Estación Ricaurte que integra el corredor de la NQS o Carrera 30 que no cuenta con puertas anti coladosFoto: El Espectador - Gustavo TorrijosResume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Luego de leer con atención la columna del concejal de Bogotá, Juan David Quintero, publicada en ConfidencialNoticias.com, en la que hace un llamado a la ciudadanía bogotana para que cuide y proteja a TransMilenio, una pregunta inevitable vino a mi mente: ¿por qué se le exige cada vez más responsabilidad al ciudadano mientras se es tan complaciente con la negligencia, la desidia y la incompetencia con la que opera el sistema?LEA: Familia de Jaime Moreno pide acelerar juicio para evitar libertad de sus posibles asesinosPor supuesto que los usuarios deben contribuir al cuidado de la infraestructura y mantener un comportamiento adecuado dentro de los buses y estaciones. Eso no está en discusión. Pero también es necesario decir las cosas como son: Transmilenio tiene obligaciones con los pasajeros que van mucho más allá de simplemente transportarlos de un punto a otro. Mientras un ciudadano se encuentra dentro del sistema, Transmilenio es responsable de garantizar su seguridad, su integridad y unas condiciones mínimas de dignidad. Y hoy, ninguna de esas garantías existe plenamente.Las mujeres que diariamente utilizan el sistema tienen toda la razón cuando denuncian sentirse vulneradas física y psicológicamente. No falta el acosador que aprovecha la congestión y el caos de las horas pico para manosear, intimidar o violentar a las pasajeras. ¿Qué hace Transmilenio frente a esta situación? Prácticamente nada. El sistema ni siquiera cuenta con personal suficiente y capacitado para atender de manera inmediata estos casos. Toda la responsabilidad termina delegándose a una Policía insuficiente, como si en cada estación existiera un CAI equipado con decenas de uniformados listos para reaccionar.MÁS EN BOGOTÁ: ¡Alerta en Bogotá! El peligroso negocio de “rinomodelación express” que cerraron en UsaquénTambién tienen razón quienes consideran a Transmilenio uno de los lugares más inseguros de Bogotá. Muchas estaciones y portales poseen una infraestructura débil, deteriorada y vulnerable, que facilita el ingreso de delincuentes que roban, agreden e incluso asesinan. Basta recordar el crimen del estudiante de la Universidad Minuto de Dios, ocurrido dentro de una estación sin puertas, exactamente como muchas otras que hoy siguen funcionando en condiciones deplorables.¿Y cuál ha sido la respuesta de la gerencia de Transmilenio ante esta realidad? El silencio, la evasión y las excusas técnicas. Declaraciones frías, burocráticas y desconectadas de la tragedia cotidiana que viven millones de bogotanos. Pareciera que para la administración del sistema las cifras importan más que las personas.VEA: En fotos: así lucirán las fachadas de las 16 estaciones de la primera línea del MetroResulta además profundamente incoherente que se le prohíba a un ciudadano escuchar música sin audífonos, mientras se permite que decenas de personas ingresen diariamente con amplificadores a cantar dentro de los buses para luego pedir una monedita, alterando la tranquilidad de los pasajeros sin que exista ningún tipo de control.Del mismo modo, se exige cultura ciudadana mientras se tolera el ingreso masivo de habitantes de calle que no pagan pasaje y se acuestan en la articulación de los buses, y en muchas ocasiones de dedican a inhalar bóxer. Todo esto ocurre frente al personal de Transmilenio, que parece haber normalizado el caos y la pérdida de autoridad.La gerencia insiste en vender la idea de que los colados son el principal problema del sistema, cuando en realidad apenas son una consecuencia visible de un modelo deteriorado, mal administrado y profundamente desconectado de la ciudadanía. El verdadero problema es la incapacidad histórica de Transmilenio, de la Secretaría de Movilidad y de las distintas alcaldías para escuchar a los usuarios y atender sus reclamos antes de que la frustración social terminara convirtiéndose en rabia colectiva.Por supuesto que Transmilenio necesita recuperarse y volver a ser motivo de orgullo para Bogotá. Pero eso jamás ocurrirá mientras la empresa continúe presentándose únicamente como una víctima del vandalismo y no haga un ejercicio serio de autocrítica sobre sus propios errores, omisiones y fracasos.La actual administración del sistema debería preguntarse, con honestidad, si realmente está cumpliendo con su deber de proteger y respetar a los ciudadanos. Porque exigir cultura ciudadana sin ofrecer seguridad, orden, dignidad ni eficiencia a cambio no solo es incoherente: también es irresponsable.Durante la segunda alcaldía de Enrique Peñalosa, junto a un grupo de ciudadanos, propusimos campañas orientadas a recuperar el sentido de pertenencia y el buen uso de Transmilenio antes de que el descontento explotara socialmente. Como era previsible, ni el entonces alcalde ni los técnicos del sistema escucharon. La soberbia administrativa y la desconexión con la realidad ciudadana pesaron más que cualquier advertencia.Hoy Bogotá está viendo las consecuencias de años de arrogancia institucional, indiferencia y abandono.No se trata de justificar actos vandálicos. El vandalismo siempre será condenable. Pero también es cierto que ningún sistema colapsa socialmente de la noche a la mañana. Cuando millones de personas sienten rabia, frustración y abandono frente a un servicio público, la administración tiene la obligación moral de preguntarse cuánto de esa crisis ha sido provocada por su propia incapacidad para escuchar, corregir y actuar.Porque tal vez, solo tal vez, Transmilenio no es únicamente víctima del deterioro ciudadano, sino también responsable de haber destruido la confianza de Bogotá en su propio sistema de transporte.Para conocer más noticias de la capital y Cundinamarca, visite la sección Bogotá de El Espectador.Conoce másTemas recomendados: