Ni Cristina hubiera pensado que Guillermo Francella podía salvarla en el juicio. En rigor, el posible salvador sería un émulo del exitoso actor que popularizó la serie “El encargado” como Eliseo, el ventajero y cínico portero –que no representa a la profesión, como dice el sindicato–, responsable del edificio donde ella vivía en Recoleta que, al pararse frente al juzgado, en su momento dijo lo que vio en reiteradas ocasiones (ingreso de bolsos y maletines) por parte del secretario de Néstor Kirchner, Daniel Muñoz, aparecido más tarde como un gran inversor en el real estate de Nueva York, Miami y hasta en Turks and Caicos. Cien palos, más o menos. Ahora, este trabajador cambió, ni Francella en la ficción se hubiera atrevido a tamaña audacia: sostiene que no vio lo que vio y, como si fuera uno de los grandes empresarios de la construcción que han modificado su juramento inicial, afirma que su primera declaración fue arrancada por la agobiante presión del fiscal Stornelli y del extinto juez Bonadío, ya convertido el magistrado difunto en esta etapa del juicio de los Cuadernos como una suerte del hijo del poeta Leopoldo Lugones, el jefe de Policía que introdujo la perversión de la picana eléctrica en el país. Los empresarios y sus cotizados estudios jurídicos contratados elaboraron una teoría común para la mayoría de los clientes del caso soslayando la ley: vale jurídicamente la expresión del “arrepentido que se arrepiente luego en sentido contrario”. Mentiroso hoy, mentiroso ayer. O viceversa. En el caso del “Francella” declarante, su nueva versión favorece en exclusividad a la viuda de Kirchner, si es que el tribunal la acepta con seriedad. Billetera mata galán, dicen en la calle y, en este caso, se supone que la mutación del encargado ha sido gratis y luego de revisar su conciencia, afectada porque los Kirchner le daban poca o nula propina –altamente probable– el testigo procedió a desmentir su inicial confesión y, con el mismo argumento de la tortura psicológica, le atribuyó al finado Bonadío y al fiscal Stornelli haberle amañado el arrepentimiento bajo amenazas. Tal vez, si solo le hubiera encajado los tormentos mentales al juez muerto, su nueva posición tendría más apoyatura judicial. Pero, como el Francella de la tele, se pasó de vivo, olvidando que Stornelli está vivo y habrá de rebatirlo, con el aditivo de que es particularmente puntilloso: en sus ratos libres es relojero, su pasión. Como el caso Cuadernos avanza hacia una fiesta de mentiras como forma de nulidad, sería interesante al menos incorporar un polígrafo, un detector de mentiras, que nada prueba pero al menos satisface el morbo. Y a la doctora Cristina Fernández de Kirchner, poderle hacer una única pregunta: “¿Usted vio los bolsos que estaban en un departamento del edificio?”. Habrá que ver si observó bolsos Myriam Quiroga, una ladera entrañable para Néstor Kirchner –se ocupaba en la Casa Rosada de algunas cuestiones personales del entonces Presidente–, quien, luego de la muerte del mandatario, señaló que vio bolsos con dinero; inclusive reveló que en alguna ocasión tuvo que comprar nueva marroquinería para traslados de esas encomiendas. Parece que el tribunal no puede encontrar el paradero de la Quiroga para convocarla, a quien Cristina hizo despedir apenas ipso facto murió Néstor y luego ni siquiera tuvo la fortuna de que la asistieran algunos amigos del finado para criar a sus hijos. Típico de esas amistades sureñas. El tribunal confía en que aparecerá ante la búsqueda y confiese lo que ya había manifestado al periodismo. O quizás se retracte de lo que dijo que había visto. Más subdesarrollo no se encuentra en el mundo de la mentira.
El encargado se olvidó de lo que vio (y el Gobierno, de lo que dijo)
En el juicio de los Cuadernos, testigos clave se retractan y empresarios cambian versiones. Mientras tanto, en la Casa Rosada, la falacia también encontró su propio departamento.











