M. E. Thomas (nombre ficticio) se refiere a sí misma como psicópata recuperada. Asume que nunca sentirá gran cosa ante el sufrimiento ajeno. La falta de empatía le acompaña. Pero, al igual que los adictos rehabilitados se comprometen a no consumir, ella mantiene a rajatabla un pacto interno. “No manipulo jamás”, explica por videoconferencia desde Los Ángeles. Vivir sin máscara es su abstinencia. Ya ni se plantea si es incapaz de experimentar culpa, otra tara de los psicópatas. Fiel a este principio de honestidad sin fisuras, sostiene que no se da motivos para ello. Antes no era así. Hasta que decidió sumergirse en un proceso terapéutico que duró años, Thomas se recuerda como “una persona sin respeto por la gente”. Cuenta que no tenía inclinaciones sádicas, que no le reportaba “satisfacción infligir daño físico”. Su droga era “cultivar y acumular poder”. Un sentido de grandiosidad regía sus actos. Asegura que siempre tuvo una capacidad especial para leer la mente de los demás. Sobre todo esos “mecanismos de defensa” que utilizamos para esconder nuestra vulnerabilidad. “A veces me imaginaba como un parásito que pudiera entrar en la cabeza de otras personas y cambiarla en mi propio beneficio”, prosigue. Thomas muestra un informe médico de la época en que su trastorno alcanzó la plenitud. Fechado en 2010, cuando tenía 30 años, el doctor dictaminó tajante: personalidad psicopática prototípica. Del tipo “socializada o exitosa”, es decir, sin problemas con la justicia y con un buen trabajo, en su caso como profesora de derecho. El tratamiento de Thomas tuvo mucho de reencuentro con su individualidad. Para desactivar su inercia manipuladora, el terapeuta le pidió que empezara a tomar decisiones como si fuera la única persona en el planeta. La idea era crear una ficción de aislamiento para que, progresivamente, dejara de considerar que el resto del mundo estaba a su servicio. “Antes me pasaba el día intentando modificar esto o aquello en los engranajes mentales de la gente. Era continuo. Nunca había pensado en actuar desde un lugar más interior”. El perfil de Thomas responde punto por punto a la definición de psicópata que ofrece Vicente Garrido, catedrático de criminología en la Universidad de Valencia. “Una persona que, por razones genéticas y ambientales, no establece una conexión profunda con los demás” y carece de “emociones morales básicas”. Al relacionarse, “se sirve de la manipulación y la mentira de forma instrumental” con el fin de “obtener una sensación de poder y control”. No todos quebrantan la ley, apunta el también autor de obras como Rostros del Mal, pero no hay psicopatía sin violencia, entendida esta en sentido amplio, incluida la psicológica. La prevalencia de este trastorno de la personalidad oscila entre el 1,2% y el 4,5% de la población adulta, dependiendo de la definición y el test utilizados. Garrido es escéptico sobre el potencial de recuperación de los psicópatas que, como Thomas, no acaban en la cárcel. “Sin presión judicial es difícil que vayan a terapia”, opina, “y si lo hacen, irán con la intención de sabotear”. Essi Viding, profesora de psicopatología del desarrollo en la University College de Londres, piensa que el gran obstáculo que enfrenta la sanación de estos individuos es su “falta de motivación intrínseca”. El déficit de empatía, culpa o incluso miedo hace que “no se sientan mal”, lo cual produce una enorme resistencia al cambio. Thomas admite que, antes de ir a terapia, no le “molestaba especialmente comportarse como psicópata”. Su clic vino en parte de la curiosidad. “Quería saber qué se sentía haciendo algo diferente, siempre me atrajo la novedad”. Aunque encontró el acicate definitivo al constatar, una y otra vez, que sus retorcidos tejemanejes “dañaban todo tipo de relaciones”. La gente se hartaba de ella y se alejaba. Fue un estímulo egoísta, no un propósito de enmienda para dejar de hacer daño a su alrededor, lo que le impulsó a cambiar. Desde la Universidad de Georgetown, donde dirige un laboratorio sobre neurociencia afectiva, Abigail Marsh subraya que, al tratar a “personas con trastorno psicopático” (ella rechaza el sustantivo psicópata por su connotación determinista), resulta fundamental distinguir entre bienestar objetivo y subjetivo. Grosso modo, el primero se refiere a cómo le va a uno en cuanto a relaciones, trabajo o situación legal. Y el segundo, a cómo se siente. Marsh suscribe que la gente con este trastorno suele tener la vida patas arriba —amén del impacto destructor que provocan en su entorno— sin