La final de The Boys comienza con bromas sobre ojetes en un funeral. Con esos chistes, la serie intenta llegar a un momento cálido y divertido entre los protagonistas, el grupo de rebeldes que quiere salvar este mundo capitalista de los superhéroes fascistas. Ese momento encapsula perfectamente lo que han sido sus cinco temporadas y 40 capítulos: una serie que se cree rompedora por su humor canallita, violencia y conceptos imposibles, pero que acaba siendo pueril e infantil. The Boys funciona mucho mejor en el meme y en el momento de provocación que en su desarrollo. Lo mejor de la serie desarrollada por Eric Kripke (Sobrenatural) adaptando los cómics del provocador Garth Ennis siempre fue su alegoría social y cultural. Una que nunca fue sutil. Esta última temporada erigía a su Patriota (el magnífico Antony Starr y sus caras) en una suerte de superhéroe con ínfulas de dios en la tierra, adelantándose a las acciones de un Donald Trump al que siempre imitó (sin que los más trumpistas se dieran cuenta de que su amado presidente era el villano de su serie favorita). Religión, magnates, grandes empresas, poder... Los conceptos y analogías funcionan, dan para momentos fascinantes y teóricamente inteligentes, pero se quedan en eso: momentos dignos de ser compartidos en fragmentos, y seguir scrolleando por las redes. Más allá de eso, The Boys ha estado hueca, ha llegado a ser aburrida, repetitiva y llena de personajes que no iban más allá del concepto. Casi como si los guionistas tuvieran la broma escrita, pero no la serie.Desde el meme, el final es el mejor episodio de la temporada. Una conclusión lógica llena de momentos sangrientos, peleas, tiburones, una Casa Blanca destruida, enfrentamientos esperados, cabezas arrancadas y funerales. Porque The Boys funciona en esos instantes, pero falla en los intermedios, los que convierten una serie en cautivadora semana tras semana y empujan a que sus personajes importen al espectador. Como tal, el final cumple a la perfección, si bien para ello no necesitábamos este viaje.The Boys deja en su conclusión un personaje icónico para la historia de la televisión como el Patriota (Homelander) de Antony Starr, un villano de su tiempo, cautivador y majara, al que, como en la serie, algunos vieron como héroe pese a que todo apuntara a lo contrario. No se puede decir lo mismo del Carnicero de Karl Urban, que hace temporadas perdió cualquier interés, o del protagonista de Jack Quaid, cuya evolución ha sido nula. Al final, la trama ha presentado tantos personajes que se ha convertido en un batiburrillo de ideas.Más allá de lo meramente ficcional, la serie, además, ha caído en lo que caen las sagas de superhéroes que tanto ha criticado: cameos efímeros de otras series (las protagonistas de la cancelada Gen V se han asomado por el final, pero sin mucho ruido, porque nadie vio su serie), bucles violentos incensantes y presentaciones de lo que vendrá en la franquicia (olvidando por completo en su final el importante personaje de Jensen Ackles, porque, precisamente, volverá en Vought Rising). Es el problema de tratar de ser el malo de la clase y creerse más inteligente que el resto caricaturizando las franquicias de superhéroes y Hollywood desde una de las grandes empresas (Amazon) a las que parodia y que, por lo tanto, ha querido exprimir su éxito tanto como ha podido. The Boys ya ha dado en estos siete años una serie animada y un spin-off juvenil, a lo que seguirá una precuela en los años cincuenta y un derivado en México. Lo que menos esperábamos era un final feliz. En su último episodio hay muertes necesarias, destrucción y embarazos, y, aun así, todo acaba con una conclusión made in Hollywood al ritmo de Piano Man de Billy Joel. Porque, en realidad, nunca fue coherente con lo que vendía, y por muchos “te chupo la polla si quieres” que suelte su guion, siempre se trató más de llamar la atención que de crear una serie realmente adulta y rompedora.