Empecemos por los hechos probados: Disclosure Day (El día de la revelación) es la película más esperada del verano. Su director y guionista, Steven Spielberg, dio esta semana detalles sobre su trama en uno de los últimos programas de Stephen Colbert: cuenta, dijo, la historia del robo de unos funcionarios “comprometidos con la verdad” de toda la información en manos del Gobierno “sobre ovnis y visitas extraterrestres”, así como los intentos desesperados del sistema para impedirlo.“¡Esta campaña de terror y mentiras de 79 años tiene que terminar!”, exclama en el tráiler el actor Colman Domingo. Esa referencia no necesita explicación para los amantes de la ufología: 79 son los años transcurridos desde el Incidente Roswell, el hallazgo de un granjero de Nuevo México de los restos metálicos de algo que el Ejército de Estados Unidos llamó primero un “platillo volante”, término que ingresó aquel verano de 1947 en el habla popular, y, al día siguiente, como un “globo meteorológico”. Aquel suceso inauguró la fascinación de los estadounidenses por los ovnis (UFO, en inglés). Casi ocho décadas después, un 56% de ellos da por hecho, según una encuesta de YouGov, que los extraterrestres “han visitado ya la Tierra”. En Washington hay estos días un nutrido grupo de políticos, periodistas, podcasters, influencers, militares, científicos y activistas que opinan, como el personaje de Domingo, que esa “campaña de terror y mentiras” no solo debe acabar, sino que está a punto de hacerlo. Uno de los más veteranos de la causa es Stephen Bassett. Lleva décadas ejerciendo como “activista político” para, al frente de una organización esencialmente unipersonal llamada Paradigm Research, lograr la desclasificación de la información sobre “vida extraterrestre” que está convencido de que obra en poder del Gobierno. Físico de formación, aterrizó aquí a mediados de los noventa, y pronto se hizo un nombre como el “primer lobista UFO registrado” para presionar en el Capitolio. En un edificio próximo a la Casa Blanca, trabaja en una oficina sin ventanas, pero forrada del suelo al techo con centenares de libros de ufología. En una de sus paredes, cuelgan las portadas del Roswell Daily Record correspondientes a aquellos dos días en los que el Gobierno cambió de idea. Bassett, uno de esos personajes que solo se dan en Washington, reclama su parte en la paternidad del concepto de “Revelación con R mayúscula” (disclosure, en inglés), que dice que empezó a usar en la primera década de este siglo y que toma prestado Spielberg, autor de las dos películas que más han hecho para la causa: Encuentros en la tercera fase, en 1977, y ET, cinco años después. “Solo le pido un cuarto de los beneficios de la nueva”, bromea Bassett. El estreno de Disclosure Day está previsto para el 12 de junio, cinco semanas después de que el 8 de mayo el Pentágono hiciera historia —de la verdad, para unos; de las cortinas de humo en un momento de extrema impopularidad de Donald Trump, para el resto— al desclasificar, por orden presidencial, un primer conjunto de 162 documentos sobre Fenómenos Anómalos No Identificados (UAP son sus siglas en inglés), que es como se empezó a llamar hace algunos años a los ovnis, palabra que cargaba su propio estigma tras décadas instalada en la cultura popular. Este viernes, se divulgaron otros 60 ítems. El conjunto lo forman imágenes, vídeos, cables diplomáticos y transcripciones de relatos de testigos que no ofrecen ninguna revelación extraordinaria, ni mucho menos, concluyente. Seguramente nada de todo esto habría sido posible sin Luis Elizondo, exalto cargo de inteligencia y agente especial que participó durante años en un programa del Gobierno de Estados Unidos, aprobado en secreto por el Congreso y destinado a investigar los avistamientos de UAP sobre instalaciones militares sensibles. Esos objetos pueden agruparse en tres grupos: fenómenos terrestres ordinarios (la inmensa mayoría: globos meteorológicos, diabluras de una cámara, ilusiones visuales...), terrestres extraordinarios (aviones espía o drones rusos o chinos capaces de proezas fuera del alcance del Ejército estadounidense) o extraterrestres (presencia alienígena).En 2017, “empujado a elegir entre defender la Constitución y la burocracia”, Elizondo decidió tirar de la manta. Renunció a su puesto y mandó una carta a sus superiores. “Se acumulaban los incidentes con UAP cerca de aeronaves y bases militares, y nadie hacía nada”, recordó el exalto cargo el jueves desde Wyoming en una videoconferencia con EL PAÍS. “Tenía dos opciones: quedarme y vivir frustrado, colaborando en un engaño al pueblo estadounidense, o dar un paso al frente y, sin revelar información clasificada, destapar el uso de dinero de los contribuyentes en el estudio de los UAP, que, sean lo que sean, vengan de donde vengan, están ahí”. Elizondo, que responde “sí”, a secas, a la pregunta de si ha llegado a temer por su vida en este tiempo, fue la fuente esencial de un artículo, publicado ese mismo año por The New York Times, que supuso un antes y un