La publicación de la encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV no pasó desapercibida. No tanto por su contenido —profundo y consistente— sino por el momento en el que aparece. En un mundo atravesado por la aceleración tecnológica, donde la inteligencia artificial comienza a redefinir el trabajo, la educación, la producción e incluso la vida cotidiana, el texto vuelve a poner una pregunta en el centro del debate: ¿qué lugar ocupa la persona humana en este proceso? La pregunta no es nueva. Lo que sí es nuevo es su urgencia. Durante décadas, el progreso tecnológico fue percibido como una evolución gradual. Hoy esa percepción quedó atrás. La inteligencia artificial no es una innovación más. Es una tecnología transversal, capaz de alterar simultáneamente múltiples dimensiones de la vida social.No se limita a automatizar tareas: empieza a intervenir en decisiones, diagnósticos, procesos productivos y dinámicas de organización social. Y lo hace a una velocidad que las instituciones no logran acompañar. Nos encontramos ante el cambio de era más trascendente de toda la historia de la humanidad.

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