Cazas de combate y un bombardero vistos desde el portaaviones Gerald Ford.Foto: Paige BrownResume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Tomás Molina, doctor en filosofía, profesor de Ciencia Política y Relaciones Internacionales y columnista de este diario, charló con Mario Urueña, doctor en Derecho y profesor de Derecho Internacional, sobre el futuro de una política exterior democrática y progresista en Colombia. Esto, en el contexto actual de la llamada doctrina Donroe impulsada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y la reconfiguración del sistema internacional. Esta fue la conversación.¿Cómo llegó Estados Unidos a la situación crítica actual y por qué nos concierne?Mario Urueña: Desde los años 80 proliferó la literatura sobre el declive de EE. UU. Con el ascenso de Japón y luego de China, las guerras en Irak y Afganistán, la crisis del 2008 y la elección de Obama —que ya empezaba a descargar compromisos de seguridad a sus aliados— todo apuntaba en la misma dirección: Estados Unidos ya no domina el mundo como antes. Hoy estaríamos en ese momento de transición: quizá hacia una hegemonía china, quizá hacia un mundo multipolar, o de pronto hacia una reafirmación de Estados Unidos. Con la segunda administración Trump, esa última opción parece cada vez menos probable.Tomás Molina: Yo matizaría eso. Lo que veo en Irak, Afganistán, Libia e Irán son los límites del poder estadounidense, pero EE. UU. siguió siendo el país más importante del mundo incluso después de esos fracasos. Ha habido un declive relativo, pero se mantuvo el liderazgo, al menos hasta Trump. Lo que sí se quebró fue la ideología neocon: la idea de que EE. UU. podía entrar a cualquier país e imponerle una democracia. Eso ha fallado estrepitosamente al menos cuatro veces.La diferencia con lo que pasa hoy en Irán es que no solo se muestran los límites del poder estadounidense, sino que se exhiben sus fracturas con más claridad que antes: se le acaban los misiles, no puede aguantar mucho tiempo la presión que Irán ejerce sobre la economía mundial, y los propios neocons reconocen que Irán ha triunfado. La única opción de EE. UU. para vencer sería la invasión terrestre, y aun en ese caso lo dudo. Los estadounidenses son conscientes de los cada vez más claros límites de su poder. Por eso la doctrina Trump implica cierto reconocimiento de que deberían concentrarse más en el hemisferio occidental.2. ¿Qué busca la doctrina Trump en nuestra región y qué tan nueva es?Mario Urueña: Desde visiones conservadoras dentro del propio EE. UU. se ha criticado durante décadas la “estrategia de la preeminencia”: meterse en todos lados es muy costoso en términos humanos y materiales, deteriora la reputación cuando el discurso no coincide con los hechos, y termina poniendo en riesgo la propia seguridad. El 11-S fue en parte consecuencia de ese intervencionismo. ¿Por qué, entonces, no concentrarse en el vecindario?El hemisferio occidental le ofrece a Estados Unidos prácticamente todo lo que necesita para ser autárquico: dos océanos de protección, dos vecinos relativamente débiles, el canal de Panamá, el petróleo venezolano, tierras raras en Groenlandia y recursos hídricos en Colombia y Brasil. Eso es lo que Pete Hegseth denominó la “Gran Norteamérica”: control férreo desde Groenlandia hasta la línea del Ecuador. Colombia cae dentro de esa zona por el narcotráfico, los recursos hídricos y la proximidad al petróleo venezolano. Trump convocó a doce jefes de Estado en Mar-a-Lago para lanzar el “Escudo de las Américas”, una estrategia decididamente orientada contra los gobiernos progresistas del continente. La geopolítica y el partidismo van de la mano.Tomás Molina: Esto contrasta mucho con la doctrina de Obama, que anunció que la doctrina Monroe no iba a más. Trump hace lo contrario: aprieta las tuercas, y dice con claridad que los negocios y la infraestructura de América Latina tienen que servir a los intereses de Estados Unidos, no a los chinos. Eso nos reduce el margen de acción. Bernie Moreno nos ha amenazado de nuevo con invadirnos si no obedecemos los intereses de EE. UU. Pero insisto en que no debemos regresar a la fórmula servilista de la derecha: hacer todo con EE. UU, nada sin EE. UU. 3. ¿Puede Colombia mantener autonomía sin confrontar abiertamente a Washington?Tomás Molina: Oponerse férreamente a EE. UU. es muy costoso para nosotros. Pero eso no significa que la única opción sea el alineamiento total. Lo prueban los gobiernos de izquierda que ha habido recientemente en Brasil, Uruguay y Chile. El alineamiento fuerte puede dar buenos resultados en casos muy específicos —Japón y Corea del Sur, donde EE. UU. estaba interesado en el desarrollo de esos países por razones geopolíticas—, pero en nuestro caso tenemos intereses contrarios a los de EE. UU. en temas como el régimen de drogas, por lo que conviene separarnos.Mario Urueña: Nosotros ya sabemos lo costoso que es estar en la mira de EE. UU. por el gobierno de Samper. Fue un presidente amedrentado por el país del Norte: le quitaron la visa, descertificaron a Colombia dos veces, se habló incluso de planes para un golpe de Estado desde la embajada en Bogotá. A pesar de su voluntad inicial, Samper terminó haciendo exactamente lo que hicieron Pastrana, Uribe y Duque: seguir a pie juntillas las directrices de Washington. Pero no hay que renunciar a nuestros intereses. Si hay un buen manejo