después en la legitimación del debate público sobre un asunto casi siempre relegado a las películas y las publicaciones en los márgenes. También participó en una de las dos audiencias explosivas celebradas en 2023 y 2024 en el Congreso. En ellas, dos militares retirados de alta graduación detallaron sus encuentros con aeronaves cuya tecnología defienden que no parecía de este mundo, mientras que el exoficial de inteligencia David Grusch declaró bajo juramento que el Pentágono tiene en su poder partes de naves alienígenas y “restos no humanos”. “La mayor parte de las veces hay explicaciones prosaicas”, admite Elizondo, “pero no estamos hablando de cuando tu abuela vio unas luces en el patio de atrás. Estos son pilotos entrenados para identificar en una fracción de segundo si están ante un F-16 o un Mig-23 que vuela a 20 millas de distancia”. Aquellas sesiones legitimaron en el Capitolio iniciativas, en nombre de la seguridad nacional y con apoyo de ambos partidos, como la Ley de Divulgación de los UAP, promovida por el líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer. Y prepararon el terreno para que en el último año miembros del Gobierno tan destacados como el secretario de Estado, Marco Rubio, o el vicepresidente, J. D. Vance, salieran del armario ufológico. Vance dijo en marzo en un podcast que vive “obsesionado con los ovnis” y que cree que “los alienígenas son demonios”, después de que el expresidente Barack Obama provocara un revuelo global al afirmar en otro podcast que los extraterrestres son “reales”, pero no están custodiados en la famosa Área 51. Horas después, Obama moderó su aseveración, pero ya era demasiado tarde para Trump, que el 16 de febrero, pocos días después de la salida del guion de su predecesor y un par de semanas antes de lanzar la guerra contra Irán, publicó un mensaje en el que ordenaba al jefe del Pentágono, Pete Hegseth, y a “otros departamentos y agencias relevantes” que iniciasen “la publicación de archivos relacionados con vida extraterrestre, y con fenómenos aéreos y objetos volantes no identificados”, asuntos, añadió, “altamente complejos, pero extremadamente interesantes e importantes”.“Están tanteando el terreno”, opina el lobista Bassett, que, a la luz del archivo con menciones en prensa que atesora y que suma “más de 9.000” entradas desde la exclusiva del Times, confirma que el interés “nunca ha sido mayor” que ahora. Cree que todo forma parte de un “proceso” que desembocará en el día en el que un “jefe de Estado” salga al mundo y “confirme la existencia de la existencia de la vida no humana”. “Los activistas estadounidenses preferimos que sea nuestro presidente el que haga el anuncio. Y tendría sentido, porque”, aclara, “el resto nos ha cedido el protagonismo en este asunto en los últimos 80 años”. Y eso explicaría por qué las noticias sobre supuesta vida alienígena casi siempre parecen salir de esta cultura dominante, con su inconfundible mezcla de inocencia, entusiasmo y paranoia.El “Movimiento de la Revelación”Ese día llegará lo que el lobista, hombre aficionado a las etiquetas, llama “el fin del embargo de la verdad”, y quedará inaugurada “la era posdivulgación”. Bassett suele hablar también de la “comunidad UAP” o del “Movimiento de la Revelación” para referirse a una constelación de creyentes en la que estos días se respira una mezcla de euforia tras décadas de ser ridiculizados como “tipos con gorros de papel de aluminio” y una cierta decepción.Elizondo destaca del primer lote los documentos de las misiones Apolo 12 y 17: “La NASA lleva 40 años diciendo que no tienen información sobre ovnis... ¿Y ahora resulta que sí la tienen?”. Pero pide paciencia: “No creo que [con las primeras desclasificaciones] estemos al principio del fin de esta conversación, sino al final del principio. Queda mucho camino por recorrer”. El periodista de investigación australiano Ross Coulthart, otro referente en esa comunidad, se mostró la semana pasada en una entrevista telefónica más duro con la actuación de la Administración de Trump. Definió como “completamente absurda” la liberación inaugural de papeles provenientes de varias agencias del Gobierno y alojados en una web del Departamento de Defensa (war.gov/ufo) que ya ha superado los mil millones de visitas. “Sé por fuentes de Defensa e Inteligencia que hay muchos más vídeos y fotografías de alta resolución, impresionantes y ontológicamente impactantes”, dijo Coulthart, que habló de una resistencia desde dentro del Gobierno y de “muchos contratistas privados” a cumplir con la promesa de Trump. El periodista, que lamenta que la Casa Blanca no esté “presionando lo suficiente”, teme que la desclasificación de los archivos UFO acabe como otras promesas incumplidas de Trump: de los archivos de Epstein, cuya difusión en diferido parece estar cumpliendo la función de distraer y narcotizar a la opinión pública, a los de los asesinatos de Martin Luther King o John Fitzgerald Kennedy, cuya muerte Coulthart sostiene sin pruebas que tuvo que ver con su “presión para revelar