>LA NACION>Lifestyle26 de mayo de 202610:269 minutos de lectura'Samuel William Taber llegó a Buenos Aires en diciembre de 1810. Proveniente de Cádiz, España, este comerciante estadounidense de 30 años había arribado al Río de la Plata con la finalidad de hacer algún negocio que incrementase su fortuna. Sin embargo, a poco de desembarcar en la ciudad, el joven de ideas liberales se enamoró de la gesta revolucionaria porteña. Entonces, dejó de lado su afán de ganancias y decidió sumarse a la causa que encabezaban los hombres de Mayo.Además de ser un avezado mercader, tenía ciertas dotes de inventor. Traía en sus alforjas los planos de un proyecto que podría ser de inmensa ayuda para los porteños. En un momento en que los barcos españoles con asiento en Montevideo (todavía bajo dominio realista) asolaban el puerto de Buenos Aires para complicar el comercio fluvial, Taber propuso a la Primera Junta de Gobierno construir una máquina submarina. La idea era que el artefacto se utilizara para hundir las naves enemigas desde lo profundo del Río de la Plata. El modelo de submarino Turtle era para el uso de una sola persona, tal como se ve en este ilustraciónX @redhistoriaSi bien para entonces se habían desarrollado algunos proyectos de submarinos militares en Estados Unidos y en Francia, esta máquina que ofrecía el norteamericano era la primera que se construiría en América del Sur. Quien da cuenta de esta curiosidad de la historia de la naciente patria y del emprendedor estadounidense es el historiador Ángel Justiniano Carranza en el tomo I de su libro Campañas navales de la República Argentina. Allí, el autor describe a Taber como un joven de “espíritu cultivado, penetrante”, de aspecto “interesante y en extremo simpático” y con una “inteligencia precoz”. Todas esas cualidades del forastero sedujeron de inmediato a las autoridades, que aceptaron recibir el proyecto de la máquina submarina. Fueron el presidente de la Junta, Cornelio Saavedra, y uno de los vocales, Miguel de Azcuénaga, quienes analizaron los planos y aprobaron la idea de construir el artefacto. Cornelio Saavedra, al centro y con pechera roja y Miguel de Azuénaga, de pie a su lado, fueron los dos miembros de la Primera Junta de Gobierno que aprobaron el proyecto de la máquina submarina de Samuel William TaberComo una muestra inexorable de compromiso con sus nuevos amigos del Río de la Plata, Taber se ofreció a solventar con su peculio los gastos de materiales y de construcción de su submarino. La propuesta fue recibida con inmensa gratitud por los patriotas de Mayo. Pese a que no se conservaron aquellos planos originales del artefacto, las distintas reconstrucciones que hicieron de él los historiadores hablan de un aparato con forma de caparazón de tortuga, enteramente construido con madera. Algunos dicen que este submarino tendría entre ocho y diez metros de eslora y que podría llevar más de un tripulante. Otros recrean un modelo llamado Turtle (tortuga), más pequeño, que creó David Bushnell en los Estados Unidos, en 1776, y que permite transportar solamente un hombre. El diagrama del submarino que diseñó David Bushnell en los Estados Unidos en 1776Wikicommons En lo que sí coinciden las descripciones es en el hecho de que la máquina se manejaba de manera manual. Tenía una manivela para una de las hélices, que trasladaba la nave horizontalmente, y otra para maniobrar las aspas que conducían la nave hacia el fondo o a la superficie de las aguas. Como detalle importante, el submarino tenía en su proa una especie de taladro para perforar los cascos de las naves enemigas, y otro dispositivo para colocar explosivos en la perforación. Se trataba de una máquina de guerra bastante bien pensada. Pero había que construirla. Muy poco tiempo después del inicio de las tareas en pos de la fabricación del artefacto, hubo un cambio de planes. Francisco Javier de Elío, español que había gobernado Montevideo, fue nombrado por la Junta de Cádiz como virrey del Río de la Plata. Luego de un paso por la Península Ibérica, este gobernante había regresado a la Banda Oriental con ese nuevo cargo. Francisco Javier de Elío fue Virrey del Virreinato del Río de la Plata, pero decretó que su capital sería Montevideo en lugar de Buenos AiresWikicommonsAsí, el 19 de enero de 1811, Elío declaró la ciudad que hoy es capital uruguaya como la capital del Virreinato. Y desde Buenos Aires decidieron enviar a alguien para averiguar cuál era la situación del otro lado del río: la potencia bélica que tenían los realistas, los recursos económicos y sus planes, entre otras cosas. Básicamente, se necesitaba alguien que realizara una misión de espionaje. Y para ello, eligieron a Taber, un hombre desconocido para el enemigo español y con buena disposición para tomar riesgos. Al mismo tiempo, el estadounidense aprovecharía su estancia allá para ponerse al tanto de la situación de los barcos de la Armada Española apostados en el puerto oriental. En especial, reportaría luego la existencia de un bergantín y una fragata que usaban los realistas como depósito de pólvora. El intruso tenía pensado, si algún día estaba listo el submarino, atacar primero esas dos naves. Otro de los modelos que podrían responder al diseño de Samuel TaberredesConcluida con solvencia su tarea en la