“Yo no voy a volver a presentarme por ERC a las elecciones generales si no se cumplen unas condiciones”. Esas fueron las palabras que pronunció el miércoles el portavoz republicano en el Congreso, Gabriel Rufián, en un acto celebrado en Madrid en el que también anunció su disposición a encabezar una “confluencia, una colaboración o un espacio de unión para maximizar resultados entre las formaciones soberanistas y las estatales”. Rufián rechazó concretar esos requisitos para mantenerse como candidato de ERC y no irse a su “casa”, pero lo cierto es que son básicamente dos: el control del grupo parlamentario en el Congreso —lo que implica tener, al menos, una mayoría de dirigentes afines en las listas— y la capacidad de marcar la línea política del partido en Madrid.

Con el órdago que lanzó el miércoles, el dirigente señaló públicamente por primera vez una serie de líneas rojas para mantenerse como líder de ERC en el Congreso. Pero, aunque no se hubieran escenificado públicamente antes con tanta claridad, las exigencias de Rufián son producto de unas desavenencias internas larvadas durante largo tiempo tanto en el seno de ERC como en el grupo parlamentario de Madrid. Las discrepancias ideológicas y estratégicas que se evidenciaron en el congreso del partido que terminó con la reelección de Oriol Junqueras como presidente de ERC en diciembre de 2024 también son patentes en la delegación del partido en la Cámara Baja, y las diferencias entre los diputados del sector más nacionalista y los del ala más obrerista —la que representa Rufián junto a dirigentes históricos como Joan Tardà— son profundas.