Cae el sol en el centro de detención de Delaine Hall y los cientos de personas que con pancartas y gritos denuncian la deriva fascista de Estados Unidos ya saben lo que se les viene encima. Lo han vivido los días anteriores y saben que ocurrirá de nuevo esta noche. Primero, las autoridades ordenarán el desalojo. Los manifestantes se resistirán. Y entonces llegarán los empujones, las carreras, los gases lacrimógenos, las balas de goma y los heridos y detenidos. “ICE, fuera de Nueva Jersey. Aquí os odiamos. Sois unos fascistas”, grita un joven encapuchado contra varias decenas de uniformados armados hasta los dientes.El Estado de Nueva Jersey ha revivido estos días lo que ya han experimentado otros lugares de Estados Unidos: la indignación que despierta la brutal política migratoria del Gobierno de Donald Trump entre los que abogan por defender los derechos de los migrantes. En esta explanada en las afueras de la ciudad de Newark, los manifestantes llevan días mostrando su solidaridad con los que están al otro lado de las rejas. Algunos detenidos se han declarado en huelga de hambre en protesta por las condiciones degradantes que sufren. Denuncian comida caducada y con gusanos, falta de atención médica y golpes. Son un número indeterminados de hombres y mujeres encerrados en un centro con capacidad para un millar. No saben hasta cuándo estarán en este lugar por unas acusaciones inconcretas que se resumen en una: no tener los papeles en regla. Prácticamente todos los manifestantes lo definen como un “campo de concentración” con el que el Gobierno quiere poner en marcha una “limpieza étnica”.Frente al guion repetido a lo largo de esta semana, la novedad llega el viernes. Los días anteriores la carga la protagonizó el ICE, siglas en inglés del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas del Gobierno federal. Pero el viernes, cuando estaban a punto de ser las nueve de la noche, hora local, los allí congregados se contaban los unos a los otros lo que acaban de oír: la policía del Estado daba un plazo de 15 minutos para desalojar toda la zona. Eran momentos de incredulidad entre muchos de los allí reunidos, que veían cómo la gobernadora demócrata, Mikie Sherrill, que había solicitado en los días anteriores visitar el centro para conocer las condiciones sanitarias de los prisioneros, daba ahora la orden de expulsar a los manifestantes. Al poco tiempo aparece una guarnición de policías con sus escudos transparentes, secundada por agentes a caballo y, detrás, coches patrullas que van expulsando a los que allí quedaban. Lanzan gases lacrimógenos y se oyen explosiones que recuerdan a una guerra campal. Varios chicos se quejaban de haber recibido fuertes golpes. Y protestan porque todo esto viene de manos de la policía estatal.La gobernadoraCharlene Walker, responsable de la asociación Fe en Nueva Jersey, no se explica por qué la gobernadora Sherrill, una política que busca la reelección en los comicios del próximo noviembre, ha dado la orden de desalojo. “En cualquier régimen autoritario, algunos deciden ser cómplices con el poder. Y eso ha ocurrido hoy con nuestra gobernadora”, concede tras pensarlo un poco.Antes de que todo esto ocurriera, la gobernadora de Nueva Jersey ya había anunciado que daría órdenes a su policía de asumir el control, que, aseguraba, se había convertido en la última semana en un foco de tensión y enfrentamientos. Sherrill, quien antes había solicitado el cierre de Delaney Hall, dijo querer garantizar tanto la libertad de reunión como la seguridad pública. “No le daré al ICE el pretexto para expandir sus operaciones en nuestro Estado”, aseguró en una conferencia de prensa.La protesta de estos días se ha saldado por ahora solo con heridos. Pero la tensión por lo que ocurre con los miles y miles de migrantes detenidos por todo Estados Unidos es evidente. Puede estallar en cualquier momento como ocurrió en enero en Minnesota, cuando dos ciudadanos estadounidenses, Renée Good y Alex Pretti, murieron a manos de agentes federales, unos hecho que, en última instancia, costaron el puesto a la secretaria de Seguridad Nacional del Gobierno de Trump, Kristi Noem. Su sucesor, Markwayne Mullin, se enfrenta ahora en Nueva Jersey a unos sucesos con potencial incendiario. Las protestas amenazan con crecer en un país que todavía no ha olvidado los días del sitio de Minneapolis. Esta semana, al ser preguntado por lo que ocurría en Newark, Mullin negó que hubiera ninguna huelga de hambre, algo que contradicen los testimonios de los que han hablado con los detenidos y sus familiares. Hace ya una semana que, ante lo complicado de la situación, las autoridades del centro de Delaney Hall habían prohibido la visita de familiares, aumentando la desesperación de los detenidos y de sus seres queridos. Li Adorno, voluntario de una asociación de apoyo a los familiares, describe en una tienda de campaña cercana al centro de detención las condiciones tan duras que tienen que sufrir las personas que vienen aquí a hacer visitas. Cuenta la historia de una mujer que vivía en Florida y que reunió con gran esfuerzo el dinero del billete para ver a su marido. Una vez aquí, se le impidió la entrada porque su vestimenta no cumplía con las normas, que impiden a las mujeres llevar zapatos abiertos, con tacón o falda. Por eso, Adorno y su ONG Semillas dispone de un bidón con ropa. Para ayudar a los familiares en esa situación. Para ofrecerles apoyo legal gratuito, aunque el creciente número de internos les obligue ahora a poner a casi todos en una lista de espera. Y sobre todo están allí para dar apoyo moral a unas personas en el momento que más lo necesitan, cuando sus seres queridos están encerrados y no saben qué les depara el futuro.Entre la muchedumbre, dos jóvenes graban a los manifestantes —o, como los llama la cadena conservadora Fox, “agitadores anti ICE”— que se van encontrando. Ellos dos trabajan para el medio trumpista Voice of America y a veces se enzarzan con el resto de la gente. Un hombre le dice a la cara que son tan fanáticos que defienden a Trump aunque aparezca en los papeles de Epstein y que lo harían aunque hubiera imágenes del presidente violando a una menor. La situación parece calentarse. Pero en ese momento salen dos guardaespaldas que están ahí para garantizar que los dos representantes del medio trumpista salgan de aquí sin un rasguño.Uno de los problemas que saca a la luz lo ocurrido estos días en Nueva Jersey es el poder casi omnímodo del ICE. El reverendo Archange Antoine ha venido para dar apoyo a la gente reunida aquí, donde él tiene su comunidad. Critica que los agentes que en teoría estaban solo para controlar las fronteras y las aduanas se hayan convertido en un organismo al margen de la ley, con un presupuesto millonario para hacer lo que les plazca. “Empujan a las personas contra los vehículos, rocían gas pimienta, disparan, arrestan a un congresista e incluso agreden a un senador. El ICE está fuera de control y cuenta con uno de los presupuestos más grandes de todo el gobierno federal, de cerca de 1.000 millones de dólares”, asegura.Junto a él, amenazantes, varios coches del ICE lucen su lema: “Defender la patria”. Esta noche de viernes no han intervenido. Pero nadie puede garantizar que no lo hagan mañana.