El 28 de mayo de 1936 la prestigiosa revista británica Proceedings of the London Mathematical Society recibió un manuscrito titulado “On computable numbers with an application to Entscheidungsproblem”. El autor era un matemático de 23 años, graduado por la Universidad de Cambridge un par de años antes, llamado Alan Mathison Turing. Aunque el joven Turing ya había dado muestras de su talento matemático (sus compañeros del colegio ya le llamaban “Mr. Brain”), pocos podían imaginar que ese trabajo (que se publicó el 12 de noviembre de ese mismo año) establecería los cimientos de la informática moderna.

En él, Turing introdujo de manera precisa el concepto de computación para demostrar uno de los límites fundamentales de las matemáticas: que existen problemas (en matemáticas y lógica) que no pueden resolverse mediante un proceso algorítmico. En primer lugar, definió los “números computables” como aquellos cuyos decimales pueden obtenerse mediante un procedimiento bien definido y finito, lo que hoy llamamos un algoritmo. Como ejemplo, demostró que constantes como pi y e son computables, pero que existen números reales que no lo son. Esto le llevó a una pregunta más profunda: ¿qué significa exactamente “computar”? ¿Cómo formalizar la noción misma de cálculo?