La tarde del 21 de mayo de 1936, Sada Abe, mujer de 31 años dedicada a la prostitución en Tokio, fue detenida por la policía en una habitación de hotel del barrio de Shinagawa. Llevaba tres días paseándose por la ciudad con los genitales de su amante, Kichizō Ishida, guardados en el bolso. La madrugada del día 18, llevando demasiado lejos una de sus prácticas eróticas habituales, ella lo había estrangulado hasta la muerte. Después había realizado actos necrófilos con el cadáver. Y por fin, en un estado cercano al trance, le había cortado el pene y los testículos con un chuchillo de cocina, los había envuelto en una revista vieja y se los había llevado. Cuando la policía abrió su cartera, comprobó que los genitales, atados con un cordel, llevaban la inscripción “marido y mujer”. El caso conmocionó a la sociedad japonesa en un momento crítico de su historia, cuando el país se encontraba en una escalada imperialista, al borde del conflicto bélico con China y de su posterior participación en la Segunda Guerra Mundial del lado de la Alemania nazi. Después quedaría constituido como uno de los grandes mitos oscuros del Japón moderno. Hasta que, 40 años más tarde, un joven pero muy prestigioso director de cine nipón, Nagisa Oshima, decidió convertirlo en material para una película. Dado que el sexo era tan importante en la historia, Oshima tenía la intención de incorporarlo de manera explícita y real. Para ello, contó con la ayuda de Koji Wakamatsu, experto en el género de cine rosa (erótico soft japonés), que participó en el desarrollo de un guion que se ambientaba en el universo de los burdeles de Tokio, y que debía reflejar adecuadamente las subculturas de las geishas y el sadomasoquismo. Sin embargo, este enfoque chocaba con el Código Penal del país, que prohibía expresamente toda forma de obscenidad. Durante el rodaje, que tuvo lugar entre finales de 1975 y principios de 1976, los protagonistas, Eiko Matsuda (joven actriz y modelo casi debutante en el papel de Sada, surgida tras un exhaustivo casting) y Tatsuya Fuji (intérprete más veterano que interpretaba a Kichizo, un papel que antes rechazaron numerosos actores profesionales) realizaban actos sexuales no simulados, incluyendo sexo oral, eyaculaciones y penetraciones genitales con objetos y alimentos. Todas estas cosas eran, por supuesto, impensables en el cine comercial japonés. Pero en Francia acababan de eliminarse las restricciones legales a la producción de porno, lo que llevó a Oshima a plantear su obra como una coproducción francesa bajo el lema “hagamos algo hardcore”. De modo que, a medida que rodaba, iba enviando los rollos al país europeo para su revelado y montaje, con lo que las autoridades japonesas no tuvieron constancia de lo que sucedía en el set. Oshima filmaba sus escenas sin visionados del material previo, y cuando pudo ver una primera proyección de la película llegada de París, ya con el rodaje muy avanzado, respiró aliviado ante la calidad de las imágenes. La cinta llevaba por título original Ai no Korida, traducible como “La corrida del amor”. Con ello se hacía referencia a la tauromaquia, y por tanto al evidente paralelismo entre el acto sexual extremo que ocupaba el centro de la historia y la muerte y mutilación del toro en el ruedo. Sin embargo, como títulos internacionales se eligieron L’empire des sens (en francés, “El imperio de los sentidos”) y In the Realm of the Senses (“En el reino de los sentidos” en inglés), menos connotados culturalmente y también menos equívocos. En ella se contaba la obsesión mutua entre Sada y Kichizo, la exprostituta y el camarero casado que se embarcaban en una pasión cada vez más obsesiva y excluyente que los abocaba a un desenlace violento. El amor y el sexo se trataban, por tanto, como fuerzas al mismo tiempo revolucionarias y destructivas. En principio -y dejando aparte la cuestión del sexo explícito- nada que no se hubiera abordado antes desde el cine negro. Sin embargo, había dos aspectos que la convertían en una obra insólita, un espécimen único en su género. Uno era el peculiar clima lírico que aunaba el fatalismo con la sensualidad y la crudeza, gracias a una puesta en escena de una exquisita belleza plástica. Y otro, más revolucionario aún, era la evolución de la pareja protagonista, que invertía sus roles a medida que su relación avanzaba. Así, Sada pasaba