El periodista, 92 años, bastón en mano, espera erguido, con una sonrisa cálida, muy propia de su rostro, a metros de la puerta de entrada. Mediodía soleado y templado en el inicio del otoño de Buenos Aires. Gabriela baja del auto y camina decidida. Se dan un abrazo sentido y, a la vez, con la distancia propia de dos personas que se vieron una única vez, cincuenta años atrás, el 31 de mayo de 1976.

—Me acuerdo perfectamente de tu abuelo, un hombre valiente.

—Gracias por todo.

Gabriela Schroeder y su tío Damián Schroeder viajaron desde Montevideo para este encuentro. Es 28 de marzo y Robert Cox está a punto de regresar a Charleston, Carolina del Sur, donde vive varios meses al año. Suele permanecer en Buenos Aires durante los actos de conmemoración de las víctimas del terrorismo de Estado.

En aquella ocasión de 1976, Gabriela Schroeder y sus dos medios hermanos, Victoria y Máximo Whitelaw, acababan de ser liberados tras girar por casas de represores y el centro clandestino de detención de la calle Bacacay, en Flores, destinado a víctimas de países del Cono Sur. Gabriela tenía cuatro años, Victoria, uno, y Máximo, tres meses. La madre de ellos, Rosario Barredo, y el padre de los dos más pequeños, William Whitelaw, habían sido desaparecidos y luego asesinados junto a dos prominentes políticos uruguayos, Héctor Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini.