Dos años y medio después de la inauguración del (des)gobierno libertario sobran las evidencias para pensar que, lejos de venir a terminar con la “casta” político económica que desde el fin de la dictadura deterioró sin pausa los fundamentos de la democracia y de la república, lo que esta gestión consiguió es revalidarla, fortalecerla y unirse a ella. Figuras nefastas de esa casta están en el gobierno, y no en funciones menores, forman parte del oficialismo parlamentario y hacen fabulosos y a menudo turbios negocios bajo la mirada, la aprobación o el aliento del gobierno. Nadie en esa asociación de intereses, en la que ni los escrúpulos ni el bienestar de la sociedad son prioritarios, pagó los costos de un ajuste dogmático, impiadoso y estéril en cuanto a frutos visibles para el bien colectivo. Por el contrario, los precios sociales, económicos y laborales fueron solventados con sudor, lágrimas, decepción, depresión y desaliento por los sectores más débiles y menos protegidos de la sociedad. Mientras a la casta, de por sí obesa e inmutable, se sumaba una generación de integrantes libertarios con una voracidad digna de famélicos y una impudicia propia de quien no quiere perder ni una miga del pastel, la motosierra mutilaba miembros y órganos esenciales para la vida de cualquier país que se proponga darse un porvenir: atacaba a la salud, la educación, el trabajo, la infancia, el cuidado de los vulnerables. A una grieta ideológica como la fomentada por los gobiernos kirchneristas se le sumó un abismo cavado a fuerza de inmoralidad. De un lado los que tienen, acumulan, engordan y exhiben desvergonzadamente, y del otro los que carecen, pierden y ven esfumarse lo conseguido en años de esfuerzo y dedicación. Filtran supuestos audios íntimos de Javier Milei y se abre una investigación judicial por riesgo a la seguridad presidencial