Que hay algo de festiva tomadura de pelo en The Mandalorian and Grogu se intuye por el mero hecho de tener a un personaje llamado Rotta el Hutt y que la trama gire alrededor de su rescate. El bromazo autoconsciente va más allá de que esté interpretado por el Jeremy Allen White de The Bear —apenas reconocible por su aspecto alienígena, al margen de la musculatura— pues nos retrotrae a 2008, cuando Lucasfilm estrenó una película titulada Star Wars: The Clone Wars. Era el primer proyecto animado de la saga que iba a cines y su historia ya contemplaba el rescate de este mismo Rotta el Hutt. Solo que aquí los rescatadores eran Jedi, no un mandaloriano junto a su hijo.
Entonces Rotta el Hutt —hijo de Jabba el Hutt, temible gángster galáctico de aparición recurrente en Star Wars desde 1977— tampoco era un gladiador con traumas paternos tal y como lo presenta The Mandalorian and Grogu, sino un bebé. Una oruga inocente que había que proteger en el marco de las Guerras Clon, casi como un precedente contrahecho del citado Grogu. The Clone Wars, en otro orden de cosas, había tenido una acogida crítica aún más hostil que las películas previas de George Lucas —esas precuelas a la trilogía original que no iba a haber más remedio que reivindicar con el paso de los años—, pues se consideró que la obra era indigna de un estreno cinematográfico. Algo difícil de negar, ya que The Clone Wars era el episodio piloto de una serie por venir.











