El pedido de perdón formulado por el papa León XIV en la encíclica Magnifica Humanitas no constituye solamente un gesto pastoral. Es, sobre todo, una intervención política sobre uno de los traumas fundacionales de la modernidad occidental: la esclavitud racial y el papel que desempeñó la Iglesia en la legitimación moral del colonialismo europeo. Cuando el Pontífice reconoce que “la Sede Apostólica romana intervino en varias ocasiones para regular y legitimar las modalidades de sometimiento y, en algunos casos, de reducción a la esclavitud de los ‘infieles’”, el Vaticano admite — aunque con siglos de retraso— algo que las genealogías antirracistas vienen señalando desde hace décadas: la expansión colonial europea fue una empresa económica, militar, teológica y civilizatoria. La cruz y la espada funcionaron juntas en la producción del orden racial moderno.
Sin embargo, la encíclica realiza una operación discursiva tan sofisticada como reveladora. León XIV sostiene que la Iglesia fue “madurando progresivamente” su comprensión ética hasta llegar recién en el siglo XIX a una condena “formal, absoluta y universal” de la esclavitud. Así, el problema histórico se presenta más como una insuficiente evolución doctrinal que como una complicidad estructural con la supremacía racial occidental. La diferencia es decisiva. También habla de una “ceguera histórica” frente a la “injusticia de la esclavitud”, producto de los límites culturales de una época, lo que habilita a entender a la Iglesia simplemente como una institución moral capaz de autocorregirse y liderar un nuevo humanismo tecnológico. Pero si entendemos que la racialización del mundo fue constitutiva de la expansión europea, del capitalismo global y de la formación del sistema internacional moderno, la cuestión excede lo moral y se revela la disputa material sobre poder, riqueza y reparación histórica.










