Los nombres de Carmen Teresa Navas y Álex Saab no deberían ir nunca juntos en una oración. Si cometo este desatino es porque ambos casos, aparentemente inconexos, son clave para mostrar la calaña de la dictadura venezolana. Ella, una madre de 82 años, murió a días de haber expuesto la crueldad de un sistema que la sometió a la desaparición forzada de su hijo, incluso después de muerto. Él, otrora zar de los negocios de Nicolás Maduro, fue entregado a las autoridades de Estados Unidos en una acción sin precedentes en Venezuela. Ambos hechos, la muerte de ella y la entrega de él, ocurrieron en menos de 24 horas, aunque no en este orden. Primero se concretó un rumor de tres meses sobre el nuevo destino de Saab, y luego, el domingo 17 de mayo se conoció el deceso de Carmen Teresa. El fallecimiento de ella es un dolor que comparte buena parte de la sociedad venezolana, testigo de su sufrimiento y de la sevicia con la que un gobierno trata a sus víctimas, esperando que claudiquen sin dar la lucha. La entrega de él, un cómplice del poder, también es un recordatorio de que la troika que gobierna el país suramericano está dispuesta a cualquier cosa. Carmen Teresa murió diez días después de haberle arrancado a la dictadura el cuerpo de su hijo, Víctor Hugo Quero Navas. Los ojos claros de la anciana eran ventanillas de su pesar, aunque nunca se postró ante el poder. Al contrario, con firmeza exigía saber dónde estaba su hijo. Esa demanda la mantuvo por 16 meses, hasta que el 7 de mayo de 2026 el gobierno admitió que él había muerto mientras estuvo preso. Unos funcionarios la llevaron a una tumba desangelada donde lo habían sepultado como un “sin familia”. Posteriormente asistió a su exhumación y nueva autopsia; antes de que fuese enterrado nuevamente, se quitó sus medias y pidió que se las pusieran al cadáver. Llevó sus restos a recibir sepultura bajo el ritual católico. Su calvario, público desde febrero de este año, es un recordatorio de que la dignidad es la fuerza que mueve cualquier resistencia. Mientras Carmen Teresa obligaba a la dictadura a concederle el derecho mínimo de enterrar a su hijo, y dejaba en ese tramo los últimos suspiros de su existencia, el poder entregaba a Estados Unidos a uno de sus operadores más fieles. Dos escenas opuestas que, sin embargo, revelan la misma lógica: en Venezuela la vida y la muerte son administradas como moneda de cambio por un régimen cuyos límites aún no conocemos. Saab, ciudadano colombo-venezolano, fue exaltado al panteón de los héroes del gobierno venezolano, como también lo fue el general Hugo Carvajal, preso en Nueva York por cargos de narcotráfico. Pero el sábado 16 de mayo le quitaron la nacionalidad venezolana de golpe y porrazo. La Constitución prohíbe la extradición de sus nacionales. El auge y la caída de Saab estuvieron alineados a los destinos de su protector Nicolás Maduro, que de la mano de Jorge Rodríguez, la hoy presidenta Delcy Rodríguez y otros funcionarios, lo rescató de la justicia estadounidense en diciembre de 2023 en un canje de la diplomacia criminal que ha desarrollado el régimen venezolano. Una fotografía de su reciente llegada a Florida, rodeado de funcionarios de la DEA, muestra a Saab con barba canosa. La desesperación parece colarse por su mirada. Luce como quien no puede creer su nuevo destino. Saab hizo que la miseria entrara a las casas de venezolanos pobres a través de productos de dudosa calidad que importaba para el sistema Clap, las cajas de comida que entregaba el gobierno. Sus andanzas y conexiones fueron reveladas por periodistas venezolanos del portal Armando.Info, quienes debieron pagar con el exilio por sus reportajes. Su imagen se hizo pública con un look que recordaba al personaje Pedro, el escamoso. El empresario barranquillero no solo era proveedor del gobierno, sino que además fue investido como diplomático en una maniobra sobrevenida para burlar a las autoridades de Cabo Verde cuando lo detuvieron en 2020. Finalmente, fue llevado a juicio en Estados Unidos y recibió un perdón de Joe Biden a cambio de la liberación de diez estadounidenses que la dictadura tenía presos como fichas de cambio. En diciembre de 2023, Saab regresaba exultante a Caracas. Inmediatamente fue nacionalizado y nombrado ministro de Industrias y Producción Nacional. En febrero de este año, su abogado desmentía que hubiese sido apresado. El 16 de mayo un comunicado oficial de dos párrafos informaba que la “deportación fue adoptada tomando en consideración que el referido ciudadano colombiano se encuentra incurso en la comisión de diversos delitos en Estados Unidos de América, como es público, notorio y comunicacional”. Este acto de cinismo total, la entrega calculada del ‘héroe’ tiene la misma raíz que la crueldad infinita infligida a Carmen Teresa: en Venezuela, la vida y la muerte son administradas como mercancía por un régimen que no conoce límites. El término realpolitik se queda corto. No es pragmatismo; es la capacidad de usar el dolor de una madre o la lealtad de un operador para negociar su supervivencia. El horror que develó el viacrucis de Carmen Teresa y los extremos que se cruzaron con Saab nos dan una idea de lo que son capaces. Pero, cada monstruosidad que se expone demuestra que aún no tenemos idea de hasta dónde pueden llegar.