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Lamine Yamal no parece un futbolista que haya llegado pronto, sino alguien al que el fútbol ha llegado tarde, porque él ya desde crío llevaba el don celeste de artista con regate. Trae una condición contemporánea y brillante de icono prematuro, de criatura diseñada ... para funcionar entre reguetón de yate, campañas de cazadoras y portadas playeras. Cambia de gorra y entretanto va y desafía a un lateral canalla. No proyecta todavía el narcisismo de gimnasio del futbolista que ya se admira en el espejo, sino el glamur sin 'reprís' del chico que no se ha esforzado ni para convertirse en símbolo, que es una condición nueva, o renovada, del futbolista planetario. Lleva la estética un poco tontiloca de su generación, que mezcla el peinado con varios despeinados, la sudadera cara y la espontaneidad muy pensada. Es como si su naturalidad tuviera departamento de comunicación. Enseguida anunciará relojes como galápagos carísimos, como todo famoso de resplandor, pero de momento va anunciando juventud, que es un negocio mayor. Es el 'spot' de su propia juventud, más una novia de ensoñación que va, o viene. Su imagen no vende todavía el lujo conquistado, sino la promesa fabulosa del lujo futuro.