Actualizado a las 10:59h.

La felicidad deja de entenderse como un estado permanente y se consolida como un proceso dinámico, según expertos y literatura científica. La idea, cada vez más extendida, señala que sentirse feliz depende de factores biológicos, psicológicos y sociales, y no de una búsqueda constante de placer.

Investigaciones de Harvard, donde estudian activamente la felicidad, estiman que alrededor del 50% de este estado emocional de satisfacción plena tiene base genética, mientras que el entorno y las decisiones personales explican el resto.

Frente a la obsesión por alcanzarla, los especialistas destacan la resiliencia -una palabra que la pandemia del coronavirus puso de moda y que hace referencia a la resistencia y la flexibilidad ante los golpes que nos da la vida- como clave para sostener el bienestar incluso en la adversidad.

Un tema de actualidad que lleva siéndolo desde hace miles de años, y que ha sido estudiado por todos y cada uno de los filósofos más sabios de la historia: desde Aristóteles que habla de la felicidad como el fin más elevado de la humanidad, a Kant que la nombra como deber o la visión más estoica de Séneca.