Los humedales de medio mundo llevan décadas llenos de aves que parecen pintadas a mano. Los flamencos llaman la atención por las patas largas, por el pico curvado y por un color que casi nunca aparece en otros animales grandes. También tienen otra rareza poco conocida. Aunque casi todo el mundo los imagina rosas desde el nacimiento, las crías salen del huevo con un plumón gris blanquecino y pasan bastante tiempo lejos de ese tono fuerte que aparece en fotografías y documentales.

Esa transformación depende de algo tan básico como la comida. Los flamencos viven en lagunas con agua salada o alcalina y pasan buena parte del día filtrando organismos diminutos. Ahí empieza un proceso que cambia sus plumas durante años y que explica por qué unos ejemplares tienen tonos muy claros mientras otros muestran colores casi rojizos.

Los carotenoides tiñen las plumas según cambia la alimentación

Los flamencos adquieren ese color por sustancias llamadas carotenoides presentes en algas y pequeños crustáceos, según recoge IFLScience y también BBC Wildlife. El beta caroteno pasa de las algas a las gambas diminutas y otros invertebrados, y después llega al cuerpo de las aves cuando se alimentan. El organismo procesa esas sustancias en el hígado y termina depositándolas en la piel y en las plumas. Por eso los tonos pueden variar desde el blanco hasta el rosa fuerte o el naranja, según la especie y el lugar donde vive.