Poco antes de enfangarse en la guerra de Irán, Donald Trump lanzó la Junta de Paz, la iniciativa con la que el presidente estadounidense buscaba consolidar la pacificación y reconstrucción de Gaza. El proyecto estuvo rodeado de dudas desde un inicio, y el paso del tiempo parece estar dando la razón a los escépticos: cuatro meses después de su constitución, el organismo carece de financiación oficial y no ha logrado ningún avance sobre el terreno.Según informaba ayer el diario Financial Times, el fondo establecido por el Banco Mundial para canalizar las donaciones a la Junta no ha recibido ni un solo dólar. Las únicas transferencias se han producido en una cuenta en el banco JP Morgan Chase, la cual, a diferencia del fondo oficial, no está sometida a ningún mecanismo de transparencia ni control externo.Los pagos de los que se tiene constancia –3 millones de dólares aportados de Marruecos y 20 millones de Emiratos Árabes Unidos– han servido para cubrir gastos de la oficina del director general de la Junta, el diplomático búlgaro Nikolai Mladenov, y poco más: el Gobierno emiratí desembolsó también 100 millones para formar una nueva fuerza policial en Gaza, pero el programa todavía no se ha puesto en marcha y los fondos están congelados. Asimismo, EE.UU. tiene presupuestados 1.200 millones de dólares para diversos proyectos en la franja, pero el dinero tampoco ha llegado a sus destinatarios.Edificios en ruinas en Jan Yunis, en el sur de la franja de Gaza, ayerHAITHAM IMAD / EFEEn un informe remitido el pasado 15 de mayo al Consejo de Seguridad de la ONU, la Junta ya alertaba de “una brecha” entre los compromisos contraídos por sus miembros –unos 17.000 millones de dólares– y los desembolsos efectuados, y urgía a acelerar los pagos para poder avanzar en el plan de reconstrucción del enclave palestino.En ese mismo informe, también se reconocía que el proceso de paz está estancado, y se culpaba a Hamas de ello, por su negativa a desarmarse y ceder el control de Gaza a un Gobierno de transición, tal y como estipula el plan trazado por Trump. En cambio, en el documento apenas se mencionaba a Israel, a pesar de que en estos meses su ejército ha violado repetidamente el alto el fuego: según las autoridades gazatíes, más de 880 habitantes de la franja han muerto por el fuego israelí desde el pasado octubre, cuando entró en vigor la tregua.La Junta no solo se ha revelado completamente ineficaz a la hora de apaciguar la franja, sino que tampoco está siendo capaz de facilitar la entrada de ayuda al enclave. Las organizaciones humanitarias denuncian que Israel sigue obstaculizando su labor, obligándolas a superar múltiples –e interminables– trámites burocráticos para poder asistir a la población civil.“Los palestinos de Gaza siguen pasando hambre, siguen sin poder acceder a la atención médica”, aseguró la semana pasada Adam Coogle, director adjunto para Oriente Medio de Human Rights Watch, quien recalcó que el organismo creado por Trump no está haciendo nada para aliviar la situación.La parálisis de la Junta afecta también a su único órgano con representación palestina: el Comité Nacional de Administración de Gaza, integrado por una quincena de tecnócratas. Su función es la de supervisar la gobernanza de la franja hasta que la Autoridad Palestina pueda hacerse cargo del control del enclave. Pero, aunque esta entidad celebró su primera reunión en enero, sus miembros todavía no han pisado Gaza. Según medios árabes, están recluidos en un hotel de El Cairo, bajo la vigilancia de agentes estadounidenses y egipcios.Nada se mueve pues en una institución que siempre pareció más pensada para satisfacer las ambiciones personales de Trump que las necesidades de Gaza. El magnate concibió la Junta como una alternativa a la ONU, y la diseñó a su gusto, como si se tratara de uno de sus clubes de golf: se reservó el rol de presidente perpetuo, así como el poder de anular las decisiones de sus miembros, a los que se exigía una cuota de 1.000 millones de dólares. Eso hizo que buena parte de los países occidentales rechazaran la invitación a unirse al organismo. Los únicos dispuestos a dar el paso fueron los aliados ideológicos de Trump, entre ellos varios autócratas, como el primer ministro camboyano, Hun Manet, o el presidente kazajo, Kassym-Jomart Tokayev. Socios más que dudosos si el objetivo es buscar la paz.Periodista. Redactor de Internacional de La Vanguardia.