Esta es la versión web de Americanas, la newsletter de EL PAÍS América en la que aborda noticias e ideas con perspectiva de género. Si quiere suscribirse, puede hacerlo en este enlace.La condena definitiva al actor Juan Darthés por abuso sexual contra la actriz Thelma Fardin se vivió en Argentina como una enorme victoria. Siete años y medio después de aquella conferencia de prensa de diciembre de 2018 en la que Fardin contó llorando los abusos sufridos cuando tenía 16 años y Darthés 45, la sentencia a seis años de prisión no solo representa una reparación para ella; también funciona como una esperanza dentro de un sistema donde las mujeres todavía encuentran enormes obstáculos para denunciar violencias y, sobre todo, para que les crean.Cuando Thelma habló públicamente acompañada por el colectivo Actrices Argentinas, ocurrió algo inédito. La línea contra el abuso sexual en las infancias recibió un 1200% más de llamadas y las consultas a la línea de atención para víctimas de violencia de género aumentaron un 123%. El caso fue leído como el comienzo del MeToo argentino. Pero también dejó otra evidencia: sola, probablemente no hubiese sido escuchada con tanta contundencia.Antes que ella, otras tres mujeres —Calu Rivero, Ana Coacci y Natalia Juncos— ya habían denunciado situaciones de acoso y abuso por parte de Darthés. Todas relataban escenas similares. Todas repetían la misma frase atribuida al actor: “Mirá cómo me ponés”. Ninguna logró credibilidad ni apoyo mediático. Incluso fueron demandadas por Darthés por calumnias, injurias y daños a la imagen.Thelma sí logró quebrar la desconfianza porque apareció una estrategia colectiva capaz de sostenerla: “Yo me acerqué a este colectivo de mujeres actrices y ellas pensaron: ‘Tenemos que estar todas’. O sea, fue una construcción colectiva”.El cuestionamiento nunca estuvo solo en el acusado, sino también en la víctima. Qué hizo. Cómo reaccionó. Por qué tardó. Por qué habló. Por qué calló. Uno de los jueces del fallo condenatorio lo sintetizó con claridad: “La responsabilidad que le adjudican a una niña de 16 años es exactamente a la inversa. ¿Por qué se preguntan por qué ella obró de tal modo y no se preguntan por él, que era un adulto de 45 años?”.La sospecha sobre las mujeres suele atravesar todo el proceso judicial y social. Thelma fue sometida a años de ataques, especialmente en redes sociales. “Siempre estuvo esa intención clara de demonizarme. Me parece que el mensaje va más allá y es silenciarnos”, dice Thelma. Es que no se trata solamente de desacreditar a una mujer que denuncia, sino de enviarle un mensaje al resto.El silencio que persisteLos datos muestran que el verdadero problema no es un exceso de denuncias falsas, sino el silencio. Solo una de cada cuatro mujeres que sufre violencia denuncia. Estadísticas de Argentina muestran que menos del 20% de las víctimas de feminicidio había acudido antes al sistema judicial. En delitos sexuales, la tasa de denuncia ronda apenas el 12,5%.La Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema registró entre 2020 y 2024 más de 25.000 denuncias de mujeres por violencia doméstica. El dato más impactante no es la cantidad, sino el tiempo: el promedio de vínculo con el agresor era de diez años y el de maltrato, de siete. Es decir, cuando una mujer denuncia, generalmente llega después de años de violencia sostenida.Mariela Labozzetta, al frente de la Unidad Fiscal Especializada en Violencia Contra las Mujeres (UFEM), lo explica muy claro: “Las mujeres no acuden al sistema de justicia. Y no denuncian por muchas razones: porque todavía hay desconfianza muy alta, porque la pasan muy mal, porque los procesos son largos, agobiantes y tortuosos”. Pero señala algo todavía más profundo: “La razón de la impunidad de muchos casos es que se inician con una desconfianza en relación con el relato de la víctima, lo que no pasa con otros delitos”.La fiscal describe un mecanismo cultural profundamente arraigado. Cuando alguien denuncia un robo, nadie pone automáticamente en duda su relato. En cambio, cuando una mujer denuncia violencia de género o abuso sexual, aparecen sospechas inmediatas: que miente, que exagera, que busca fama, dinero o venganza. “El testimonio de una víctima parte de menos diez en relación con el testimonio de cualquier otra víctima de otro delito”, resume Labozzetta.Construcción colectivaPor eso la construcción colectiva se volvió, muchas veces, la única forma