Opinión

Editorial

EditorialUna industria de cine activa y bien coordinada puede traer no solo más ojos a Guatemala, sino más empleos, más turismo, más proyección, más oportunidades: un nuevo guion de desarrollo.

Esta semana se estrenó Cordillera de Fuego, la más reciente película del laureado director guatemalteco Jayro Bustamante, en la aldea Chuk’muk, de Santiago Atitlán, Sololá, que aportó muchas de las locaciones de filmación, como un gesto de agradecimiento a la comunidad, pero también para poner el foco en el gran potencial de Guatemala como escenario cinematográfico, no solo para producciones locales, sino también internacionales.

Sin embargo, una de las barreras más grandes para el surgimiento o llegada de más propuestas de producción es una carencia nacional que se ha prolongado por demasiado tiempo: una ley de cine. En el Congreso se quedó varada la iniciativa 5906, en parte, por la falta de creatividad y criterio de los diputados, especialmente acerca del financiamiento del Instituto de Cine: pretendía cargar un impuesto de hasta US$3 por boleto aéreo desde el extranjero para sufragarlo. Tal disparate sería contraproducente, porque golpearía a la industria turística, y el fondo resultante sería inestable a causa de esa misma dependencia.