Durante la década revolucionaria iniciada en 1810 la idea de libertad modula, varía sus horizontes. Principia un nuevo proceso sociopolítico y, tras siglos de opresión, había que precisar eso de “ahora somos libres”.Mayo fue –con otros alzamientos en América– una potente campana de largada y “el pueblo quiere saber de qué se trata”, su consigna: fin de los reyes “soberanos” y retroversión de la soberanía en el pueblo.Hagamos un rápido paneo. Belgrano, jefe del Consulado, dice que, ante los sucesos europeos, “se avivan las ideas de libertad e independencia en América y los americanos empiezan por primera vez a hablar con franqueza de sus derechos”.Cuando la situación se precipita fue “llegado el caso de trabajar por la patria para adquirir la libertad e independencia deseada”. Para Moreno, se trataba de establecer un nuevo pacto social, una “constitución, del Estado” para “proclamar la república inspirada en principios de libertad e igualdad” y establecer “una soberanía ‘indivisible, e inalienable’ como fundamento de la voluntad general” (Goldman); condición sine qua non el ejercicio de la “libertad de escribir”, sin censura.Memora: “Sabios que intentaron hacer la felicidad de sus compatriotas fueron víctimas del furor con que se persigue la verdad, el signo más característico del hombre de bien, virtuoso, del verdadero amante de la libertad”.El Decreto de supresión de honores de diciembre de 1810 enfatiza que la libertad se sostiene sobre la igualdad para sostener los “principios liberales” que, a su vez, exige, el fin de todo privilegio para los gobernantes. “Si deseamos que los pueblos sean libres, observemos religiosamente el sagrado dogma de la igualdad”.Castelli en su Proclama de Tiahuanaco sostiene que “los indios son y deben ser reputados con igual opción que los demás habitantes nacionales por la igualdad de derechos de ciudadanos”.Belgrano, entretanto, acepta la libertad del Paraguay y, en el Litoral, Artigas inicia una vía autonómica con un modelo que aúna república y federalismo: promueve la soberanía de los pueblos, la independencia de toda potencia extranjera, y la igualdad social y libertad civil, incluyendo los derechos de los más humildes, indígenas y campesinos.“Con libertad no ofendo ni temo”, resume el Protector de la Liga de los Pueblos libres.La Asamblea del año XIII crea símbolos identitarios y toma medidas “libertarias” (en su sentido clásico): la libertad de vientres y el decreto de abolición de los tormentos, medidas que se suman a la supresión del Tributo Indígena, “el hecho más irritante, que pudo privarlos desgraciadamente de su libertad”.San Martín gobierna Cuyo y Güemes, en febrero de 1815, “sexto de la libertad americana”, proclama al pueblo salteño: “Patriotas: confiad en los campeones, que tengo el honor de mandar (…) estos brazos fuertes e incorruptibles os darán la libertad a que anheláis y la seguridad que deseáis”.En Tucumán, la libertad se consuma como independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica para poner fin a “300 años de vejaciones (despotismo, ferocidad y prepotencia)”, como destaca El Redactor del Congreso.El 19 de julio se precisa la fórmula aprobada del 9: seremos independientes “del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y de toda otra dominación extranjera”. San Martín –el Libertador– repetirá esa identificación: “¡Chilenos amigos y compatriotas!: el Ejército de mi mando viene a libraros de los tiranos que oprimen este precioso suelo” y, en 1820, anunciará: “voy a emprender la grande obra de dar la libertad al Perú”.Al interior “argentino” los movimientos federalistas se robustecen. En Santa Fe, López afirma la primera constitución en 1819, “una República en el corto seno de nuestro territorio” y subraya: es acto esencial “de la libertad del hombre el nombramiento de su caudillo”. Al año siguiente sucumbe el poder central y “Pancho” Ramírez escribe: “todas las provincias están en libertad, decididas para sostener sus derechos sacrosantos”.Repasemos. Con la Primera Junta, la libertad es autogobierno, librecambio, prensa libre, educación, y una primera propuesta de “constituirnos”; desde 1811 es guerra contra el imperio y comienzo de las autonomías regionales; en el año 13, con Vieytes y Monteagudo, es “ciudadanos”, himno, moneda, escarapela, escudo, inclusión del aborigen y principio del fin de la esclavitud; con Artigas, federación; en Tucumán, independencia plena; con San Martín y O’Higgins causa americana y ejércitos formales y con Güemes, Padilla-Azurduy en el Alto Perú y Manuel Rodríguez en Chile, como guerrilla popular y ruralización. Por fin, con López, Bustos, Ramírez y Aráoz, libertad deviene en autonomías provinciales y hasta efímeras repúblicas.En diez años este abanico expresa un cambio de régimen político y sujetos sociales con matriz compartida, que comprometió la lucha y vida de miles de americanos (criollos, mestizos, indios, libertos y hasta europeos como Brown y Bouchard), que encarnaron una causa común: la libertad con su valor polisémico.Recoger ese legado es afirmar que la libertad implica independencia plena –porque sí es posible lo opuesto–, vigencia y ampliación de derechos sociales, búsqueda de la igualdad y la justicia; educación, salud y obras públicas, transparencia en la gestión, rendición de cuentas y pertenencia americana.Para que no sea un término abstracto y sí contextuado, vale que resuene aún el clamor de Mme. Roland al pie del cadalso: “¡Oh Libertad!, ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”.