posible de romper el descreimiento. Pasó con Thelma. Pasó también con el reconocido periodista Pedro Brieger. En 2024 cinco mujeres denunciaron situaciones de acoso sin obtener repercusión pública. Recién cuando 19 periodistas hablaron juntas, acompañadas por el colectivo Periodistas Argentinas en el Senado de la Nación, sus relatos fueron escuchados y llevados a los medios de comunicación.La misma lógica aparece en el caso del director técnico Diego Guacci. Varias futbolistas denunciaron situaciones de acoso y abuso. Cinco jugadoras llegaron incluso a presentar el caso ante la FIFA, que consideró verosímiles los relatos, pero no aplicó sanciones por considerar insuficientes las pruebas. Ahora, otras tres mujeres fueron también al Senado de la Nación a relatar más situaciones y acosos por parte del DT. Y, aun así, persiste cierto descreimiento.Para Natalia Gherardi, directora ejecutiva del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), está justo ahí el problema: “Es muy difícil que a las mujeres les crean cuando expresan que han vivido situaciones de violencia o acoso, sobre todo cuando se trata de personas públicas. Por eso las denuncias toman más fuerza cuando las voces de varias se unen, aportando no solo testimonios diversos, sino también apoyo emocional y simbólico”.La construcción colectiva, entonces, no es solamente una herramienta política: muchas veces es una condición de posibilidad para ser escuchadas. Gherardi advierte que ese escenario vuelve especialmente preocupantes los proyectos legislativos que buscan criminalizar a quienes denuncian violencia de género. “Es tan peligroso que haya proyectos de ley que buscan criminalizar a las mujeres bajo la premisa de que ‘hay muchas denuncias falsas’. Se prefiere alimentar la idea de que las mujeres mienten antes que preguntarse cómo debería investigar el Estado de manera más eficiente”.Las “denuncias falsas”En ese contexto aparece el proyecto de ley sobre “falsas denuncias”, impulsado por Andrea Robledo —esposa de Guacci— junto a la senadora Carolina Losada. La iniciativa propone endurecer las penas, de tres a seis años de prisión, específicamente para denuncias vinculadas a violencia de género, abuso sexual o situaciones que involucren a niñas, niños y adolescentes.El problema no es solamente jurídico. Es simbólico. Porque el proyecto se construye sobre la idea de que existe una ola de mujeres denunciando falsamente. Pero las estadísticas dicen otra cosa.Un informe del Observatorio de Violencia de Género de los Ministerios Públicos Fiscales de todo el país, elaborado sobre más de 8 millones de investigaciones penales entre 2023 y 2025, concluyó que las denuncias falsas representan apenas el 0,09% del total. Y que solo el 8% corresponde a casos de violencia de género o intrafamiliar.Gherardi advierte además sobre el peso discursivo de la palabra “falsa”: “Aplicada a las denuncias de violencia de género, exclusivamente a esas denuncias entre todos los delitos posibles, esa palabra hace más trabajo del que parece: presenta un fenómeno excepcional como si fuera sistémico, instala una sospecha donde debiera existir una política pública y convierte en presunta mentirosa a la persona que todavía no se animó a pedir ayuda”.Labozzetta coincide en que estos proyectos forman parte de una avanzada regional basada en “estadísticas inexistentes”. Y alerta sobre sus consecuencias: “Un proyecto de estas características no viene a solucionar un problema real del sistema de justicia. Pero sí interviene sobre un problema muy grave: que todavía las víctimas no acuden al sistema de justicia como debieran”.El riesgo es evidente. Si denunciar ya implica miedo, exposición y desgaste emocional, la amenaza de terminar presa por no poder probar un abuso puede convertirse en un mecanismo de silenciamiento todavía más potente.Por eso la condena de Darthés se vive como una victoria. No porque cierre una discusión, sino porque demuestra que, incluso en sistemas resistentes, la verdad puede imponerse. Lo cierto es que, para llegar, se necesitó una red enorme de sostén. No debería ser la norma que, para muchas mujeres, la única manera de ser escuchadas sea no hablar solas.
El caso de la actriz Thelma Fardin y la condena de seis años de cárcel a su abusador
El proceso fue leído como el inicio del #MeToo argentino. Pero también dejó otra evidencia: sola, probablemente no hubiese sido escuchada con tanta contundencia












