La esperanza de una aparición discreta se desvaneció apenas Jonathan Andic llegó a un juzgado a las afueras de Barcelona. Esposado, con la cabeza gacha y escoltado por cinco agentes de los Mossos d’Esquadra, subió las escaleras entre el sonido incesante de las cámaras. Poco más de dos horas después quedó en libertad bajo fianza. El copropietario y vicepresidente de Mango, de 45 años, fue interrogado por los hechos que rodearon la muerte de su padre, el fundador de la compañía, Isak Andic. Era el giro más reciente de un caso que comenzó el 14 de diciembre de 2024, cuando Isak cayó durante una excursión con su hijo en las montañas catalanas. El desenlace dependerá ahora de si el juez decide acusar formalmente a Jonathan y sentarlo en el banquillo por asesinato. Jonathan Andic ha negado cualquier acto indebido y la familia —incluidas sus dos hermanas y un tío paterno— reiteró su inocencia tras la declaración del martes. Pero la espectacularidad de la detención ha vuelto a poner el foco en España sobre la disputa sucesoria en uno de los grandes grupos de moda del país y, sobre todo, sobre la difícil relación entre un multimillonario hecho a sí mismo y su hijo.

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