casi experimentar emociones negativas. “Pero aun así pueden aprender a hacerse cargo de su responsabilidad, a entender que ellos son el problema”. Asesinos y violadores Entre los psicópatas criminales (aquellos que estafan, violan o matan sin atisbo de remordimiento), la mayoría de programas gira en torno a un objetivo básico: no volver a prisión. Su éxito se mide en términos de reincidencia. Mientras supongan un menor peligro para la sociedad, otras cuestiones quedan en segundo plano. “Se pone el énfasis en mejorar el autocontrol y en que, ante la decisión o no de cometer un crimen, tengan más presentes los perjuicios que se derivan de ese acto”, destaca Garrido. Sin que desfallezca la esperanza, los datos se antojan demoledores. Según una investigación de 2011, la gente con psicopatía delinque al menos 20 veces más que el resto de la población. Y reincide entre cuatro y ocho veces más que otros reclusos. Un reciente estudio da cuenta del “pesimismo terapéutico” que históricamente ha rodeado a la pregunta sobre qué hacer con los psicópatas delincuentes. Ese mito, tan asentado en el imaginario popular, de que la única solución es encerrarlos y tirar la llave. El análisis concluye que las actuaciones más prometedoras en el sistema penitenciario (con bajadas en la reincidencia de hasta el 50%) surgen del modelo Riesgo-Necesidad-Responsividad. Se trata de un marco general con premisas bastante simples (mayor intensidad terapéutica para los más peligrosos, abordaje personalizado...) que se aterriza en enfoques variopintos, normalmente de corte cognitivo-conductual. Para Essi Viding, esta diversidad de opciones converge en un punto común. “Reforzar el comportamiento social mediante un sistema de recompensas”. Con un premio en el altar: que rejas y celdas formen parte del pasado. Prudente respecto a la posibilidad de curación —siquiera parcial— del psicópata recalcitrante, Viding se muestra más optimista con las intervenciones tempranas. Por ejemplo, la que lleva años funcionando en Mendota, un centro de detención de Wisconsin (EEUU) para adolescentes “con acusados rasgos antisociales” (Viding reserva la categoría de psicópata para los adultos). O, en edades más cortas, ciertas terapias familiares probadas con niños extremadamente difíciles para que sus incipientes pulsiones psicopáticas no cristalicen, como las que lleva a cabo la psicóloga australiana Eva Kimonis. En ambos casos, el eje se inspira en el conductismo ortodoxo a lo palo y zanahoria. Como el tratamiento que recibía el protagonista de La Naranja Mecánica, pero más suave, más en línea con la noción de refuerzo positivo. Ya se trate de adultos o menores, de asesinos en serie o altos ejecutivos, una duda sobrevuela el tratamiento de la psicopatía: ¿Puede modificarse su núcleo, es decir, la ausencia de culpa y empatía? ¿Se puede trabajar más allá de pensamientos y conductas para adentrarse en el terreno de las emociones? “No lo tengo claro”, afirma Viding, “hace falta más investigación”. Marsh sí está convencida de que todo ser humano —salvo alguna excepción tozudamente patológica— tiene al menos cierta capacidad para albergar buenos sentimientos. O, en sentido inverso, malos cuando hace daño al prójimo. Para ella, poseer rasgos emocionales psicopáticos no implica una condena vitalicia. El camino se resume en la expresión fake it until you make it (finge hasta que lo logres): “Forzarse a comportarse de forma diferente, intentar ser generoso y amable con la gente, aunque no salga natural. Y ver qué ocurre”. Marsh basa su confianza en el trato directo con perfiles aparentemente imposibles. “Personas con altos niveles de psicopatía, algunos con un pasado muy violento”. Narra un par de casos en que “el comportamiento repetido” germinó con el tiempo en “nuevas creencias y emociones”. Thomas, la mujer que se autodenomina psicópata recuperada, confiesa que mantiene una extraña relación con el dolor ajeno. En sus interacciones sociales, la compasión no aparece por ningún lado. Dice que reacciona con total indiferencia ante las personas sin hogar que ve cuando pasea por Los Ángeles. Incluso cuando estas presentan un estado lastimoso. Pero le “perturban visceralmente” cifras históricas de injusticia flagrante. “Los miles de soldados que murieron en la Primera Guerra Mundial en las horas que transcurrieron desde que se firmó la paz hasta que se hizo pública”. Thomas tiene novia desde hace años. ¿Siente amor por su pareja? “¡Desde luego! Por cierto, ella también es psicópata”, dice con naturalidad.