mayores. Entre los menores de edad, la visión positiva de la IA es del 31%, frente a un 26% que la tiene negativa y un 34% que ve tantos pros como contras. Señalan como mayores riesgos la dependencia y pérdida de sentido crítico (34%) y la destrucción de empleos (26%). En los aspectos positivos destacan que hará la vida más fácil (30%) y que ayuda a aprender (20%). Este estudio también observa las mismas diferencias de género: las adolescentes son menos optimistas sobre cómo afectará a sus vidas (solo un 30% lo ve positivo, frente al 41% de los chicos) y sobre cómo afectará a la sociedad (un 27% frente al 35%).Esta mayor reserva de las mujeres ante el impacto de la IA se refleja también en un estudio anterior del mismo Pew Center, este de marzo de 2025, en el que pregunta cuál será el efecto de esta tecnología en EE UU en los próximos 20 años. Dicho así, el tono pesimista se impuso por goleada. Solo el 12% de las mujeres de todas las edades (y el 22% de los hombres) dijo que el efecto sería positivo, mientras que un 37% de ellas (y un 32% de ellos) lo prevé negativo. El menor rechazo se produce entre personas de más de 65 años, lo que tiene su lógica porque están ya jubilados o en sus últimos años profesionales.De los distintos estudios se pueden sacar algunas conclusiones más. Se cae otro tópico, el de que los jóvenes se tragan más los bulos por su uso intensivo de las pantallas. Al revés, son los más conscientes de que pueden ser manipulados, y están muy alerta. Un último cliché que debemos quitarnos de la cabeza: el de la juventud pasiva, poco comprometida, anestesiada por las pantallas. Las nuevas generaciones tienen una mirada tan crítica como lúcida a los problemas que acarrea la IA. No es solo el peligro para los empleos, ya muy precarios, y el medio ambiente, ya muy deteriorado. Ya no es solo el auge de una especie de tecnofascismo que defienden abiertamente Alex Karp y Peter Thiel (los jefes de Pallantir) o Elon Musk (SpaceX y Tesla). Los jóvenes no quitan ojo a otros efectos nocivos que les tocan más cerca: la adicción a la máquina, el aislamiento social, la pérdida de los últimos espacios de intimidad. Y la devaluación del pensamiento complejo, según vayamos delegando en la IA toda tarea que requiera esfuerzo. La resistencia adopta múltiples formas y los centros de datos, que proliferan como setas, son otro campo de batalla. 11 Estados norteamericanos están debatiendo medidas para vetar estas instalaciones insaciables. En Maine llegó a aprobarse en su Parlamento una moratoria, pero la vetó la gobernadora. La misma iniciativa se ha llevado esta semana al Congreso federal en Washington, de la mano de dos figuras de ala izquierda de los demócratas: el veterano Bernie Sanders y la treintañera Alexandria Ocasio-Cortez. Su recorrido político va a ser corto, pero la opinión pública está mirando.No hace falta pasar tanta hambre como los activistas de San Francisco, Londres y Bangalore para sumarse a esta rebelión. En la encíclica Magnifica Humanitas (aquí el texto íntegro), el Papa propone otra forma de resistencia: el ayuno digital. “Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita”. Ha escrito bien Jaime Rubio Hancock: “No debería ser revolucionario recordar que la tecnología ha de estar al servicio de la humanidad”. Amén.Este texto forma parte del boletín semanal La selección del director de Cinco Días, con el análisis de Ricardo de Querol y enlaces a las mejores historias económicas. Cada viernes en su buzón. Puede apuntarse aquí.
La resistencia a la IA son los jóvenes. Y sobre todo las jóvenes
Las nuevas generaciones ven con lucidez los riesgos de la inteligencia artificial para el empleo, el medio ambiente, la salud mental y la intimidad. Hay quien teme una revolución














