El título de este post podría ser la última frase de uno de esos miles de libros que Everilda Ferriols, Eve para los amigos, leyó y ordenó a lo largo de su vida. Lo de leer era su gran pasión, y también escribir (era muy buena en el oficio); lo de ordenarlos era su trabajo como bibliotecaria funcionaria de la Generalitat Valenciana. Como amaba tanto los libros, y lo que en ellos encontraba, cuidarlos y ubicarlos en las estanterías adecuadas no le suponía ningún problema, lo disfrutaba: “me encanta tocarlos”, decía.Foto de Eve cedida por su hijaLVEEn nuestra última conversación, sentados en una mesa de una cafetería cerca del Botànic, hará unas cuatro semanas, dedicamos un tiempo a hablar de las obras que jamás abandonaríamos en la peor circunstancia. Y nos dimos cuenta de que era imposible elegir, porque el número era tal que con dos brazos no podríamos abarcar tantos títulos y autores. Por eso dijimos de emplazarnos para realizar este juego en una próxima cita, alrededor de una paella y con nuestras “amigas”. No podrá ser, porque Eve falleció el viernes por la noche.Conocí a Eve gracias a mi amiga Jose García, periodista y funcionaria también de la Generalitat. Me propuso una idea: publicar todos los domingos una reseña de un libro escrito por un autor o autora, editor o editora, valenciano, ya fuera ensayo, historia o novela. Una sección que lleva por título “Damas y tramas”. Quedamos en que el grupo estaría formado solo por mujeres, y cada una sacaría su columna según su turno cada domingo. José García conocía a Eve porque habían trabajado juntas en la Biblioteca de San Miguel de los Reyes, y me habló de ella: “Salva, lo ha leído todo y es una gran escritora”.Dicho y hecho, contacté con Eve y aceptó de inmediato. Se incorporaron al grupo Esther Barceló, Laia Bernet, Anna Enguix, Lola Carrasco, Mamen Monsoriu, Esther Guilabert, Jose García y la propia Eve. Estas eran “las amigas” a las que hacíamos referencia. Era el deseo de convocarnos para hablar de literatura y de esas otras cosas que, bien planteadas, nos hacen felices en la vida.La primera vez que estuve con Eve los efectos del cáncer, y sus duros tratamientos, ya eran perceptibles en su persona. Pero ella hablaba de su circunstancia con una naturalidad que me sorprendió. Apenas le daba mayor importancia, porque lo que deseaba era hablar de literatura y de escritura. Recuerdo que, tras aquella primera charla, me animé a escribir relatos cortos que le mandaba esperando su crítica antes de publicarlos en La Vanguardia. Y fue ella la que más me empujó a un ejercicio que, al menos en mi caso, tiene un efecto balsámico en la medida en que me permite escapar de la cansina descripción de la realidad, y de la actualidad, que exige mi oficio.Creo, incluso, que abusé de su generosidad, pues no había texto que no le pasara esperando su opinión. Fue también ella la que ofreció su punto de vista sobre el ensayo que publiqué el pasado año con Barlin Libros, “Las periferias mudas”. Desde aquella primera cita se sucedieron los mensajes por WhatsApp y las conversaciones por teléfono. Como he comentado, quedamos hace unas tres semanas. Su aspecto físico había empeorado, pero durante la conversación asumí que la enfermedad estaba controlada. Me habló de los terribles efectos que había ocasionado la radioterapia en su cuerpo, de las quemaduras, de que debía seguir con la quimioterapia, pero en ningún momento pensé que la situación fuera ya tan delicada.Fue el pasado viernes por la tarde cuando Laia, patóloga especializada en tratamientos de cáncer, me mandó el mensaje: “Eve se está muriendo”. Una conversación con su hija confirmó que ya solo quedaba esperar el desenlace, que se produjo horas después. Y no puedo ocultar que sentí, más que tristeza, rabia; rabia por no haber conocido antes a Eve, por no haber compartido más conversaciones con ella, por, como dice una de las canciones de Bad Bunny, no haber hecho ninguna foto con una mujer que, en tan poco tiempo, logró despertarme tanto afecto y admiración.Los domingos suelo usar este “Diario de València” para hablar de política, principalmente. Pero hoy quería hablar de Eve, porque no dejo de pensar en ella. Su muerte me ratifica lo que llevo años pensando, conforme me hago mayor: que es un grave error no compartir todos los momentos posibles con quienes nos hacen sentir un poco mejor en este complejo y loco mundo.Hoy tampoco se publicará la sección “Damas y tramas”, por respeto a Eve y para que todo el grupo pueda recordar, por unos momentos, que entre nosotros tuvimos a una mujer extraordinaria que nos ha dejado. Seguro que a ella le hubiera gustado que este final fuese también una última página de novela. Una frase breve. Tal vez esta: “Y Eve se marchó...”, por eso la he elegido para titular esta columna.PD: La foto me la ha pasado su hija, me ha dicho que a su madre le encantaba. La verdad es que está muy guapa. Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991
Y Eve se marchó..., por Salvador Enguix
El título de este post podría ser la última frase de uno de esos miles de libros que Everilda Ferriols, Eve para los amigos, leyó y ordenó a lo largo de su vida. Lo de leer era su gran pasión, y también escribir (era muy buena en el oficio); lo de ordenarlos era su trabajo como...