información sobre UAP”. Mientras esos activistas siguen pendientes de sus pantallas, gana adeptos en Washington la idea de que la decisión de Trump es una oportunidad irrenunciable para derribar los velos de eso que la tribu conspiranoica llama el “Estado profundo”. Aunque tal vez ninguna esté tan convencida como la congresista republicana Ana Paulina Luna (Florida). Al frente de una comisión llamada Grupo de Trabajo sobre la Desclasificación de Secretos Federales, Luna presiona lo mismo para arrojar luz sobre la red de delitos sexuales de Epstein que sobre el programa MK Ultra, con el que —eso sí está probado— la CIA experimentó en secreto con drogas psicodélicas para el control de la población. Tanta dedicación convierte a Luna, toda una outsider a su llegada al Congreso en 2023, en una política en perfecta sintonía con el estado mental del Washington de Trump, ciudad tomada por conspiranoias y cortinas de humo. Los congresistas Eric Burlison (Misuri) o Tim Burchett (Tennessee) completan el podio de quienes en el Capitolio han convertido en una cruzada personal la divulgación de los secretos gubernamentales sobre ovnis. Pero no están solos: un puñado de demócratas se ha sumado a esa misión. Elizondo define a unos y a otros como “héroes”. Luna, Burlison, Burchett y algunos de esos rivales asistieron en noviembre pasado a un pase de otro de los hitos de esta historia: el documental La Era de la Divulgación (en inglés: The Age of —de nuevo— Disclosure), producido y dirigido por Dan Farah, hombre de Hollywood apasionado desde niño por los enigmas extraterrestres.Se estrenó con gran éxito en Amazon (solo en venta o en alquiler, categorías en las que ha batido récords) y en un puñado de cines de Estados Unidos. Es una película de presupuesto generoso, alejada de los clásicos documentales sobre el tema, por eso y porque sus bustos parlantes no son activistas marginales, sino 34 altos cargos del Gobierno, el ejército y la comunidad de inteligencia estadounidense. Hablan congresistas como Burchett, un exsecretario de Defensa, y Rubio, que participa en calidad de senador y ahora es, además de secretario de Estado, consejero de Seguridad Nacional. En el filme, dice: “Hemos tenido repetidos incidentes de algo operando en el espacio aéreo sobre instalaciones nucleares restringidas, y ese algo no es nuestro”.Entre todos ellos, y con Elizondo como figura central, denuncian un “encubrimiento” por parte del Gobierno, así como “una guerra fría secreta” entre las potencias mundiales para descifrar, por la vía de la retroingeniería, todos los secretos de la “tecnología avanzada de origen no humano”. También achacan décadas de secretismo a un contubernio con las empresas privadas de defensa. “Cuando estábamos rodando el documental, ya confiaba en su enorme impacto, y en que forzaría al Gobierno a la desclasificación”, explicó la semana pasada por videoconferencia su director. Farah se mostró orgulloso de “haber clavado con ella el último clavo sobre el estigma” de los que, como él, creen en “ciertos hechos fundamentales”. “Que no estamos solos en el universo, y que el Gobierno de Estados Unidos tiene en su poder naves de origen no humano, y está inmerso en una competición con naciones enemigas para aprender sobre su tecnología”, dice.Una de las partes más interesantes del documental llega cuando los expertos se preguntan sobre qué impacto tendría un anuncio como el que el Movimiento de la Revelación espera. Por ejemplo, en las grandes religiones. O en la economía. Si el estrangulamiento de un estrecho en el golfo Pérsico ha logrado ponerla patas arriba... ¿qué pasaría si un jefe de Estado da la noticia que Farah considera “la más relevante de la historia”?Ante esa hipótesis, Helen McCaw, que trabajó como analista sénior en seguridad financiera en el Banco de Inglaterra, escribió en enero pasado a su gobernador actual, Andrew Bailey, para aconsejarle que diseñara planes de contingencia ante la posibilidad de que la Casa Blanca confirme que no estamos solos en el universo.De momento, Trump no parece tan concernido como McCaw ante las potenciales implicaciones de la espita que él mismo ha abierto. Como prueba de lo en serio que el presidente de Estados Unidos se toma el asunto, baste un post publicado en la red Truth esta semana. Es una imagen creada con inteligencia artificial, en la que se le ve caminar junto a la representación clásica (figura humanoide, piel grisácea, ojos grandes) de un extraterrestre esposado. Quien sea que la diseñara, añadió a la imagen el típico dedazo de las fotos hechas torpemente con el móvil. Y resultó lo más realista del conjunto: ¿quién no estropearía, de los puros nervios, una foto de Trump con un alienígena?
Secretos, ovnis y cortinas de humo: por qué Washington está obsesionado con los extraterrestres
La publicación de documentos sobre fenómenos sin identificar ordenada por Trump es fruto del trabajo de activistas, políticos y militares que llevan años presionando para acabar con lo que denuncian como un “embargo de la verdad”