diplomático, el margen de maniobra existe. Lo que intentó Petro al inicio de su mandato —decirle a Trump: mire, tengo planes alternativos que han probado ser más eficaces que la fumigación— es una vía posible.Tomás Molina: El modelo es también el pragmatismo de Lula. En algunos momentos le canta la tabla a Washington; en otros guarda silencio. Sabe escoger sus batallas. Hay cosas en las que habrá que ceder, y eso hay que aceptarlo. Lo que no se puede hacer es la confrontación permanente.4. ¿Qué propuestas concretas tiene sentido explorar?Mario Urueña: Hay varias cosas que Colombia puede hacer para conseguir sus objetivos. Primero, diversificar nuestras relaciones: buscar más a África y más a Asia en mercados, cooperación e influencia, para reducir la dependencia. Eso exige abrir embajadas, fortalecer la cooperación y priorizar lo internacional como política de Estado, no como asunto coyuntural. Las embajadas no son costos y ya, como creen en la derecha, sino instrumentos estratégicos.Lo segundo es la integración regional. No renunciar a la promesa de la integración latinoamericana, aunque a veces se avance un paso y se retrocedan dos. Un Estados Unidos más ensimismado puede abrir el espacio para que gobiernos de distintos signos encuentren puntos de cooperación en el uso de instituciones internacionales para conseguir objetivos estratégicos compartidos. El respice similia —mirar a los similares, no solo al hegemón del norte— es más viable hoy que en décadas anteriores. La CELAC sigue ahí.Lo tercero es la ambigüedad estratégica. No ser aliado incondicional de nadie ni enemigo de nadie. Eso permite mantener relaciones pragmáticas con Estados Unidos, China y otras potencias, buscando lo que mejor favorezca el interés nacional en cada momento. Lo cuarto es usar el derecho internacional a nuestro favor. No está muerto. Lo que puede estar ocurriendo es el fin de un orden basado en reglas específicamente liberales, guiadas por la hegemonía occidental. Pero la ONU no va a desaparecer sin una Tercera Guerra Mundial. Lo que puede pasar es una reconfiguración: que Asia y Latinoamérica pesen más, que el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS gane relevancia. Tenemos que aprovechar esas oportunidades.Tomás Molina: Yo añadiría lo que en la literatura especializada se llama la autonomía relacional. No es la soberanía que algunas izquierdas soñaban en los años 60, al estilo de “somos soberanos, luego podemos hacer lo que queramos”. Eso ignora que Estados Unidos manda en la región. La autonomía relacional no propone confrontación ni aislamiento, sino la capacidad de actuar de manera independiente y creativa dentro de los márgenes que existen, participando en la creación de normas internacionales que amplíen ese margen al máximo. El margen tiene que servir para elevar nuestro nivel de vida. Indonesia es un buen ejemplo, está consiguiendo industrializarse al ponerle una condición clave a China: si quiere sus recursos minerales, tiene que transformarlos allá. China ha empezado a construir fábricas en ese país. La política exterior es un instrumento para conseguir el bien común/interés nacional de Colombia: industrialización, desacarbonización, cambio del régimen internacional de drogas.Pero eso nos lleva a una pregunta previa: ¿qué queremos como país? Mientras no definamos democráticamente nuestras prioridades, la política exterior seguirá siendo lo que ha sido: un asunto de unos pocos, definido desde arriba, muy poco conectado con el ciudadano común. Necesitamos una esfera pública, como la entendía Habermas, donde ciudadanos discutan el interés nacional e influyan en las decisiones del Estado. El debate tiene que llegar a la prensa, a las redes, a los colegios y las universidades. No se trata de que el público decida los asuntos técnicos, sino de que dispute las ideas que guían al Estado (¡y necesitamos que el Estado esté guiado por ideas, por ideologías, no solo por el oportunismo político!). Los problemas de drogas son transnacionales, el negocio del narcotráfico está montado sobre un régimen de prohibición internacional, la viabilidad de los impuestos a los más ricos depende de acuerdos globales. Es absurdo que los debates sobre lo anterior no estén democratizados cuando afectan la vida cotidiana de la gente común y corriente.Mario Urueña: A todo lo anterior añadiría una condición instrumental: profesionalizar el servicio exterior. Colombia ha tendido a usar las embajadas como premio político, no como herramienta. Los nombramientos políticos no son siempre malos —el embajador García Peña manejó la crisis Trump-Petro con mucha habilidad—, pero no pueden ser la regla. Y hay que diversificar quiénes hacen diplomacia: una élite endogámica produce pensamiento homogéneo, y el pensamiento homogéneo no genera alternativas ingeniosas.Tomás Molina: La profesionalización es la contraparte necesaria de la democratización. Pero me parece clave insistir en la parte democrática.👀🌎📄 ¿Ya se enteró de las últimas noticias en el mundo? Invitamos a verlas en El Espectador.El Espectador, comprometido con ofrecer la mejor experiencia a sus lectores, ha forjado una alianza estratégica con The New York Times con el 30 % de descuento.Este plan ofrece una experiencia informativa completa, combinando el mejor periodismo colombiano con la cobertura internacional de The New York Times. 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