Banda Oriental y ante el llamado de la Primera Junta, Taber decidió retornar a Buenos Aires para continuar -o empezar- el desarrollo de su invento. Para emprender el regreso, arrendó un pequeño bote y se subió a él junto a otros oficiales que también huían de la nueva capital del virreinato. Pero cuando la nave estaba a punto de dejar atrás el puerto, fue interceptada por una patrulla de marinos realistas y todos fueron detenidos. Taber fue acusado de haber sobornado a oficiales portuarios para desertar hacia filas enemigas. Fue encadenado, detenido y trasladado a una prisión donde pasó un sinfín de privaciones. “Durante mi incomunicación, con una barra de grillos, en un calabozo inmundo que medía siete pies por ocho (dos por 2,5 metros), no vi la luz del cielo sino las pocas veces que se me llamó a prestar declaración”, escribía el propio comerciante norteamericano en una carta a un amigo. Una ilustración que muestra cómo trabaja el submarino Turtle en la perforación de los cascos de los barcos del adversarioIndustria Militar ArgentinaEl improvisado espía pasó numerosas jornadas bajo esas condiciones, soportando también insultos de sus carceleros y alimentado con un menú precario de pan o carne seca y agua. Finalmente, el 25 de mayo de 1811 las autoridades virreinales decidieron su liberación. Debía pagar para ello una fianza de 2000 pesos y salir con la promesa de que en cuanto le fuera posible debía regresar a su patria en el norte. Fue recién el 9 de agosto cuando Taber pudo embarcarse en una nave rumbo a los Estados Unidos. Su destino era Nueva York. Pero, empeñado en continuar sus andanzas revolucionarias, el comerciante e inventor se bajó furtivamente de la nave en Río de Janeiro, Brasil, y emprendió su retorno a Buenos Aires, donde llegó el 10 de septiembre de 1811. En una carta a la Primera Junta, el recién llegado confirmó su persistencia en la causa de Mayo con las siguientes palabras: “Las afligentes privaciones y positivos padecimientos que me ha inferido tan dolorosa prisión, la pérdida de mis intereses e inminente peligro de vida, no han sido capaces, ni lo serán en lo sucesivo, de disminuir en un ápice la decidida adhesión con la que, desde mi arribo a esta capital, me suscribí gustosísimo en el número de sus más valientes defensores”. Una réplica del Turtle, el submarino que se utilizó en los Estados Unidos en 1776wikicommonsPoco tiempo más tarde, Taber solicitó continuar con la construcción de su máquina submarina. Aparentemente, las piezas ya estaban confeccionadas. Solo había que unirlas y poner la nave subacuática en práctica. Para ello, el estadounidense pidió a las autoridades que se pudieran trasladar las partes de su invento por agua hasta la Ensenada de Barragán, a unos 60 kilómetros al sur de Buenos Aires. Las ventajas de esta rada consistían en que era un lugar más profundo que el puerto de Buenos Aires y, además, era un sitio alejado de las miradas de curiosos. Y de espías. Lo último que se supo del submarino de Taber fue que se transportó hacia esa ensenada solitaria del sur en una tosca caja de madera de pino a la que se le había pintado una gran letra T.Esto ocurrió en octubre de 1811. A partir de allí, se ignora lo que ocurrió con la embarcación. Lo más probable, coinciden los historiadores, es que las políticas del Primer Triunvirato, que asumió en septiembre de ese año, no siguieran las mismas líneas políticas que la junta que lo precedió. Y el proyecto del estadounidense fue víctima de ello. Una ilustración del que podría ser la máquina submarina ofrecida por Samuel William Taber a los revolucionarios de Buenos AiresRevisionistasEn este sentido, el 20 de octubre de 1811, este órgano de gobierno porteño, conformado por Chiclana, Sarratea y Paso, firmó un armisticio con el Virrey Elío. Esta medida obligaba a levantar el sitio sobre Montevideo que habían comenzado poco antes contra los españoles y reconocía el dominio realista sobre la Banda Oriental. En este contexto de pacificación -exigua- en el Río de la Plata, la construcción de un submarino de guerra resultaba una contradicción en sí misma.De Taber se supo que fue enviado a Chile otra vez como una especie de “agente secreto”. Regresó a fines de 1812. Allí ya se encontraba enfermo de un mal incurable. Según reporta el historiador Felipe Bosch en Historia del antiguo Buenos Aires, esto se debió a los padecimientos que sufrió en prisión y a las “peripecias de su vida aventurera”. El 8 de diciembre de 1813, este norteamericano que fue paradójicamente un hombre de la revolución de Sudamérica murió a pocos kilómetros de Buenos Aires, en la estancia de un amigo llamado Richard Hill. Hasta el último de sus suspiros llegó su pertinaz enamoramiento de la causa emancipatoria. Taber, que falleció a los 33 años, legó en su testamento todos sus bienes al gobierno porteño. El modelo de máquina submarina Turtle, de 1776, era muy similar al que se supone que trajo William Taber al Río de la Plataindustria militar argentinaLos planos de su máquina submarina nunca fueron hallados. Y, si no fuera por historiadores como Ángel Carranza, la historia de este valiente mercader que abandonó los negocios para seguir una causa justa se hubiera hundido también en las borrascosas aguas del olvido. Historias LN25 de MayoHistoria