de ser una mujer sumisa definida por el molde de la cultura tradicional japonesa a adoptar un papel mucho más activo y terminar llevando las riendas, mientras que Kichizo se iba entregando gradualmente a ella y a su propio destino. Esta subversión de la lógica y de los valores culturales de la nación japonesa constituía un material tan inflamable o más que el contenido sexual de los planos. Oshima no solo había desafiado las normas de lo representable, sino las propias bases de la sociedad de su tiempo. El imperio de los sentidos se proyectó fuera de concurso en la sección Quincena de Realizadores del festival de cine de Cannes de 1976, y de inmediato se convirtió en uno de los acontecimientos de una edición nada tacaña en ellos (Taxi driver de Scorsese, Novecento de Bertolucci o El inquilino de Polanski fueron otros de los hits de aquel año). De “nuevo clásico del cine erótico” la calificó Antonio Lara, enviado de EL PAÍS al festival de Cannes, que se hacía eco del arrebato que había generado en la Croisette, y la vinculaba con la literatura de Georges Bataille: “Por su representatividad, hubiera podido estar muy bien en la selección oficial, si no hubiera sido por la increíble franqueza en las escenas, de intercambio sexual, más propias de la estética del porno“, afirmaba. A partir de entonces se desataron los debates, muy típicos de la época, sobre los límites entre arte y pornografía. Aquel mismo otoño se estrenó en los cines comerciales franceses, para sumarse al fenómeno de filmes de contenido erótico y perfume de escándalo que las clases burguesas y populares abrazaron por la época, a veces bajo coartadas artísticas. El imperio de los sentidos sucedía a El último tango en París (1972), La gran comilona (1973), Cuentos inmorales (1974) o Emmanuelle (1974). Pero la de Oshima era la única de estas películas en la que los actos sexuales son eran simulados. A esto se sumaba el elemento exótico orientalista, que sería explotado después en subproductos como Los frutos de la pasión (1981), del también japonés Terayama Shuji, con Klaus Kinski. En una Europa ávida de sexo en las salas mainstream y de arte y ensayo, la cinta fue un colosal éxito de taquilla, y la popularidad de Oshima se propulsó de inmediato. Durante su periplo por los festivales internacionales, la película no se libró de los incidentes. El Servicio de Aduanas estadounidense retuvo una copia enviada para su participación en el Festival de Cine de Nueva York de 1976, y hasta el año siguiente los tribunales no permitieron que se exhibiera, de manera restringida y al arbitrio de las ordenanzas locales. En el Reino Unido se estrenó con cortes, y solo desde 1991 pudo proyectarse en versión íntegra. Y en España la película pudo verse como parte del programa de varios festivales, pero su exhibición en salas se prohibió en primera instancia -como ocurrió con otra cinta de aquel año, Salò, la obra póstuma de Pasolini- y no llegó a los cines hasta 1980. Seis años más tarde fue objeto de un mediático pase de viernes noche en Televisión Española; se esperaba tal impacto social que EL PAÍS investigó su repercusión en la hostelería y el ocio nocturno, pero la principal reacción llegó de la Asociación de Espectadores de Televisión, que emitió un duro comunicado que concluía: “Una televisión pública nunca puede ser fomentadora de la inmoralidad o de los bajos instintos humanos”. Y después cargaba contra el entonces director del canal, José María Calviño (padre de la economista y política española Nadia Calviño, actual Presidenta del Banco Europeo de Inversiones): “El señor Calviño pasará a la historia televisiva, reservándose además el honor de haber iniciado la televisión de peor gusto de Europa”. En Japón, la distribución de la película se vio obstaculizada por la batalla legal que se desarrolló a su alrededor. El director fue acusado en los tribunales de distribuir materiales obscenos que corrompían la moral del público con la película y con un libro de imágenes que se editó a partir de ella. En su defensa, el propio Oshima testificó que nada de lo que allí se mostraba era obsceno, sino que la obscenidad estaba precisamente en lo que quedaba oculto. Finalmente, en 1982, y tras sucesivas apelaciones, el cineasta fue absuelto de los cargos por motivo de las intenciones artísticas de la película. A partir de entonces se permitieron