El ritmo de vida de Manuel es todo lo calmado que la sociedad le permite. Le gusta pasar tiempo en su casa a solas, detesta las aglomeraciones que se pueden dar en bares o macrofestivales y prefiere relacionarse con dos o tres personas a la vez como máximo. Además, si socializa durante un tiempo prolongado, luego necesita volver a su soledad para recuperarse. “Es como si mi cabeza no diese más de sí”, dice a elDiario.es. Estas características le definen como introvertido, algo que identificó cuando ya estaba en la universidad. De niño o adolescente ya notaba que era menos sociable que el resto, pero el adjetivo que le adjudicaban era “rarito”.
Cuando era niño, Jesús prefería jugar en grupos reducidos o solo con sus mejores amigos aunque realmente lo que prefería era que le dejasen “leer tranquilo”. “Con los años me di cuenta de que en realidad era bastante sociable, con facilidad para hacer amigos, conocer gente y moverme en grupos grandes. No sufro cuando tengo que socializar”, comenta. Pero hay una parte de esa introversión que permanece: no le importa estar solo y ya ha perdido ese FOMO propio de la adolescencia que le forzaba a salir de casa y relacionarse de forma expansiva para no sentirse marginado.













