La semana pasada se celebró en Mountain View, California, la conferencia anual de Google para ­desarrolladores, donde la empresa presenta sus novedades.El anuncio más importante fue que su buscador dejará de ofrecernos una lista de enlaces como resultado: la inteligencia artificial (IA) de Google generará páginas de respuesta a medida para cada pregunta. Dos mil quinientos millones de personas ya vemos respuestas generadas por IA cuando hacemos una búsqueda en Google. La pregunta es qué pasará con las webs que hasta ahora visitábamos.La mano de Adam Smith puede que fuera invisible; la de Google, no tantoNo lo sabemos, pero sabemos lo que ya pasa. Según los datos de Chartbeat sobre más de 2.500 webs de editores, el tráfico procedente de las búsquedas de Google ha caído un 33% en un año. En Estados Unidos, un 38%. En los editores pequeños, un 60% en dos años. La explicación es sencilla: si la respuesta ya la da Google generada con IA, ¿qué incentivo tiene el usuario para visitar la web del creador del contenido original? Menos visitas significan menos ingresos, y por tanto, menos contenido original, y menos material de calidad con el que entrenar el modelo. Una espiral que se alimenta de su propia destrucción.Entrevistado en el pódcast Hard Fork de The New York Times durante la conferencia, el consejero delegado de Google, Sundar Pichai, explicó que pese a los cambios, el modelo económico seguirá siendo mixto, de suscripción y publicidad: “Las reglas de Adam Smith no cambian en este nuevo mundo”, remachaba.Pero las normas de Adam Smith presuponen competencia entre muchos actores en un mercado abierto. Google —declarado monopolio por un tribunal federal en el 2024— controla el 90% de las búsquedas, y ahora, con su IA, genera también la respuesta. No recuerdo haber leído que la “mano invisible” controlase a la vez el acceso, la producción, la distribución y la publicidad. El concepto clave aquí no es Adam Smith sino “nuevo mundo”.Según un estudio del Pew Research Center publicado en abril pasado, solo­ el 17% de los estadounidenses cree que la IA tendrá un efecto positivo en los próximos veinte años. No parece que sea por tecnofobia, sino más bien por la intuición correcta de que la misma herramienta que nos hace más productivos nos hace, a la vez, más prescindibles (como los tornos mecánicos o el Excel). El periodista que utiliza la IA para documentarse y redactar borradores hace el trabajo de tres en la mitad de tiempo, pero sabe que su periódico necesitará menos periodistas. El programador que utiliza asistentes de IA escribe código mejor y más rápido, pero ve cómo el equipo se reduce. La productividad individual y la supervivencia profesional ya hace tiempo que se desacoplaron.Pichai dice que en la carrera de la inteligencia artificial los días parecen años. Y tiene razón. Pero para los editores, los periodistas, los programadores y los creadores en general, es un poco diferente: años de trabajo que se esfuman en días.