la proyecciones públicas, siempre que las escenas donde se mostraban genitales fueran suprimidas o difuminadas. Durante décadas, en Japón el vello púbico y los órganos sexuales de sus planos siguieron mostrándose pixelados. Esta situación persistió hasta 2009. También merece destacarse el impacto de la película en las posteriores carreras de sus protagonistas, por lo que confirma sobre los prejuicios de género que durante mucho tiempo han seguido operando en la sociedad japonesa y fuera de ella. La actriz Eiko Matsuda quedó para siempre asociada a su personaje, y en su país natal sufrió un intenso rechazo social que la llevó a trasladarse a Europa. Pese al éxito que obtuvo por la película, solo participó en un puñado de rodajes, el último de ellos en 1982. En cambio, su coprotagonista masculino, Tatsuya Fuji, siguió desarrollando una larga y fructífera carrera junto a directores de prestigio como Takeshi Kitano, Kiyoshi Kurosawa o Naomi Kawase; en 2023 obtuvo el premio al mejor actor en el festival de San Sebastián por interpretar a un profesor con demencia senil en la cinta Great Absence, de Kei Chika-ura. Por su parte, Nagisa Oshima se convirtió en un director de prestigio mundial. Dos años más tarde, y ya entrando por la puerta grande de la sección oficial a concurso, presentó en Cannes otra película cuyo título original era El espectro del amor, pero que fue rebautizado como El imperio de la pasión para que su distribución internacional se beneficiara del eco de la obra anterior. En esta ocasión se trataba de una historia fantástica sobre unos amantes que asesinan al marido de ella, que vuelve para atormentarlos en forma de fantasma. El jurado del festival le otorgó el premio a la Mejor Dirección (el mismo que este año han logrado Javier Calvo y Javier Ambrossi por La bola negra), mientras que la Palma de Oro fue para la elegía campesina de El árbol de los zuecos, de Ermanno Olmi. Después, sin perder su prestigio de gran autor, desarrolló una carrera desigual y no demasiado prolífica; algo sorprendente, ya que antes de El imperio de los sentidos había dirigido 18 películas en solo 16 años. Hasta su muerte en 2013 mantuvo como constante en su obra la exploración del universo de las pasiones y el deseo poco normativo. Feliz Navidad, Mr. Lawrence (1983) trataba sobre homosexualidad, muerte y choques culturales en un campo de prisioneros de Japón en la II Guerra Mundial; Max, mi amor (1986) se centraba en una mujer burguesa (Charlotte Rampling) enamorada de un chimpancé (con Victoria Abril en el papel de una criada); y Gohatto (1999) estaba ambientada en el entorno de los samuráis para retratar su vertiente más gay. Todas ellas se presentaron en Cannes, pero no obtuvieron premios oficiales. La influencia posterior de la película se aprecia en autores como Gaspar Noé (que ha reconocido su deuda con Oshima, sobre todo en películas como la polémica Irreversible y Love) o Pedro Almodóvar (cuya Matador también estaba imbuida de una densidad climática de erotismo y muerte). Asimismo, se han producido después otras películas comerciales de cine de autor que han incluido actos sexuales no simulados, muchas de ellas entre finales del pasado siglo y la primera década del actual: entre las más célebres están Romance (1999), Fóllame (2000), Intimidad (2001), The Brown Bunny (2003), 9 Songs (2004) o Shortbus (2006). En cuanto a la auténtica Sada Abe, en la que se basaba la protagonista de la película, se convirtió en una celebridad a partir de sus declaraciones ante el tribunal que la juzgó por asesinato. Las actas del juicio se publicaron en forma de libro para convertirse en un best-seller. Y ella fue condenada a prisión, de donde salió en 1941, convertida para algunos en heroína contemporánea y para otros en abominación humana. En 1947 publicó su autobiografía, con gran éxito. Estos libros se sumaron a los numerosos artículos y estudios sobre su persona, y sobre el caso en general, emitidos desde enfoques psicoanalíticos, sociales o filosóficos. Después, Sada desapareció de la vida pública, y no volvió a saberse nada de ella salvo por su aparición en un documental de 1969. Sigue siendo una figura mítica en su país, donde genera la fascinación de todo aquello que es al mismo tiempo incomprensible y familiar. Como el sexo mismo.
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